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4 de agosto de 2011

Ciento veintiuno.


Soy una boluda, pero una boluda importante: lo reconozco. Casi 4 meses de embarazo, una pancita que ya se está empezando a notar, y sigo viajando parada. En el colectivo, en el tren y en el subte. No hay caso.



Me paro enfrente del asiento que tiene el cartelito de “Reservado para Embarazadas y Discapacitados” y nada... Ni te miran. Siempre van durmiendo o haciendo que duermen, o leyendo un libro concentradísimos. Ni te registran. Y en realidad yo sé que es culpa mía por no pedir el asiento, pero la verdad no me sale. Ya se me pasaron las náuseas y no me siento mal. Me da no se qué pedir el asiento. Y para peor como hace cada vez más frío y uno se sube con pilas de abrigos, sweater, bufanda, sobretodo, la verdad es que la panza casi no se ve.  Se que tendría que abrir la boca, hablar, pedir. Decir –Estoy embarazada ¿Me dejás el asiento? Pero no lo hago. No se porqué. Me da cosa decirle a alguien que se levante solo porque yo me quiero sentar. Cada tanto tengo suerte y alguien levanta la mirada, me registra y me dice:

-¿Estás embarazada? Sentate, disculpá, no te vi.

en la mitad del viaje. Yo agradezco y me siento. Pero ya no me sorprendo de que sean siempre mujeres. Ellos ni te registran. No te miran. O no se hacen cargo. O se hacen los pelotudos. Y me da tanto odio que creo que es por eso que no digo nada. Que me la banco y me callo la boca. Porque si empiezo a hablar debería mandarlos a todos a la mismísima concha de la madre que los parió. No puede ser querido / querida que te sientes en el asiento que dice “Reservado para Embarazadas y Discapacitados” y vayas en babia, durmiendo o haciéndote el pelotudo olímpicamente. Mirá a tu alrededor, prestá atención. Sé un poco amable. Hay gente que no registra más que su puto ombligo y las pelusitas que le salieron esa mañana. Me enoja, me enferma, me amarga el día. Creo que prefiero viajar parada que discutir.

Uno de estos días iba en subte con G. El subte iba llenísimo y yo parada. Y él dale que dale con

–Pedí el asiento.

-No, dejá… me da vergüenza. Y además está re lleno, ya nos bajamos.

Decía yo con todas las excusas del mundo, para no tener que pasar el suplicio de pedir. Odio pedir. Pero en eso alguien se levanta y queda un asiento vacío. Me siento. Una parada más tarde se sube una mamá con una criaturita de unos diez añitos, con un horroso globo enorme de esos alargados de publicidad. La madre se sienta al lado mío, la criaturita se me para enfrente, casi encima mío y me estampa el globo de mierda en la cara. Me contengo de no darle una cachetada o putear a la madre por no educar a su retoñito del demonio y le digo a la criaturita:

-¿Te querés sentar?

-Si.

Me contesta sin decir ni gracias y mientras me paro, se sienta. G. me mira con odio.

-Estás embarazada ¿Porqué le das el asiento?

-Porque si no me sacaba ese globo del orto de la cara la iba a tener que cagar a trompadas a ella y a la madre… así que prefiero pararme y en paz. Que se metan el asiento bien en el culo…


30 de junio de 2011

Ciento nueve.

Mayo de 2011.

Debo confesar que en las semanas que siguieron al resultado positivo me volví un ser absolutamente escatológico. Si alguien es impresionable les recomendaría que dejen de leer en este preciso momento. Pero saben que yo no tengo pelos en la lengua y me gusta contar las cosas como son. Si señores. El embarazo no es un período idílico en el que todo es maravilloso. O sí lo es, pero no solo eso. También tiene un lado oscuro.

Para empezar las náuseas estuvieron presentes hasta casi el último día del tercer mes, y aún ahora de vez en cuando reaparecen. Pero además de las náuseas está la acidez. La vida ya no es como antes. Ya no puedo comer lo que quiero, cuando quiero. Tengo que comer algo a cada rato para evitar las náuseas, y las comidas demasiado grasosas, o picantes, o el café fuerte están casi prohibidos. Una noche terminé tarde de trabajar con mucha hambre y sin ganas de cocinar. Le propuse a G. pasar por la parrillita de la otra cuadra, esa que tiene mesitas en la calle, a comer un choripan. No sé porqué me tentaba, nunca fui fanática del choripan, pero era algo rápido y tenía un hambre de esas en las que hay que comer algo ya. Grave error. Esa noche casi no pude dormir. Me daba vueltas en la cama, me faltaba el aire y tenía una acidez insoportable. Y cuando finalmente logré dormirme soñé que me sentaba ante un gigantesco plato de ravioles. Por suerte el obstetra me permitió tomar antiácidos, pero la verdad es que no ayudan demasiado ¡y eso que nunca en mi vida tuve acidez! Ahora hay que prestar suma atención a todo lo que entra en nuestro cuerpo. ¡Y a lo que sale! Los gases son una constante, así que cuando no me estoy tirando pedos, estoy eructando, y hasta a veces las dos cosas al mismo tiempo. ¡Si, si, qué lindo! ¿No? No sé como G. me soporta, pobrecito. Aunque… bueno, al fin él tiene cierta responsabilidad en el asunto. Por suerte no me constipé, como dicen que le pasa a la mayoría de las embarazadas en el primer trimestre. ¡Menos mal! ¡Solo eso me faltaba! No tolero la ropa ajustada, los corpiños me apretan y me empieza a faltar un poco el aire, de a ratos. Subir una escalera se ha vuelto una meta casi imposible y tengo que hacer varias paradas en el medio. Además de todo esto tengo sueño casi todo el tiempo, y apenas tengo un rato para descansar, menos que menos para dormirme una siestita! Y como si esto fuera poco me hago pis. Todo el tiempo. A cada rato. Andá a explicarle a mi cuerpo que cuando estoy en la estación constitución esperando el tren no hay manera de ir al baño. Hay que aguantarse. ¡Y olvidate de volver a dormir una noche de corrido! Me levanto una, dos y hasta tres veces por noche a hacer pis. Nunca en mi vida me había pasado (bueno, salvo alguna vez que me fui a dormir tras una intoxicación severa con alcohol…) Y por supuesto, no se puede tomar alcohol, ni fumar sustancias ilícitas. No es que lo hiciera muy a menudo, pero de vez en cuando con G. nos hacíamos unos brownies de esos “especiales” y nos moríamos de risa una tarde completa. No más. Prohibido. Y ni sueñes con tomar alguna medicación. Si te duele la cabeza: Paracetamol. ¡Paracetamol! Si eso es como tomarse un vaso de agua en ayunas. No hace absolutamente nada. Si tenés una contractura en el cuello de esas como las que suelo tener yo, jodete! Bancatela, olvidate de tomar Ibuprofeno, menos que menos Diclofenac. A lo sumo una ducha calentita, unos masajes y a la cama.

Todo sea por el mañosito….

28 de junio de 2011

Ciento ocho.

Fines de Abril de 2011.

-¿No le vas a contar a tu papá?

-Si, tendría que llamarlo, ¿no?

-Si, llamalo. O mandale un mensaje y decile que te llame. Antes que se entere por facebook…

El papá de G. vive en Brasil, y no quedaba otra que contarle por teléfono. No nos vemos muy seguido. Le mando un mensajito pidiéndole que lo llame. Un rato más tarde sonó el teléfono. El papá de G. llamaba desde Houston, donde estaba en un viaje de trabajo. Hablaron un rato de las trivialidades, esas que se dicen en toda conversación telefónica. Cómo estás, cómo está el trabajo, cómo están los nenes, etc, etc… Hasta que llegó el momento de hablar en serio.

-Tengo que contarte algo… -dijo G. buscando las palabras. –Vas a ser abuelo otra vez… M. está embarazada…

Del otro lado un completo silencio por toda respuesta.

-Papá… ¿Estás ahí?

Preguntó G. un rato más tarde, con cara de preocupado.

-Si, si… ¡Qué noticia! Dejame que me recupero y te llamo de nuevo en un rato –dijo emocionado. Y cortó.

G. se quedó atónito.

-Me parece que lo maté… -dijo preocupado.

Por suerte un buen rato más tarde volvió a llamar el papá de G. más tranquilo.

-Hijo, me alegro mucho, la verdad es que me sorprendiste… tardé un rato en recuperarme, pero te felicito, me hace muy feliz la noticia, ya le conté a los chicos, cuando pueda paso a visitarlos. Mandale un beso a M.


Un rato más tarde vino a cenar el Hermano de G. El único que quedaba todavía sin enterarse. Yo estaba trabajando y llegué un buen rato más tarde, pero según me contó G. el diálogo fue algo así:

-Hoy casi lo mato a papá… hablamos por teléfono y le conté que iba a ser abuelo de nuevo, y…

-¿DE QUIÉN? –preguntó Mi Cuñado sorprendido, tratando de entender qué estaba pasando

-Yo, boludo! M. está embarazada.

-Ahhh... ¡Te felicito!

Un ratito más tarde llegué yo y los encontré sentados a la mesa, charlando.

-¿Te puedo abrazar? –preguntó Mi cuñado con cara de emocionado.

-¡Claro!

-Felicitaciones! No lo puedo creer… -dijo mientras me abrazaba.

14 de abril de 2011

Setenta y nueve.


Primeros días de Marzo de 2011.

Arreglamos para juntarnos con La Colo y La Morocha ese mismo fin de semana y yo estuve toda la semana sintiéndome una perra por haber reaccionado tan mal con la noticia. Pero La Colo siempre fue una caja de sorpresas, uno nunca sabe con qué se va a encontrar. Hacía largos meses que no nos veíamos y cada vez que organizabamos algo ella cancelaba a último momento. Incluso no había venido a mi cumpleaños y por un tiempo había estado bastante enojada con ella, pero ya se me había pasado. Así que, tratando de ponerle mucha onda y esperando encontrarme con el relato de la felicidad completa y el Príncipe Celeste instantáneo (Si, porque seamos honestas, el azul destiñe…) me subí al colectivo rumbo a la casa de La Morocha que nos esperaba como siempre con cosas ricas. Llego, toco el timbre y espero.

Al rato la veo bajar a La Morocha con cara rara.

-La Colo ya llegó…

Qué raro –pienso- nunca fue tan puntual…

-Está llorando

Agrega La Morocha en voz bajita mientras subimos la escalera.

-¿Queeeeé???? ¿Porqué?

-Se peleó con el chico.

Entro y me encuentro con una escena totalmente distinta de lo que me esperaba. La Colo despatarrada en el sillón, lagrimeando, me abraza y dice

-Me dejooooó….

-¿Qué? ¿Qué pasó?

-Nos peleamos… -dice entre mocos y sollozos–últimamente nos peleamos todo el tiempo, me trata maaaal… es maaaaloooooo

Y se larga a llorar desconsoladamente como una nena. Vamos a la cocina, servimos algo para tomar y le damos pañuelitos de papel, esperando que se tranquilice un poco y nos pueda contar bien que pasó. No entendemos nada.

-Colo, tomá. Tranquilizate un poco y contanos qué pasó, ¿De cuánto estas?

-De ocho semanas –dice tocándose la panza.

-¿Y lo estaban buscando? –le pregunto.

-Si, en Enero decidimos dejar de cuidarnos. Hasta ahí estaba todo bien, parecía perfecto. Pero después nos fuimos de vacaciones y empezó con los celos y los malos tratos y lo empecé a pensar. Cuando volví fui a la ginecóloga para pedirle pastillas otra vez…  Pero ya no me vino, y… bueno… después me fui a hacer la ecografía, y las cosas con él estaban cada vez peor. Me cela todo el tiempo, se enoja cuando quiero salir y me maltrata. Y el sale cuando quiere. Y no me da bola. Yo me pongo mal y el me grita. Y me dice –acá las cosas se hacen como yo digo.

-Colo, pero ¿Cuánto hace que están juntos?

-Y… desde junio… van a ser nueves meses…

-¿Y ahora?

-No sé… yo hoy me vuelvo a lo de mi papá. El dice que no me aguanta más, que no quiere estar más conmigo… y yo… ¿Qué voy a hacer?

Dice y arranca a llorar otra vez. La Morocha y yo nos miramos sin saber mucho que hacer.
Sabía que iba a sonir horrible, pero era inevitable. Tenía que preguntarselo

-Colo... y qué vas a hacer con el embarazo?

-Y… no sé… yo estaba contenta… pero así no sé. Yo no estoy bien… ¡No voy a poder sola…!

-Ay, qué difícil, nena. No se qué decirte. ¿Pensaste las opciones? Todavía estas de ocho semanas… hay cosas que se pueden hacer… Pero tenés que estar segura y tomar una decisión. Pensalo bien…

Y así seguimos durante un par de horas más. Tratando de escucharla y contenerla, de pensar las opciones y tratar de que se tranquilice y piense en frio. Recomendandole que retome su terapia urgente y que de ser posible consulte un psiquiatra. Pero estaba muy desbordada y no podía ni pensar. Finalmente nos subimos al auto de La Morocha y la acompañamos hasta la casa del padre. No estaba en condiciones de irse sola así. La dejamos tratando de tranquilizarla un poco y seguimos camino. Nos quedamos preocupadas las dos, pero a la vez con la sensación de que la situación nos excede.

-Vas a ver que la semana que viene está otra vez con él y sigue con el embarazo como si nada.
 

12 de abril de 2011

Setenta y ocho.



Fin de Febrero de 2011.

De más está decir que la discusión no terminó ahí. O sí, pero no la mala onda. Yo me encerré en el cuarto y no podía parar de llorar, estaba indignada.

-Qué se la agarre conmigo me la banco, es Mi Madre, pero ¿con vos?

Le decía a G. Él estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Yo no entendía nada.

-Hay que aguantar pacíficamente hasta mañana. Tenemos que volver en el mismo auto ¿Te acordás? Después veremos qué pasa.

Planteaba con una frialdad que me dejaba asombrada. Ojalá para mí las cosas fueran tan fáciles. Ojalá supiera disimular y ser políticamente correcta. Pero no me sale. Mi cara de culo debía ser visible hasta desde la orilla del mar. La cena de esa última noche estuvo complicadísima. Casi ni hablamos y el aire se cortaba con un cuchillo. Yo tenía la garganta cerrada como culo de muñeca y la sola idea de cenar me resultaba complicada. Encima mi madre no tuvo mejor idea que ir a comer afuera, los tres juntitos. Bah, los cuatro, nosotros y el perrito de Mi Madre. El típico perrito faldero que no paraba de ladrar. En fin. No hace falta decir que la cena estuvo bastante difícil. Discusiones con la moza, el perrito de mi madre peleandose con los perros callejeros con un huesito y por supuesto, no podía faltar la discusión a la hora de pagar. Después de la escenita anterior G. no iba a permitir que mi madre nos pagara la cena (y yo tampoco) así fuera que cuando volvamos no tengamos con qué comer. Al día siguiente nos levantamos temprano, terminamos de armar el bolso y nos fuimos solitos a la playa. Un poco de paz, sin Mi Madre. A disfrutar el Mar por última vez. Quien sabe si algún día volveríamos a estar solos en la playa! El día estaba hermoso y no daban ganas de irse. Pero habíamos arreglado salir alrededor del mediodía para llegar tranquilos, y en algún momento había que irse.

Nos despedimos del mar mientras yo no podía dejar de pensar en la noche anterior. Todo tiene un precio –pensaba-y éste es el precio de aceptar algo de Mi Madre, ¿Qué me había creído? ¿Qué iba a ser gratis?

Nos abrazamos por última vez frente la orilla tratando de absorberlo todo. De llevarnos grabado en la piel el olor del mar, el ruido, la sensación del agüita en los pies, la arena. Y esa vista maravillosa.



Finalmente nos fuimos, y el viaje en auto fue bastante tenso, pero por suerte con poco tráfico. Llegamos bastante rápido. Nos bajamos del auto, saludamos a Mi Madre y haciendo un gran esfuerzo la abracé y le agradecí por todo.

Nada fue más aliviante que entrar en casa y estar al fin solos.

-Creo que no voy a ver a Mi Madre por un buen tiempo…

9 de abril de 2011

Setenta y siete.


Fin de Febrero de 2011.

Cuando finalmente me vino ya era 28 de Febrero y era hora de volver. Fin de las vacaciones. Una pena. Era la primera vez que nos ibamos a algun lado con G. y lo habíamos pasado maravillosamente. Nos relajamos, dormimos, leimos mucho, caminamos, nos imaginamos con un bebé en esas playas de a tres. Jugando en la arena y metiendo las patitas en el agua… ¡Qué lindo sería! Fue todo casi perfecto. Digo casi, porque por supuesto, con Mi Madre no podía faltar algún mal momento. Era la especialidad de la casa y se lo venía reservando demasiado bien, era la frutilla del postre, del último día. La noche anterior al día que teníamos que volvernos sucedió algo más o menos así…

G. miraba un partido de futbol mientras yo empezaba a armar el bolso. En el medio del partido, lleno de publicidad oficial, G. que es pasional y enfermizamente Anti, empieza a despotricar contra las huevadas que dicen en las publicidades, en un volumen en el que hasta los vecinos podían escucharlo. Yo ya estoy acostumbrada y se lo perdono. Todos tenemos nuestros defectos... a mí la política me desagrada bastante, pero a él lo apasiona.

-¡Estos hijos de puta no tienen vergüenza! Ahora dicen que la obra de Yaciretá la empezó el Nésssstor y la terminó la Cristinita. ¡Si esa obra la empezó Alfonsín en los ´80! Qué hijos de puta mentirosos y blablabla….

De lejos escucho que mi madre se suma a la conversación y empiezan a intercambiar ideas de política, en lo que no soy muy afines…

-Bueno, al menos estos cuando roban reparten (!)…

-No, pero no puede ser, son un desastre, se llenan la boca hablando de obras que ni siquiera las hicieron ellos, inauguran lo mismo tres veces para las cámaras. Y encima está todo re parado, nosotros no tenemos laburo, no sale nada por culpa de ellos, y blablabla…

Decía G. cada vez más impetuosamente y mi madre le contestaba. No había chance que se pusieran de acuerdo. Hasta que el tono de la voz de mi madre empezó a elevarse.

-A ver si en vez de despotricar contra el gobierno te empezás a ocupar de vos, que si no hay laburo en lo que estás haciendo habrá que buscar otra cosa, como hacemos todos… o ¿cómo piensan mantener a un hijo si no? ¡Uno no puede esperar que el gobierno le solucione la vida!

-Me parece que nos fuimos de tema, yo estaba hablando de…

Intentó interrumpirla G. Pero cuando mi madre arranca es como una catarata: imparable.

-…que ésto no puede ser! Yo me estoy gastando la herencia de la abuela, y el padre de M. no va a estar siempre ahí para solucionarles la vida, y blablablablablablablablaaaaaaa

Yo seguía en la habitación escuchando esta escenita, cada vez más angustiada y pensando cómo no lo había visto venir. Recordaba otras escenitas de mi infancia y pensaba ¿Qué hago? ¿Los dejo que se maten o intervengo? Encima estamos lejos, no nos podemos ir… Hasta que me harté. Salí de la habitación y grité (¿Grité? Si, debo haber gritado…)

-¡Se dejan de joder los dos!!!!? Lo estábamos pasando bien, ¿Hacía falta arruinarlo el último día??

29 de marzo de 2011

Setenta y dos.


18 de Febrero de 2011.

Pasamos con pocas ganas el último día de trabajo, armamos nuestros bolsos y nos subimos al micro. Salía de Retiro a las 2.30 de la madrugada, la idea era llegar el viernes tempranito para aprovechar el día. Nos acomodamos, reclinamos los asientos, nos dimos un beso e intentamos dormir. Estábamos muertos de cansancio. Todo parecía estar bien hasta que a último momento antes de salir se subió al micro la familia más ruidosa del mundo. Eran una pareja mayor con dos hijos varones grandes. No encontraban sus asientos. Fueron y vinieron mirando los cartelitos y poniendose un anteojo más grande que el otro, hablando fuerte y preguntando. Hasta que finalmente se sentaron. Justo al lado nuestro, del otro lado del pasillo. Qué suerte la nuestra.

-Esto va a estar complicado…

Me dijo G. y yo rogué que se equivocara.

Un rato más tarde empezaron a sacar de sus bolsos montones de bolsitas, de esas que hacen ruido, mucho ruido. Hablaban, tomaban mate y se movían todo el tiempo ¡No podían quedarse quietos! Puta madre… y yo que quería dormir! Cuando terminaron de acomodarse volvimos a intentarlo, nos acomodamos como pudimos, ¡Qué incómodos son los asientos de micro! Y logramos dormirnos un rato.

Solo un rato…

Todavía no había amanecido cuando empezaron otra vez con el show de las bolsitas. El padre iba y venía de su asiento al de sus retoños, que estaba justo atrás. Cuando logré recuperar la conciencia me dí cuenta que uno de los hijos, que estaba atrás venía vomitando todo el viaje, ¡Para eso las bolsitas!
Pobre pibe… pero ¡Qué asquito!!

A eso de las 5 de la mañana la señora se puso a cebarle mates a su marido, y a hablar, y hablar, y hablar.

-¡Por Dios! ¿No se callan nunca?

Por suerte para nosotros ya no faltaba tanto. Intentamos dormir un ratito más, pero se complicaba. Un buen rato más tarde, llegamos al fin.

¡Al fin vacaciones! Era la primera vez que G. y yo viajábamos juntos, desde que nos conocimos, me moría de ganas de abrazarnos mirando el mar.

Pero nos bajamos del micro… y llovía.

1 de febrero de 2011

Cincuenta y cuatro.



Llegan mis hermanas y cenamos. No se habla del tema. Hacemos como si nada pasara. En un momento me levanto a ayudar a Mi Madre que está en la cocina calentando la comida. Mientras calentamos el pescado y condimentamos la ensalada me dice en voz baja

-No vayas a hacer ningún esfuerzo ni a levantar cosas pesadas, eh?

-¿Qué?? –pregunto.

-Si, mirá si estás embarazada de dos o tres días, ni te das cuenta y si haces un esfuerzo capaz que lo perdés. Cuidate…

Me la quedo mirando. La verdad es que no entiendo lo que me está diciendo. O tal vez es ella la que no entiende. Ojalá yo pudiera vivirlo con la inocencia de no saber ni en qué día vivo, pero me indispuse hace una semana, no hay chance de que…

Le contesto que sí para dejarla tranquila.

-Y estaba pensando… tendríamos que conocernos con La Mamá de G. sino después va a ser medio incómodo ¿no?

-Pero ...a La Mamá de G. todavía no le dijimos nada…

-Ah… bueno… pero igual… ¿por qué no organizas una cena en tu casa uno de estos días así nos conocemos?

-mmm… bueno, dejamelo pensar.

Volvemos al comedor y la cena sigue como si nada. Bueno, como si nada es una forma de decir…


8 de enero de 2011

Cuarenta y cuatro.


Después de atender un paciente y antes de la reunión de equipo del Centro de Salud tenía un rato largo libre. El día estaba lindo y como siempre llevo un libro en la cartera decidí sentarme afuera, en un banco que hay en la entrada de la salita, a leer un rato. Me acomodé, saqué mi libro, y como estaba medio resfriada saqué un pañuelito de papel para sonarme la nariz. Y de golpe escucho un murmullo por allá. Me doy cuenta que alguien me está hablando. Levanto la vista para ver si es un colega…

-¿Vas a llorar?

Me pregunta un señor gordito, con anteojos grandes, algunas canas y vestido de jogging azul. Supuse que era un chiste y tuve la mala idea de responder.

-Es muy temprano para llorar.

-Es que yo lloro mucho –empezó- Cuando empiezo puedo estar dos o tres horas seguidas llorando. Me contratan de los funerales…

-Bueno, si al menos sirve para hacer plata… -dije, abriendo el libro para ver si entendía la indirecta… Pero no.

-Bueno, a veces voy igual, aunque no me paguen…

-Hay cosas más divertidas para hacer…

-¿Cómo qué? –preguntó.

-Bueno… Que se yo, leer un libro, mirar una película…

-O mamar…

¿Quéee? –pensé- pero no dije nada. Aunque supongo que mis cejas se elevaron inquisitivamente.

-Tomarse dos o tres vinos…

-Yo prefiero leer…

Insistí, y puse mi libro delante de mis ojos, como para terminar la conversación. Traté de leer dos o tres párrafos pero no había caso. El caballero (si es que se lo puede llamar así) no se movió ni un milímetro. Sentía su presencia detrás de las hojas y no había chance de concentrarme. Leí ese párrafo como tres veces hasta que insistió con alguna pregunta que ya no recuerdo…

-¿Trabajás acá? ¿O sos paciente?

Le pregunté por las dudas, pero como venía la mano imaginaba que era uno de los pacientes de Hospital de Día. Aunque nunca se sabe…

-Trabajo… Y soy paciente. …Soy paciente…. Pero trabajo de tratar de levantarme a Las Psicólogas…

-¿Te conviene? Mirá que dicen que Las Psicólogas estamos todas locas…

Dije intentando apelar al humor, cada vez más incómoda…

-No soy casado… nunca me casé con ninguna…

-… ?

-Pero las embarazo…

Me quedé muda. La cosa se estaba poniendo incómoda… Justo aparecieron dos compañeros del equipo y nos pusimos a hablar de una paciente… El “caballero” se quedó parado ahí, como esperando una respuesta y yo en otra, tratando de esquivarle la mirada hasta que se corrió un poquito y dijo

-Bueno chicas, las dejo hablar…

Pero no se fue muy lejos. Y seguía con la mirada clavada en nuestra dirección. Situación totalmente embarazosa. Al final el señor no estaba tan equivocado con el “las embarazo”. Tal vez estaba usando el otro sentido de la palabra…
Cuando mis compañeras se fueron me levanté y fui hacia la puerta, para intentar escabullirme. Pero estaba parado junto a la puerta de entrada, mirando.

-Me voy a trabajar…

Dije, como pretexto para escaparme de su mirada omnipresente.

-¿Trabajar? ¿Qué es eso? –dijo burlonamente.

-Ah! ¿No sabés? …Mejor averigualo.

Contesté, y me fui.

Si mi vida fuera una película, sería una dirigida por Almodóvar…