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17 de noviembre de 2013

Crónicas de una muerte anunciada

Las cosas empezaron a complicarse cuando empezamos a pensar en mudarnos y no nos poníamos de acuerdo en nada, ni qué muebles comprar, ni cómo ubicar los que ya teníamos, ni cómo decorar el departamento.

Las cosas empezaron a ponerse feas cuando nos mudamos y vos volvías de trabajar todos los días con cara de culo y puteando. Y no nos acostumbrabamos al barrio. Y nos aburriamos los fines de semana.

Las cosas empezaron a ponerse incómodas cuando decidimos dejar la tele en el living, y yo con una panza bastante grande ya tenía sueño y me iba a la cama sola, y vos te quedabas mirando la tele allá lejos. Y yo andaba hecha una bola de hormonas, con ganas todo el tiempo y vos ni me tocabas, porque te daba impresión. O miedo. O tenías más ganas de ver la tele.

Las cosas se pusieron muy feas el día que, faltando dos semanas para la fecha probable del parto me enteré que ese cargo en dólares que tenía hace unos meses en mi tarjeta de crédito, ese que me dijiste que habías dado de baja y que era de nosequé, era en realidad de una página porno. Porno! Mientras que yo me moría de ganas de que me tocaras y vos ni enterado. Ese día lloré y lloré y lloré. Y putee y grite y me enojé. Y lo único que pudiste decirme fue que mentiste porque te daba vergüenza.

Las cosas se estaban poniendo muy feas.

Y encima el parto decidió adelantarse una semana...

26 de enero de 2012

Ciento cincuenta y dos


Primeros días de Octubre de 2011.

Y recién ahí caí en la cuenta que estábamos casi terminando la semana 31 y no habíamos hecho la Eco 4D. En realidad no lo había pensado demasiado, con todo el lío de la mudanza casi no habíamos tenido tiempo. Además las prepagas no la cubren y la verdad barata no es. Tampoco tiene relevancia desde el punto de vista médico. Es solo para darse el gusto de verle la carita un poco antes de tiempo, por pura ansiedad. Pero la verdad es que tenía un poco de ganas, sobre todo después de esa última ecografía. Me puse a averiguar precios y lugares. Y sobre todo la duda era si todavía estábamos a tiempo de hacerla. Para variar le pregunté a Dr. Google. En casi todas las páginas decían lo mismo: Se podía hacer desde la semana 26 hasta la 32. Más tarde no era imposible, pero por el tamaño del bebé y por la menos cantidad de líquido amniótico era posible que no pudiera verse. Eso quería decir que ¡Sólo teníamos una semana! 

Me puse a buscar precios y lugares. Con la cantidad de horas que estaba trabajando no iba a ser fácil poder coordinar un horario en el que hubiera turno disponible, G. y yo pudiéramos y además pudiera Mi Madre, que era la principal interesada y la que más había insistido (y la que me había dado la plata para hacerla). Finalmente después de hablar con dos o tres lugares conseguí un turno en un horario en el que todos podíamos sin modificar demasiado nuestros horarios. El viernes siguiente a las cuatro de la tarde un rato antes de la segunda clase del curso de preparto. La primera esa ¡Esa misma tarde!

Un rato antes de las seis de la tarde me encontré de nuevo con G. en un bar por el centro. Tomamos un café rápido y salimos para el consultorio de A. la partera. Para variar, llegamos un par de minutos antes. Éramos los primeros. La partera, una señora mayor que nos atendió en jogging y medias, nos invitó a pasar. Nos pidió que nos sacáramos los zapatos y que nos sentáramos en colchonetas. El consultorio era un departamentito de un ambiente con las paredes pintadas de rosa, con un reloj de pared enorme y un piso de parquet lleno de colchonetas. Nos sentamos y la señora se acercó a pedirnos los datos y hacernos algunas preguntas.

-¿Y cómo va el embarazo? –Preguntó.

-Por ahora todo muy bien, sin complicaciones. Recién venimos de la tercera ecografía y el médico que nos atendió dijo que estaba todo perfecto.

-Bueno, igual eso nunca se sabe, siempre puede complicarse a último momento… hay que estar preparados para todo…

Comentó, mientras G. y yo nos mirábamos horrorizados en silencio. Vieja-hija-de-una-manifestación-de-putas –pensé- recién llegamos y ya estas tirando mala onda? 

O sea, no soy boluda… sé que las cosas pueden no salir perfectas, se que eventualmente algo puede salir mal… pero…

¿Realmente hace falta que me lo digas en ESTE momento?




21 de enero de 2012

Ciento cincuenta.


Primeros días de Octubre de 2011.

A la mañana siguiente me levanté desorientada. No sabía ni dónde estaba. Hasta que miré bien, vi cajas por todos lados y me acordé. Era el caos. Me senté en el piso, agarré un cuchillo e intenté abrir una caja para seguir ordenando. Mientras lo hacía empecé a sentir un dolorcito en la mano derecha. Eran como unas puntaditas en el centro de la mano y por debajo del dedo gordo. Y además me costaba muchísimo hacer fuerza, como si tuviera el dedo dormido. 

Debe ser el cansancio de estos días, ya se me va a pasar –pensé- y seguí ordenando. Pero pasaron unos días y la sensación no se iba, es más, empeoraba. Empecé a sentir un hormigueo raro en la punta del dedo gordo, del índice y del mayor, y cada vez me costaba más hacer presión con los dedos. Era como tener la mitad de la mano dormida. Me empecé a preocupar. ¿Qué sería? ¿Estaría con la presión alta? ¿Tendrá algo que ver con el embarazo o será pura coincidencia?

Me senté frente a la compu y consulté al Dr. Google. Teclee “Embarazo / hormigueo en la punta de los dedos” y presioné “buscar” con la sensación de que no iba a encontrar mucho. Pero me sorprendí.

Me puse a leer, y leer y leer. Parece que no era la única con ese tipo de consulta. Por lo que leía parecía tratarse de un cuadro llamado “Sindrome del Tunel Carpiano” que es bastante común durante el embarazo. Aparentemente por la retención de líquidos que en el último trimestre del embarazo se presiona un nervio de la muñeca que genera esos síntomas molestos, que en el mejor de los casos desaparecen después del parto. ¿Y cuál es el tratamiento? En todas las páginas decían algo distinto. Antiinflamatorios, frio, calor, reposo, inmovilizar la mano afectada, ejercicios de elongación y en último caso: cirugía.

¿Cirugía?

La puta madre.

Lo único que me falta.

Y todavía me faltan dos meses hasta el parto.





19 de enero de 2012

Ciento cuarenta y nueve.


Últimos días de Septiembre de 2011.

Con el último aliento terminamos de cerrar la última caja. A decir verdad todavía nos faltaba embalar algunas cosas, pero era tardísimo, estábamos muertos de cansancio y para peor se nos había terminado la maldita cinta de empaque. Pedimos unas empanadas, cenamos y nos fuimos a la cama a intentar dormir unas horas antes que llegaran los de la empresa de mudanzas. Apoye la cabeza en la almohada… y empecé a dar vueltas, y vueltas. No me podía dormir. Demasiados nervios, demasiadas dudas, demasiado difícil apagar la cabeza lo suficiente para poder conciliar el sueño.

Finalmente logré dormir unas horas, no muchas. Me levanté demasiado temprano para tratar de terminar de acomodar todo y asegurarme de que no nos olvidaramos nada importante. Lo que más me preocupaba era cómo hacer con los gatos. No es nada fácil trasladar un gato que no está acostumbrado a salir, menos que menos dos.

Resumiendo, la mudanza fue dificil, pero no imposible. Lo que más me costaba era quedarme ahí parada mirando como cargaban caja tras caja y no poder ayudar. Cada vez que intentaba dar una mano con algo me retaban. Y yo sabía que tenían razón, pero me sentía muy inútil.

Después de un par de horas, unos cuantos rajuñazos, mucha mugre y mucho más cansancio estábamos por fin en nuestra casa nueva. Todavía era un caos con cajas y bolsas por todos lados, pero ya era nuestra casa.  Ordenamos todo lo que pudimos, armamos la cama, pusimos toallas en el baño y al fin nos decidimos a descansar un poco.

   -Me voy a dar una ducha –le dije a G.- estoy hecha una     mugre…

Le pedí que me ayudara a prender el calefón, me saqué la ropa y me metí en la ducha. Ahhh... que alivio ...el agua calentita... me hacía tanta falta una ducha...- pensaba mientras me enjabonaba la panzota acariciándola.

Cerré la ducha y mientras me envolvía con la toalla escuché un ruido raro. Fuerte y seco, casi como una pequeña explosión.

   -¿Qué pasooooooó?

Pregunté preocupada.

   -¡Reventó el calefón!!!

Me gritó G. mientras corría a cerrar la llave de paso del agua para que no se inundara toda la casa.

17 de enero de 2012

Ciento cuarenta y ocho.


Últimos días de Septiembre de 2011.

G. y yo nunca nos peleamos tanto como en esos días. Estábamos los dos cansados, preocupados y angustiados y no lograbamos ponernos de acuerdo en nada. Ni cómo hacer la mudanza, ni qué muebles comprar, ni dónde poner el consultorio o el dormitorio del bebé. Menos que menos cómo decorarlo. Además de trabajar muchísimo no parabamos un minuto. Nuestro departamentito de Palermo nunca nos pareció tan diminuto. Con cajas a medio armar por todos lados, pilas y pilas de libros y papeles, papelitos y papeluchos que había que revisar, seleccionar y tirar. Además yo seguía trabajando en casa por lo cual el living tenía que quedar presentable para poder disfrazarlo de consultorio los días que venían pacientes. Las cajas se apilaban en los huequitos libres del dormitorio y la cocina que parecían cada vez más mínimos y había que hacer milagros para poder pasar de un lado al otro, esquivándolas.

Para peor la panza cada vez estaba más abultada y agacharme para armar una caja empezaba a parecerme una tarea cada vez más complicada. Al principio no me daba cuenta, e intentaba moverme como siempre, pero cuando llegaba a la mitad del camino sentía que algo me frenaba desde adentro como diciendo –Eh! ¿Dónde creés que vas? ¡Estoy yo acá!!! Y se me clavaba contra las costillas o los pulmones. Me sentía una inútil total. G. no me dejaba levantar peso y mi propio cuerpo no me permitía agacharme demasiado, así que la mitad de las cosas que tenía que hacer se me hacían cada vez más difíciles. Pero alguien tenía que hacerlas, sino no íbamos a terminar más. Y G. no podía hacer todo solo. Tenía que buscarle la manera. Me sentaba en el piso para armar las cajas, una vez llenas las empujaba en vez de levantarlas (o las levantaba despacito cuando nadie me veía). Nunca me gustó demasiado tener que pedir ayuda, aunque entendía que iba a tener que empezar a hacerlo un poco. No quedaba otra.

Ese mismo viernes, entre caja y caja teníamos turno para la Ecografía de la semana 30. Hacía siglos de la última ecografía y yo me moría de ansiedad y de ganas de verle la carita una vez más. Pero no había manera de que llegáramos a tiempo. La mudanza estaba programada para ese fin de semana y todavía el jueves nos faltaban montones de cosas. Tuve que llamar para cancelar el turno y posponerlo para la semana siguiente, una vez que nos hubieramos instalado. Al fin y al cabo entre la semana 30 y la 31 no podía haber tanta diferencia…

25 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y siete.


Mediados de Septiembre de 2011.
Al día siguiente nos levantamos tempranito, me dí una ducha larga para ver si lograba sacarme el sueño de encima y partimos rumbo a la inmobiliaria a dejar la seña. Por suerte la Inmobiliaria era en capital. Pero si creíamos que con eso estabamos solucionando un problema: nos equivocamos. Solo estabamos generando un millón de problemas nuevos. Ahora había que pensar en firmar el contrato, en ponernos de acuerdo, en contratar la mudanza, en embalar las cosas, en dar de baja los servicios, dar de alta los nuevos servicios, comprar muebles y cosas. Pensar en estufas y aires acondicionados y cortinas, y plastificar los pisos o no plastificarlos y blablabla… Todo era una negociación, más dudas, demoras y preguntas. Y todo era plata y más plata y más plata (que no teníamos). Por suerte Mi Padre nos prestó lo que necesitábamos para mudarnos. Ahora había que encontrar la manera de conseguir lo que más nos faltaba: tiempo. Tiempo de embalar y desembalar, de tirar cosas, elegir, ordenar y seleccionar. Mientras tanto yo trabajaba cada vez más, hacía veinte cosas al mismo tiempo, entre dar clases, viajar, atender pacientes y más pacientes, llevar planillas, buscar cheques e imprimir informes. Sumado a todo esto los estudios, consultas con obstetras y especialistas y ahora la nueva: el puto cursito de pre-parto que estaba por empezar. La panza estaba cada día más grande ¡Y ni siquiera había comprado un baberito! Faltaban tantas, tantas cosas que parecía que nunca iba a poder terminar. Pero esto recién estaba empezando. Mientras que yo hacía un gran esfuerzo por mantener la calma, Mi Madre se dedicaba a hacerme perder la paciencia. Cada vez que hablaba con ella o la veía se despachaba acerca de lo angustiada que estaba por todo lo que faltaba, y que yo no me daba cuenta, Que hay que comprar esto y aquello, y eso otro, que vi precios de esto en internet, y no sabés lo caro que está todo, que no te haces una idea, que mirá si se adelanta y vos no tenés ni la cunita y blablabla.
Ohmmm.
Yo trataba de tranquilizarme y tranquilizarla a ella. Pedirle que no me apure, que espere a que terminemos con la mudanza para después poder empezar con las cosas del bebé. Explicarle que todavía había tiempo, que no se iba a adelantar. Y que si algo pasaba (por dios que no se adelante, que no se adelante…) ya íbamos a encontrar la manera de resolverlo. Pero empezaba a perder la paciencia. ¿Acaso no debería ser al revés? ¿Ella tranquilizarme y a mi y no yo a ella? En fin.
Los días pasaron y después de varias idas y venidas, mails, charlas telefónicas, enojos y negociaciones logramos firmar el maldito contrato de alquiler. Obviamente en toda negociación que se presentó, siempre salimos perdiendo. Siempre unos pesos más de acá, unos pesos más de allá… y todo seguía sumando. Lo único que logramos negociar a nuestro favor fue que pudieramos firmar el contrato a partir del primero de Octubre, con la posibilidad de que nos entregaran la llave una semana antes para empezar a llevar las cosas.
Pero ya teníamos la fecha límite: primero de Octubre.

23 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y seis.


Mediados de Septiembre de 2011.
Detesto admitirlo pero el Pelado tenía razón. El departamento era hermoso. Muy luminoso, con pisos de madera, una cocina enorme con espacio para comedor diario, lavadero, un living grande con un balcón con vista abierta y dos habitaciones bastante grandes. Todo en buen estado, con un baño prolijo y lindo. Recorrí, miré, pregunté… y volví a la cocina. Me encantaba esa cocina. Me preguntaba cómo iba a hacer con un bebé y el consultorio… cómo me las iba arreglar… pero la verdad es que me imaginé viviendo ahí. Recorrí un poco más, pregunté un poco más y finalmente me fui con la tarjeta del pelado en la mano y la promesa de llamarlo al día siguiente. Era Apto Profesional, no me iban a hacer problemas por mis gatos, el precio estaba dentro de lo que buscábamos y estaba bien ubicado. Además estaba bueno. Y al fin veía algo que parecía posible. Me fui al consultorio y esa misma tarde, entre paciente y paciente vi una casa (horrible y desastrosamente mal cuidada) y un departamento, parecido al que había visto, pero bastante más desprolijo. Tenía una cocina americana, bastante más chica y el dueño le había achicado una habitación para agrandar un pasillo, dejando una pared en diagonal. Una porquería.
Volví a casa a hablarlo con G. Quería que él lo viera para ver si le gustaba.
-¿Te parece que arregle para verlo éste fin de semana y si te gusta lo señamos?
-¿El fin de semana? Pero hoy es Martes… Si está bueno, como vos decís, capaz que lo alquilan antes!
-Si, pero no quiero señarlo sin que lo veas ¿Y si a vos no te gusta?
-Si a vos te gusta, para mí va a estar bien.
Dijo, G. sabiendo en el fondo que con lo Mañosa que soy, si está bien para mí, tiene que estar bien para cualquiera. Pero yo soy muy insegura y me cuesta tanto tomar decisiones sola…
-La verdad… me gustaría más que vos lo vieras antes. Pero si te parece vamos mañana a la inmobiliaria y lo señamos. Y ya nos sacamos un problema de encima.
Pero esa noche no me podía dormir. Daba vueltas en la cama y pensaba, pensaba y pensaba. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si nos nos alcanza la plata? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si no le gusta? ¿Y si no se acostumbra a vivir tan lejos? ¿Y si no me acostumbro yo? ¿Y si…? Pero lareputísimamadrequemeparió… al fin y al cabo ser yo misma a veces es una tortura.
Maldita neurosis
¿Puede ser que para todo tenga tantas dudas?

15 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y cinco.


Mediados de Septiembre de 2011.
Llamé a la otra partera que me comentó que daba el curso los Viernes a las 18.30. También era un día complicado, pero los viernes tenía menos pacientes (y no había muchas otras posibilidades). Le dije que iba a ver si podía cambiar mis pacientes de los viernes para otro día y la volvía a llamar para confirmarle. Igual todavía tenía dos o tres semanas antes de empezar con el curso.
Mientras tanto, seguía la búsqueda de vivienda. Vimos un par de casas más y algún departamento, pero la verdad no eran la gran cosa. El departamento estaba bien ubicado, pero era mínimo y bastante feo. La casa no estaba mal, pero la ubicación no era la que yo prefería. Era un poco difícil llegar, y no parecía una zona muy segura para estar sola todo el día. La panza seguía creciendo y yo empezaba a preocuparme. ¿Y si no consigo nada? ¿Cómo hago con los pacientes, dónde meto un bebé en éste departamento en el que ya casi no entramos nosotros? ¿Cómo voy a hacer para mudarme cuándo ya tenga una panzota enorme?
Seguí buscando y buscando, ya casi sin esperanzas. Un día de esos encontré un aviso en el que ofrecían un departamento de 3 ambientes Apto Profesional, en una buena zona, con balcón. En realidad lo ideal hubiera sido 4 ambientes, para poder tener además del consultorio una habitación para el bebé, pero la búsqueda se estaba complicando demasiado así que empecé a bajar las expectativas. Además había que poder pagarlo. Llamé y hablé con la gente de la inmobiliaria. Para mi sorpresa, arreglamos una visita para el día siguiente al mediodía. Seguro que era una inmobiliaria de capital, las de la zona casi se me reían en la cara cuando les pedía verlo en ese horario.
-Yo te recomendaría que te vengas con los papeles y la plata para la seña, porque el departamento te va a encantar y no vas a querer pendértelo…
Dijo, el de la Inmobiliaria. ¡Qué pelotudo! –pensaba - ¿Cómo puede estar tan seguro?
Al día siguiente salí para el consultorio una hora antes de lo habitual para ver el departamento. Había arreglado además para ver uno o dos más durante la tarde, por las dudas. Llegué, demasiado temprano como siempre, y aproveché para recorrer la zona. La ubicación estaba buena, bien céntrica como yo buscaba, a tres cuadras de la estación y media de la avenida, a una de la peatonal. Era una calle muy transitada, seguramente bien iluminada de noche y con muchos comercios. Eso tenía sus pro y sus contra, porque mirándolo bien… era un quilombo. Gente que iba y venía, autos, bocinas, colectivos. Era como vivir en el medio del Once… pero al menos no iba a ser complicado llegar. Eso sí, estacionar imposible. Llegué a la puerta del edificio cinco minutos antes y me encontré con un pelado de traje y corbata esperando. Era el de la inmobiliaria.
-¡Llegaste temprano!
Dijo con una sonrisa de oreja a oreja y cara de vendedor.
La entrada del edificio no estaba nada mal. Medio escondida entre los comercios, pero prolija y linda, se notaba que era un edificio bastante nuevo. Entramos. Subimos al tercer piso por el ascensor mientras el vendedor hablaba de las bondades del edificio, del portero eléctrico y hasta de los ascensores. Llegamos al tercer piso y caminamos por un pasillo largo y estrecho hasta el departamento del contrafrente. Menos mal que es contrafrente, porque un departamento al frente sobre ésta calle debe ser insoportablemente ruidoso –pensaba.
Abrió la puerta y entramos.

8 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y tres.


Principios de Septiembre de 2011.
Y mientras tanto en cada ratito libre que tenía seguía recorriendo inmobiliarias, llamando por teléfono, buscando por internet. Pero estaba difícil. Había muy poco publicado, la mayoría no eran Apto Profesional ¿Y si no podía trabajar cómo iba a pagar un alquiler? Y encima yo tenía cada vez más pacientes, lo cuál estaba buenísimo por un lado, pero por el otro me dejaba cada vez menos tiempo para ocuparme de la búsqueda. G. prometía ayudarme, pero ni noticias. Y cada vez que salía el tema terminábamos discutiendo, así que a veces prefería hacerme la tonta y dejarlo pasar.
Y un día encontré el departamento perfecto. Era un primer piso por escalera, sin expensas, con un alquiler accesible y bien ubicado. Dos habitaciones, un living grande, cocina con comedor y una terraza de 8 x 8. Perfecto. O más bien casi perfecto, porque no era apto profesional. Pero es un primer piso por escalera ¿Qué diferencia podía hacer? Capaz que hasta tiene entrada independiente –pensé. Arreglé una cita con el de la inmobiliaria, que milagrosamente accedió a dejarme verlo al mediodía, cuando la mayoría de las inmobiliarias de la zona cierran. (qué costumbre de mierda, cerrar al mediodía!)
Fui en el horario acordado y me encontré con “Facundo” en la puerta. Subimos al primer piso y pasamos al departamento. Era más lindo de lo que me imaginaba. Con las paredes recién pintadas de un blanco impecable, los pisos de madera recién plastificados y un sol desbordante en las ventanas que daban a un pequeño balconcito a la calle. Tenía un living grande separado en dos partes que se podía dividir fácilmente para hacer el consultorio, dos habitaciones, una cocina prolija y una escalerita que daba a la gloria. Una terraza enorme con una parte techada y el resto al aire libre, preciosa. Ya me podía imaginar, las mesas acá, las plantas allá, una parrillita de ese lado. Era perfecto. Casi perfecto. Terminamos de verlo y volví a salir con Facundo a la vereda. Le pregunté cuáles eran las condiciones.
-Un mes adelantado, un mes de depósito, dos de comisión, garantía… y eso sí, no es Apto profesional ni se aceptan mascotas en el edificio…
-¿Y son muy estrictos con eso? -pregunté mientras pensaba en mis pacientes y mis dos gatos.
-Si, éste es un consorcio muy particular. No quieren saber nada, ni de mascotas ni de profesionales…
-Ahhh... Ok, gracias. Lo pienso y te llamo.
Dije mientras me iba rumbo al consultorio con un nudo en la garganta.
Quería llorar.
Era perfecto. Casi perfecto.

18 de octubre de 2011

Ciento cuarenta y uno.

Agosto de 2011.
Finalmente subimos al auto y partimos rumbo a Capital. Durante el trayecto G. y Mi Madre seguían hablando de posibilidades, de muebles y arreglos. Se los escuchaba entusiasmados. O tal vez solo lo hacían pensando en mí. No se. Pero yo tenía cada vez más dudas. Los números no me daban, y no me imaginaba viviendo tan sola y tan lejos de todos los que quiero en un lugar tan frío y enorme. No sé porqué que pero siempre me gustaron más los lugares más chiquitos, más cálidos, más luminosos. Además no me imaginaba viviendo en una casa. Toda mi vida viví en un departamento y la verdad es que me da cierta tranquilidad, sobre todo si voy a estar sola con un bebé, saber que no estoy tan sola. Que está el portero, que están los vecinos.
La cosa era que no me imaginaba. Me acordaba cuando fui a ver por primera vez mi actual departamento, hace más de seis años. Era un lugar mínimo, interno, sin balcón. Pero tenía una cocinita blanca, luminosa, cálida. Era un lugar en el que desde el primer momento me había imaginado viviendo. Y lo señé en el momento, casi sin pensarlo. Después me entraron las dudas, y creí haber cometido el peor error de mi vida, como me pasa con toda decisión importante. Pero la verdad es que nunca me arrepentí. Había amado vivir en ese lugar. Me había sentido muy cómoda y era la primera vez en mi vida que me había sentido en Mi Casa. Y cómo dolía pensar que tenía que dejarlo. Aunque ya no entráramos. Aunque viviéramos apretados y los vecinos estuvieran cada vez más insoportables. Aunque supiera que el cambio era para mejor. No era fácil.
Fuimos a almorzar a una parrillita, al sol. G. y Mi Madre seguían debatiendo qué muebles había que comprar primero. Y yo no podía dejar de pensar ¿Con qué plata?? ¿Si íbamos a tener que pedir prestado hasta para la seña? Pero no decía nada. La garganta se me cerraba cada vez más y cuando ellos no miraban se me caía una lagrimita. Pero no decía nada.
Terminamos de comer y finalmente nos fuimos para casa. Abrí la puerta, saludé a mis gatos, y así nomás, vestida como estaba me metí en la cama y me tapé con el acolchado hasta la cabeza. Y lloré, lloré y lloré. Primero despacito. Después cada vez más fuerte. Necesitaba llorar. No podía hacer otra cosa.
G. me miraba atónito, no entendía nada. Pero yo no podía hablar. Solo balbuceaba
-Dejame llorar un rato.
Mientras él puteaba, preguntaba, iba y venía. No me entendía. Y la verdad es que yo tampoco. Tenía tantas cosas en la cabeza al mismo tiempo que solo podía llorar. El embarazo, el trabajo, la casa, la mudanza, las deudas, el futuro, las miles de dudas. El bancarme las caras de culo de él por tener que irnos tan lejos, las preguntas acerca de si eso no iba a terminar por distanciarnos. El caer en la cuenta que iba a estar lejos de todo y todos los que quería, el sentirme tan, tan sola. Sola con las decisiones, sola con las responsabilidades. Era demasiado para mí. Y supongo que encima la panza me tenía un poco más sensible.
Lloré y lloré y lloré. Como diría Girondo Lloré a lágrima viva, lloré a mares. Pero G. no se bancaba no entender y yo no podía explicarle. No en ese momento en que todavía no entendía.
Se enojó. Y terminamos peleándonos mal. A los gritos.
Agarré las llaves me fui, así como estaba, como siempre que nos peleamos. Me enojo y siento que me falta el aire, que necesito salir. Me senté en la vereda, en la puerta del edificio y seguí llorando un rato más.
Hasta que me dio frío.

15 de octubre de 2011

Ciento cuarenta.

 Agosto de 2011.
Por suerte habíamos arreglado una segunda visita. Era una casita con patio y terraza a pocas cuadras del centro y un par más de la estación del tren. Salimos para allá y durante todo el camino yo no podía parar de putear a la vieja de la inmobiliaria. Estaba indignada. Mi Madre trataba de tranquilizarme, supongo que porque estaba más preocupada de que el enojo le hiciera mal al bebé que por mí.
Llegamos hasta la casita un rato antes del horario acordado con la otra inmobiliaria, así que teníamos que hacer tiempo. Recorrimos un poco la zona. La cara de culo de G. era indisimulable, y no podia dejar de hacer comentarios sarcásticos acerca de la gente que elegía vivir en esa zona. Era un día de sol hermoso, y el barrio estaba tranquilo, se escuchaban los pajaritos. Caminamos un rato más, parando a preguntar en todas las inmobiliarias que nos cruzábamos por el camino, pero no había caso, siempre la misma respuesta: nada. Volvimos a la puerta de la casa y nos encontramos con el Sr. de la inmobiliaria. Nos abrió la puerta y pasamos a ver la casa. Tenía un frente muy lindo, con un patiecito mínimo y dos entradas. Una deba a la cocina y la otra al living. Entramos por la cocina. Parecía una cocina que se hubiera quedado detenida en los sesenta. Muebles viejos y feos, pero recien pintaditos. Todo en tonos de amarillo y gris (puaj). A pesar del sol hermoso que había afuera el Sr. no se molestó en abrir las persianas, así que todo se veía oscuro y frío. Pasamos de largo y vimos un bañito bastante descuidado, el lavadero y la salida al patio. Del otro lado la cochera, y un living enorme dividido en dos…
-Acá podrías poner el consultorio…
Decía G. Mientras señalaba una de las partes del living, que se separaba del comedor con una puerta.
-Pero ésta es la parte más linda de la casa ¿La vas a cerrar para hacer el living?
Opinaba Mi Madre. Yo muda. Seguía mirando, y lo único que veía era un piso de baldosas feas y viejas, marrones, como de patio, las paredes pintadas de gris oscuro, el frío que sentía de estar ahí adentro. Lo oscuro que era. Claro que estaba todo cerrado. Con las ventanas abiertas debía de ser muy luminoso. Seguimos caminando y pasamos a un pasillo. A la izquierda un baño, muy antiguo y bastante feo, en tonos de verde y blanco. No era lindo pero zafaba. Al menos era grande. Después tres habitaciones, una grande y dos más chicas, todas con las mismas baldosas feas y el mismo gris triste y oscuro.
-Acá podés poner el consultorio y acá la habitación del bebé.
Insistía mi madre. Pero yo no me veía viviendo ahí. Solo veía el frío de las paredes, el horror de esas lámparas de bronce antiguas, con esos apliques de pared que parecían de la casa de una abuela.
-Como ven está todo recién pintado.
Dijo el Sr. de la inmobiliaria. Y yo pensaba –podrían haber elegido un color más cálido. Ahora no da volver a pintar-. Toqué las paredes y las sentí frías, casi húmedas. Salimos al patio. Era un patiecito de cemento, largo, iba desde el lavadero hasta atrás de los dormitorios y terminaba en una escalerita que subía a la terraza. Había además un cuartito de servicio poco más grande que la cucha de un perro.
-Me lo imagino al gordo con el triciclo, jugando por acá.
Comentaba Mi Madre. Pero yo no me lo imaginaba. Subimos a la terraza. Al fin vi algo de sol y calidez. La terraza era hermosa, grande, recien pintada, con las paredes blancas. Fue lo único que me pude imaginar. Unas plantas por acá, una parrilla por allá, una mesa con sillas en el medio. Pero en el resto de la casa no me veía. La sentía demasiado grande, demasiado fría. ¿Cómo iba a hacer sola todo el día con un bebé, mientras G. trabajaba en capital? ¿Y cómo iba a limpiar toda esa casota yo sola? ¿El patio, la terraza, barrer la vereda? De sólo pensarlo el corazón se me  estrujaba y me moría de la angustia. Mientras tanto G. y Mi Madre seguían mirando entusiasmados pensando en poner esto allá y lo otro acá. Yo solo pensaba que para llenar esa casota íbamos a tener que comprar un millón de muebles con plata que no teníamos, que el alquiler estaba un poco más caro de lo que podíamos pagar, y que si además tenía que pagarle a alguien para que me ayudara con el bebé y con la casa no llegábamos ni en pedo.
Pero seguía callada.
Mi Madre hablaba en la cocina con el Sr. de la Inmobiliaria y yo seguía mirando la casa, muda.
Al fin salimos. Volvimos a la calle donde el calorcito del sol me devolvió un poco la tranquilidad. Mientras G. y Mi Madre hablaban de llevar una reserva yo solo podía pensar en el alivio de haber salido finalmente de ahí. No había chance. No me imaginaba una vida alegre ahí, me parecía un lugar enorme, vacío, frío y oscuro. Imposible de llenar con un poco de calorcito humano. Pero me moría de la angustia pensando en lo difícil que había sido, después de un largo mes de buscar y buscar, conseguir un lugar que se pudiera ver, que estuviera disponible, bien ubicado y en condiciones. ¿Y si no conseguía otra cosa y la panza seguía creciendo? ¿Y si se alquilaba y yo me arrepentía? Mi cabeza no paraba de pensar, pensar y pensar. Y escucharlos a G. y Mi Madre tan entusiasmados solo me angustiaba más y más.

11 de octubre de 2011

Ciento treinta y nueve.


Agosto de 2011.
Finalmente un fin de semana después de insistir e insistir, personalmente, por teléfono y por internet, logramos concertar dos visitas. Una era para un departamento con una buena terraza, cerca de la estación del tren. La segunda para una casita cerca del centro. Mi Madre se ofreció a llevarnos con el auto, así que salimos, temprano a la mañana. Era la primera vez que G. venía conmigo para esa zona y yo le tenía terror a sus caras de culo. Si por él fuera nunca hubiera salido de la zona norte de la capital. Después de un largo viaje, logramos llegar a la primera de las inmobiliarias. Teníamos cita 11.15 con la Sra. Graciela, quien nos iba a llevar a conocer el departamento. Llegamos uno minutos antes, y cómo no había dónde estacionar, me bajé del auto, mientras ellos me esperaban adentro para ver cómo hacíamos. Entré en la inmobiliaria y pregunté.
-¿La Sra. Graciela?
-Si, soy yo…
Dijo sorprendida, mientras charlaba con otra señora…
-Soy M. Habíamos acordado por teléfono para ir a ver un departamento en la Avenida M… al 600 a las 11.15…
-Ah, no… ...pero esa visita se suspendió…
Dijo como si me estuviera diciendo que pronosticaban lluvia para esa tarde.
-¿CÓMO QUE SE SUSPENDIÓ?????
-Si, el departamento ya está reservado…
-PERO ¿USTED ME ESTÁ TOMANDO EL PELO???
-Cómo, ¿No te avisaron?
-POR SUPUESTO QUE NO ME AVISARON, SINO NO ESTARÍA ACÁ.
-A ver… -dijo mientras consultaba un cuadernito manuscrito- acá está, yo te llamé ayer…
-Usted no me llamó nada.
-Si, te llamé al 48XX-XXXX y pedí hablar con vos.
-Mire, no me mienta, ese es el teléfono de mi casa y durante el día no hay nadie. Y no había ningún mensaje en el contestador… Y si me hubiera llamado al celular la habría atendido yo. Esto es una falta de respeto. YO LE DIJE QUE VENÍA DESDE CAPITAL PARA VER ESE DEPARTAMENTO.
-Pero… pero…
-Esto es una vergüenza y una falta de respeto. LO SUYO ES POCO SERIO.
Dije, mientras la señora intentaba contestarme algo y yo me aguantaba las ganas de saltar encima del escritorio, agarrarla por el cuello de la camisa y sopapearla hasta hacerle sangrar la nariz. Viejahijaderemilputas, la renegridaconchadetuviejaentanga. Respiré hondo, me di media vuelta y me fui.
Subí al auto con una cara de culo que hablaba por sí misma.
-No lo puedo creer. ¡NO LO PUEDO CREER!
Murmuraba.
-¿Qué pasó?
Preguntó Mi Madre toda preocupada.
-La vieja puta esa… me dice que me llamó AYER para avisarme que la visita se suspendió. Que el departamento ya está reservado.
¿Cómo tiene la cara de decirme que ME LLAMÓ y habló CONMIGO? ¿Se creerá que soy PELOTUDA?

9 de octubre de 2011

Ciento treinta y ocho.


Agosto de 2011.
Ya habíamos decidido que íbamos a tener que mudarnos. Mi departamento era demasiado chico para los tres, más los dos gatos y el consultorio. Y por otro lado yo estaba trabajando más tiempo allá lejos que en casa. Estaba yendo casi dos días completos a un consultorio muy al sur, y uno a otro no tan al sur. Y solo un día trabajaba en capital. ¿Cómo iba a hacer cuándo la panza estuviera demasiado grande para subirme al tren? ¿Y cuándo naciera el bebé y hubiera que darle la teta cada tres o cuatro horas? Imposible ir y venir a cada rato… era casi una hora y media de ida y otro tanto de vuelta. No había chance, teníamos que mudarnos para allá para que yo pudiera trabajar desde casa. Era la única salida… porque dejar a un bebé de un mes o un mes y medio en una guardería todo el día para que yo me la pase viajando en tren era una crueldad absoluta. Y no tenía ganas de criar a mi bebé así. A G. no le gustaba nada la idea. El trabajaba a tres estaciones de subte de casa y llegaba a su trabajo en quince minutos… y ahora iba a tener que subirse al tren y viajar una hora y media. Odiaba la idea. Pero entendía que era lo que había que hacer. O al menos eso me decía.
Así que empezamos a buscar departamento.
En mis ratos libres, cada vez que un paciente faltaba, yo me ponía a recorrer la zona preguntando en inmobiliaria tras inmobiliaria. Pero en todas obtenía la misma respuesta:
-No hay nada.
¿Cómo puede ser? Para la venta, tenían montones. Departamentos de 1 y 2 ambientes, montones. Pero más, nada. Y ¿apto profesional encima? Menos que menos. Empecé a buscar otras alternativas. Podría ser una casita… o un PH… la idea era que tuvieramos tres habitaciones, una para nosotros, otra para el bebé, y una para el consultorio. Tenía que ser Apto Profesional, para que no me compliquen el trabajo, y tenía que ser en una zona céntrica, para que G. pudiera ir y venir de la estación del tren, y nuestras familias y amigos pudieran venir a visitarnos de vez en cuando. Además tenía que ser en una zona cómoda para los pacientes, que hubiera colectivos.
Seguí buscando, buscando y buscando. Y cada vez me angustiaba más. Me recorrí caminando todas las inmobiliarias del centro, me alejé un poco para un lado, un poco para otro… y nada. Bastaba decir las palabras mágicas –Alquiler y -3 o 4 ambientes para que te miraran con cara condescendiente y menearan la cabeza. Nada, no hay nada. Mierda. Y yo ya con casi 6 meses de embarazo ¿Cómo voy a hacer? ¡No quiero mudarme cuando esté por parir!
Seguimos buscando. Bah… seguimos. Yo seguí, en realidad. Y Mi Madre. Ella me ayudaba (y a veces me volvía loca, como hacen las madres) G. nunca movió un dedo. Yo sabía que él no quería mudarse para allá, aunque insistía que –era lo que había que hacer-. Pero cada vez nos peleábamos más.
-Yo no puedo hacer todo sola. Necesito tu ayuda. No te digo que viajes, pero al menos ayudame a buscar por internet.
Pero él me decía que si, que iba a buscar… y después nada. Yo oscilaba entre enojarme, putear, discutir y llorar. Me preguntaba si iba a ser capaz de tolerar sus caras de culo en cuanto nos hubieramos mudado, y si ese no iba a terminar siendo el motivo de nuestra separación. Pero francamente no veía otra opción.