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21 de enero de 2012

Ciento cincuenta.


Primeros días de Octubre de 2011.

A la mañana siguiente me levanté desorientada. No sabía ni dónde estaba. Hasta que miré bien, vi cajas por todos lados y me acordé. Era el caos. Me senté en el piso, agarré un cuchillo e intenté abrir una caja para seguir ordenando. Mientras lo hacía empecé a sentir un dolorcito en la mano derecha. Eran como unas puntaditas en el centro de la mano y por debajo del dedo gordo. Y además me costaba muchísimo hacer fuerza, como si tuviera el dedo dormido. 

Debe ser el cansancio de estos días, ya se me va a pasar –pensé- y seguí ordenando. Pero pasaron unos días y la sensación no se iba, es más, empeoraba. Empecé a sentir un hormigueo raro en la punta del dedo gordo, del índice y del mayor, y cada vez me costaba más hacer presión con los dedos. Era como tener la mitad de la mano dormida. Me empecé a preocupar. ¿Qué sería? ¿Estaría con la presión alta? ¿Tendrá algo que ver con el embarazo o será pura coincidencia?

Me senté frente a la compu y consulté al Dr. Google. Teclee “Embarazo / hormigueo en la punta de los dedos” y presioné “buscar” con la sensación de que no iba a encontrar mucho. Pero me sorprendí.

Me puse a leer, y leer y leer. Parece que no era la única con ese tipo de consulta. Por lo que leía parecía tratarse de un cuadro llamado “Sindrome del Tunel Carpiano” que es bastante común durante el embarazo. Aparentemente por la retención de líquidos que en el último trimestre del embarazo se presiona un nervio de la muñeca que genera esos síntomas molestos, que en el mejor de los casos desaparecen después del parto. ¿Y cuál es el tratamiento? En todas las páginas decían algo distinto. Antiinflamatorios, frio, calor, reposo, inmovilizar la mano afectada, ejercicios de elongación y en último caso: cirugía.

¿Cirugía?

La puta madre.

Lo único que me falta.

Y todavía me faltan dos meses hasta el parto.





17 de enero de 2012

Ciento cuarenta y ocho.


Últimos días de Septiembre de 2011.

G. y yo nunca nos peleamos tanto como en esos días. Estábamos los dos cansados, preocupados y angustiados y no lograbamos ponernos de acuerdo en nada. Ni cómo hacer la mudanza, ni qué muebles comprar, ni dónde poner el consultorio o el dormitorio del bebé. Menos que menos cómo decorarlo. Además de trabajar muchísimo no parabamos un minuto. Nuestro departamentito de Palermo nunca nos pareció tan diminuto. Con cajas a medio armar por todos lados, pilas y pilas de libros y papeles, papelitos y papeluchos que había que revisar, seleccionar y tirar. Además yo seguía trabajando en casa por lo cual el living tenía que quedar presentable para poder disfrazarlo de consultorio los días que venían pacientes. Las cajas se apilaban en los huequitos libres del dormitorio y la cocina que parecían cada vez más mínimos y había que hacer milagros para poder pasar de un lado al otro, esquivándolas.

Para peor la panza cada vez estaba más abultada y agacharme para armar una caja empezaba a parecerme una tarea cada vez más complicada. Al principio no me daba cuenta, e intentaba moverme como siempre, pero cuando llegaba a la mitad del camino sentía que algo me frenaba desde adentro como diciendo –Eh! ¿Dónde creés que vas? ¡Estoy yo acá!!! Y se me clavaba contra las costillas o los pulmones. Me sentía una inútil total. G. no me dejaba levantar peso y mi propio cuerpo no me permitía agacharme demasiado, así que la mitad de las cosas que tenía que hacer se me hacían cada vez más difíciles. Pero alguien tenía que hacerlas, sino no íbamos a terminar más. Y G. no podía hacer todo solo. Tenía que buscarle la manera. Me sentaba en el piso para armar las cajas, una vez llenas las empujaba en vez de levantarlas (o las levantaba despacito cuando nadie me veía). Nunca me gustó demasiado tener que pedir ayuda, aunque entendía que iba a tener que empezar a hacerlo un poco. No quedaba otra.

Ese mismo viernes, entre caja y caja teníamos turno para la Ecografía de la semana 30. Hacía siglos de la última ecografía y yo me moría de ansiedad y de ganas de verle la carita una vez más. Pero no había manera de que llegáramos a tiempo. La mudanza estaba programada para ese fin de semana y todavía el jueves nos faltaban montones de cosas. Tuve que llamar para cancelar el turno y posponerlo para la semana siguiente, una vez que nos hubieramos instalado. Al fin y al cabo entre la semana 30 y la 31 no podía haber tanta diferencia…

25 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y siete.


Mediados de Septiembre de 2011.
Al día siguiente nos levantamos tempranito, me dí una ducha larga para ver si lograba sacarme el sueño de encima y partimos rumbo a la inmobiliaria a dejar la seña. Por suerte la Inmobiliaria era en capital. Pero si creíamos que con eso estabamos solucionando un problema: nos equivocamos. Solo estabamos generando un millón de problemas nuevos. Ahora había que pensar en firmar el contrato, en ponernos de acuerdo, en contratar la mudanza, en embalar las cosas, en dar de baja los servicios, dar de alta los nuevos servicios, comprar muebles y cosas. Pensar en estufas y aires acondicionados y cortinas, y plastificar los pisos o no plastificarlos y blablabla… Todo era una negociación, más dudas, demoras y preguntas. Y todo era plata y más plata y más plata (que no teníamos). Por suerte Mi Padre nos prestó lo que necesitábamos para mudarnos. Ahora había que encontrar la manera de conseguir lo que más nos faltaba: tiempo. Tiempo de embalar y desembalar, de tirar cosas, elegir, ordenar y seleccionar. Mientras tanto yo trabajaba cada vez más, hacía veinte cosas al mismo tiempo, entre dar clases, viajar, atender pacientes y más pacientes, llevar planillas, buscar cheques e imprimir informes. Sumado a todo esto los estudios, consultas con obstetras y especialistas y ahora la nueva: el puto cursito de pre-parto que estaba por empezar. La panza estaba cada día más grande ¡Y ni siquiera había comprado un baberito! Faltaban tantas, tantas cosas que parecía que nunca iba a poder terminar. Pero esto recién estaba empezando. Mientras que yo hacía un gran esfuerzo por mantener la calma, Mi Madre se dedicaba a hacerme perder la paciencia. Cada vez que hablaba con ella o la veía se despachaba acerca de lo angustiada que estaba por todo lo que faltaba, y que yo no me daba cuenta, Que hay que comprar esto y aquello, y eso otro, que vi precios de esto en internet, y no sabés lo caro que está todo, que no te haces una idea, que mirá si se adelanta y vos no tenés ni la cunita y blablabla.
Ohmmm.
Yo trataba de tranquilizarme y tranquilizarla a ella. Pedirle que no me apure, que espere a que terminemos con la mudanza para después poder empezar con las cosas del bebé. Explicarle que todavía había tiempo, que no se iba a adelantar. Y que si algo pasaba (por dios que no se adelante, que no se adelante…) ya íbamos a encontrar la manera de resolverlo. Pero empezaba a perder la paciencia. ¿Acaso no debería ser al revés? ¿Ella tranquilizarme y a mi y no yo a ella? En fin.
Los días pasaron y después de varias idas y venidas, mails, charlas telefónicas, enojos y negociaciones logramos firmar el maldito contrato de alquiler. Obviamente en toda negociación que se presentó, siempre salimos perdiendo. Siempre unos pesos más de acá, unos pesos más de allá… y todo seguía sumando. Lo único que logramos negociar a nuestro favor fue que pudieramos firmar el contrato a partir del primero de Octubre, con la posibilidad de que nos entregaran la llave una semana antes para empezar a llevar las cosas.
Pero ya teníamos la fecha límite: primero de Octubre.

23 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y seis.


Mediados de Septiembre de 2011.
Detesto admitirlo pero el Pelado tenía razón. El departamento era hermoso. Muy luminoso, con pisos de madera, una cocina enorme con espacio para comedor diario, lavadero, un living grande con un balcón con vista abierta y dos habitaciones bastante grandes. Todo en buen estado, con un baño prolijo y lindo. Recorrí, miré, pregunté… y volví a la cocina. Me encantaba esa cocina. Me preguntaba cómo iba a hacer con un bebé y el consultorio… cómo me las iba arreglar… pero la verdad es que me imaginé viviendo ahí. Recorrí un poco más, pregunté un poco más y finalmente me fui con la tarjeta del pelado en la mano y la promesa de llamarlo al día siguiente. Era Apto Profesional, no me iban a hacer problemas por mis gatos, el precio estaba dentro de lo que buscábamos y estaba bien ubicado. Además estaba bueno. Y al fin veía algo que parecía posible. Me fui al consultorio y esa misma tarde, entre paciente y paciente vi una casa (horrible y desastrosamente mal cuidada) y un departamento, parecido al que había visto, pero bastante más desprolijo. Tenía una cocina americana, bastante más chica y el dueño le había achicado una habitación para agrandar un pasillo, dejando una pared en diagonal. Una porquería.
Volví a casa a hablarlo con G. Quería que él lo viera para ver si le gustaba.
-¿Te parece que arregle para verlo éste fin de semana y si te gusta lo señamos?
-¿El fin de semana? Pero hoy es Martes… Si está bueno, como vos decís, capaz que lo alquilan antes!
-Si, pero no quiero señarlo sin que lo veas ¿Y si a vos no te gusta?
-Si a vos te gusta, para mí va a estar bien.
Dijo, G. sabiendo en el fondo que con lo Mañosa que soy, si está bien para mí, tiene que estar bien para cualquiera. Pero yo soy muy insegura y me cuesta tanto tomar decisiones sola…
-La verdad… me gustaría más que vos lo vieras antes. Pero si te parece vamos mañana a la inmobiliaria y lo señamos. Y ya nos sacamos un problema de encima.
Pero esa noche no me podía dormir. Daba vueltas en la cama y pensaba, pensaba y pensaba. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si nos nos alcanza la plata? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si no le gusta? ¿Y si no se acostumbra a vivir tan lejos? ¿Y si no me acostumbro yo? ¿Y si…? Pero lareputísimamadrequemeparió… al fin y al cabo ser yo misma a veces es una tortura.
Maldita neurosis
¿Puede ser que para todo tenga tantas dudas?

18 de octubre de 2011

Ciento cuarenta y uno.

Agosto de 2011.
Finalmente subimos al auto y partimos rumbo a Capital. Durante el trayecto G. y Mi Madre seguían hablando de posibilidades, de muebles y arreglos. Se los escuchaba entusiasmados. O tal vez solo lo hacían pensando en mí. No se. Pero yo tenía cada vez más dudas. Los números no me daban, y no me imaginaba viviendo tan sola y tan lejos de todos los que quiero en un lugar tan frío y enorme. No sé porqué que pero siempre me gustaron más los lugares más chiquitos, más cálidos, más luminosos. Además no me imaginaba viviendo en una casa. Toda mi vida viví en un departamento y la verdad es que me da cierta tranquilidad, sobre todo si voy a estar sola con un bebé, saber que no estoy tan sola. Que está el portero, que están los vecinos.
La cosa era que no me imaginaba. Me acordaba cuando fui a ver por primera vez mi actual departamento, hace más de seis años. Era un lugar mínimo, interno, sin balcón. Pero tenía una cocinita blanca, luminosa, cálida. Era un lugar en el que desde el primer momento me había imaginado viviendo. Y lo señé en el momento, casi sin pensarlo. Después me entraron las dudas, y creí haber cometido el peor error de mi vida, como me pasa con toda decisión importante. Pero la verdad es que nunca me arrepentí. Había amado vivir en ese lugar. Me había sentido muy cómoda y era la primera vez en mi vida que me había sentido en Mi Casa. Y cómo dolía pensar que tenía que dejarlo. Aunque ya no entráramos. Aunque viviéramos apretados y los vecinos estuvieran cada vez más insoportables. Aunque supiera que el cambio era para mejor. No era fácil.
Fuimos a almorzar a una parrillita, al sol. G. y Mi Madre seguían debatiendo qué muebles había que comprar primero. Y yo no podía dejar de pensar ¿Con qué plata?? ¿Si íbamos a tener que pedir prestado hasta para la seña? Pero no decía nada. La garganta se me cerraba cada vez más y cuando ellos no miraban se me caía una lagrimita. Pero no decía nada.
Terminamos de comer y finalmente nos fuimos para casa. Abrí la puerta, saludé a mis gatos, y así nomás, vestida como estaba me metí en la cama y me tapé con el acolchado hasta la cabeza. Y lloré, lloré y lloré. Primero despacito. Después cada vez más fuerte. Necesitaba llorar. No podía hacer otra cosa.
G. me miraba atónito, no entendía nada. Pero yo no podía hablar. Solo balbuceaba
-Dejame llorar un rato.
Mientras él puteaba, preguntaba, iba y venía. No me entendía. Y la verdad es que yo tampoco. Tenía tantas cosas en la cabeza al mismo tiempo que solo podía llorar. El embarazo, el trabajo, la casa, la mudanza, las deudas, el futuro, las miles de dudas. El bancarme las caras de culo de él por tener que irnos tan lejos, las preguntas acerca de si eso no iba a terminar por distanciarnos. El caer en la cuenta que iba a estar lejos de todo y todos los que quería, el sentirme tan, tan sola. Sola con las decisiones, sola con las responsabilidades. Era demasiado para mí. Y supongo que encima la panza me tenía un poco más sensible.
Lloré y lloré y lloré. Como diría Girondo Lloré a lágrima viva, lloré a mares. Pero G. no se bancaba no entender y yo no podía explicarle. No en ese momento en que todavía no entendía.
Se enojó. Y terminamos peleándonos mal. A los gritos.
Agarré las llaves me fui, así como estaba, como siempre que nos peleamos. Me enojo y siento que me falta el aire, que necesito salir. Me senté en la vereda, en la puerta del edificio y seguí llorando un rato más.
Hasta que me dio frío.

11 de agosto de 2011

Ciento veintitres.

Primeras semanas de Julio de 2011.

La verdad es que no tenía nada de ganas de ir a la guardia. Andaba con mucho trabajo y poco tiempo libre, y cada vez que tenía un ratito libre se me ocurría algo mucho más interesante que ir a sentarme un par de horas a calentar la silla en la sala de espera de una guardia esperando que me atendieran para contestarme lo obvio:

-No tenés nada, estás embarazada.

Además empecé a recordar que algunos años atrás había tenido un par de infecciones urinarias con síntomas parecidos, pero en esos casos me daban antibióticos y analgésicos y ahora no creía que pudiera tomar nada de eso. Y si era una infección urinaria se iba a poner más feo en los próximos días, ya me iba a enterar. De todos modos tenía turno con el Obstetra (el Dr. S.) en pocos días, así que mejor esperar. G. no estaba muy de acuerdo e insistía con que había que ir a la guardia igual, pero yo no tenía ganas. Y no fui nada.

Pasaron unos días y corrimos ansiosos al encuentro del simpático Dr. S. Por suerte a la semana siguiente ya teníamos turno con la otra Obstetra, la Dra. K. para poder escuchar una segunda opinión y decidir con cuál de los dos nos quedábamos. Pero había que ir por las dudas. Llegamos al consultorio y en el ascensor nomás nos atajó la secretaria con un hermoso comentario

-Miren que el Dr. está demorado porque viene de un parto…

Así que nos armamos de paciencia y nos sentamos en la sala de espera. Por suerte no fue para tanto. No más que lo de costumbre, por lo menos. Un poco menos de una hora de tedio y entramos al consultorio. El Dr. nos saludó y preguntó como estábamos. Le conté de mis dolores y mis sospechas por mis antecedentes de Infecciones Urinarias.

-Ah! Pero no me dijiste que habías tenido infecciones urinarias, tendrías que haber ido a la guardia igual… si es una infección puede generar contracciones…

La puta que te parió –logre reprimir apenas- sos vos el que me tiene que preguntar mis antecedentes, ¿yo cómo mierda sé cuáles son relevantes? No te voy a contar de cada vez que fui a un médico (ni aunque las recordara) porque estaríamos hasta el año próximo! Pero sonreí y solo atiné a contestar

-Me pareció que en la guardia me iban a tratar de tonta y me iban a decir que era algo normal del embarazo…

-Tonta no te van a decir…

-No, pero lo van a pensar…

Se sonrió.

-Igual cuando es así mejor andá por las dudas. Ahora te vamos a mandar a hacer un análisis de orina y un cultivo así nos quedamos tranquilos y vemos de qué se trata.

Dijo, mientras me invitaba a pasar al cuartito, me pesaba, me tocaba la panza y escuchaba los latidos del bebé. ¡Qué loco es eso! Sigo sin poder terminar de entender que es una personita dentro mío…

-Bueno, parece estar todo bien… Para la próxima les voy a pedir un Scan Fetal, es una ecografía pero más detallada. Yo prefiero que lo hagan con el Dr. M. que es Obstetra, en general en los otros lugares es un especialista en imagenes el que las hace y no presta tanta atención a algunos detalles. Estamos en la semana 19 ¿Ya lo sentiste moverse?

Dijo mientras me daba la orden.

-No, todavía no sentí nada.

Le contesté preocupada. Tal vez ya lo tendría que haber sentido. En todos lados decía que se empezaba a sentir entre la semana 16 y la 20.

-Ya lo vas a sentir… ¿Me quieren preguntar algo más?

-Si, le tengo que pedir una receta para una crema, que la que estoy usando se me está por terminar…

-¡Ah! ¡Qué imporrrtante…!

Dijo, con tonito irónico mientras garabateaba la receta. Este tipo me está tratando de pelotuda, lareputísimamadrequeloparió… pensé, mientras hacía un esfuerzo por no mandarlo a la mismísima concha de su madre. Hice unos segundos de silencio, tomé aire y seguí

-Y además necesitamos la orden para el estudio que tenemos que hacer con la cardióloga. Yo ya pedí el turno pero todavía no sé cómo se llama el estudio…

-Ah, si, si… -dijo mirando su fichita -el Ecocardiograma…

-Y para el análisis de orina también, no?

Pero la puta madre, te tengo que recordar todo yo? No, definitivamente no. Este médico no me convence nada de nada.

30 de julio de 2011

Ciento veinte

Mediados de Junio de 2011.

Urgentemente tenía que conseguir un nuevo Obstetra. Pero no daba ir a cualquiera o abrir la cartilla y buscar el que me quedara más cerca. Eso ya lo había probado con mi Ginecóloga y no había resultado muy bien. Me acordé que mi amiga La Sortijera me había dado el mail de su tía que es Obstetra y bastante buena. Lástima que ella no atiende prepagas y a mí no me da el presupuesto para pagar en forma particular. Pero al menos podía preguntarle si tenía algún colega para recomendarme.

Le escribí un mail. Le conté que era amiga de su sobrina, que estaba embarazada y que mi Obstetra no me convencía, que si ella podía recomendarme alguno que atienda por mi prepaga. Adjunté el link a la cartilla de mi prepaga, agradecí de antemano, saludé y presioné enviar. Y me olvidé. Supuse que iba a tardar al menos unos días en responder.

Pero apenas unas horas más tarde me llegó su respuesta, muy cordial. Me dijo que mi amiga le había hablado de mí, que contara con ella si necesitaba algo y que me recomendaba a varios Obstetras. Hizo una listita con cuatro nombres, y me aclaró que a la que más me recomendaba era a la Dra. K., que era muy contenedora. Me sorprendí mucho al leer el nombre. La Dra. K.  había sido mi Ginecóloga durante unos cuantos años, antes que me cambiara de prepaga y me pasara con la Dra. B. Tenía un buen recuerdo de ella. Al menos era simpática y amable, y no te hacía perder mil horas en la sala de espera. ¡No sabía que también fuera Obstetra ni que atendiera por mi actual prepaga! Al fin una buena noticia. La busqué en la cartilla, pero solo me salía un consultorio que era muuuuy lejos de mi casa. Pero también estaba su mail. Le mandé un mail contandole mi situación y preguntándole si además del que figuraba en cartilla atendía en otro consultorio.

Pocas horas más tarde recibí su respuesta: Muy amable, se acordaba de mí, que me atendía en la Clínica T. y que no tenía ningún problema en verme como Obstetra. Que atendía también en otro consultorio un poco más cerca, pero que también podía verme en la Clínica (que queda a pocas cuadras de mi casa) si me cambiaba de plan. ¡Buenas noticias! Estaba bueno poder atenderme con alguien que ya conocía, y que me conocía ¡Y se acordaba de mí después de varios años! Y se me ocurrió que con una Obstetra mujer las cosas iban a ser diferente, al menos iba a tener más empatía. Un Obstetra hombre nunca pasó, ni va a pasar por la situación de un parto, no puede verla de otro modo que no sea un acto médico, en cambio una mujer puede pensarlo de otra manera. Ya venía pensando en cambiarme de plan, porque el Dr. S. (y todo el mundo a quien le consulté) me dijo que con mi plan (el más bajo) iba a tener problemas para encontrar lugar donde parir. Que solo cubría tres Clínicas en capital y que justo ésas casi nunca tenían lugar…

28 de julio de 2011

Ciento diecinueve.


15 de junio de 2011.

Si bien había respondido a todas mis preguntas, algo en su tono y su forma de responder no me dejaba del todo tranquila. Tal vez fuera el hecho de sentía que lo tomaba fría y clínicamente como un hecho médico, y daba la sensación que dejaba muy poco lugar a mi decisión en el asunto. Yo entiendo que un parto es un hecho que debe ser asistido por un profesional de la medicina, pero no es específicamente un acto médico. Es un suceso de mi vida, y de la vida de mi hijo (y obviamente del padre) y me gustaría que pudiera ser tratado lo más humanamente posible. No monitoreado hasta el último instante y medicalizado de pies a cabeza. Por supuesto asumiendo que todo venga bien, no soy tan necia como para negar la asistencia médica si algo viene mal… Pero éste médico parecía tener todo decidido y claro de antemano, sin preguntarme a mí de qué manera yo quiero parir. Tal vez pido demasiado… Pero algo me daba como mala espina.

Casi tenía la sensación de que una vez que todo estuviera listo, el Dr. se iba a ir de vacaciones, o a un “congreso” justo en la semana que yo empezara con el trabajo de parto. No se de dónde me venía ésta idea. Tal vez fuera porque me lo recomendó mi Ginecóloga, La Dra. B., esa que no me generaba demasiada confianza. O tal vez fuera porque después de mi primera visita estuvo un mes (un mes!) en Europa por un congreso, tal como me había aclarado su secretaria. O tal vez eran solamente ideas mías.

Pero esa tarde en cuánto llegué casa no se me ocurrió mejor idea que googlearlo. Sí, busqué al Dr. S. en el Dr. Google.

Y no saben con qué sorpresita me encontré.

Resulta que en internet hay montones y montones de foros, donde se discuten montones y montones de cosas (la mayoría de ellas, pelotudeces totales). Entre ellos hay varios, demasiados, foros sobre embarazo y maternidad. Donde las mujeres se pasan datos y se hacen consultas sobre los temas más comunes y los más bizarros.

Entre ellos me topé con el tema “Recomendación de Obstetras” y con algunos comentarios sobre el Dr. S.

Lo primero que lei y me preocupó un poco fue que cobraba el parto. ¿Cómo que cobraba el parto? ¿Y para qué pago la prepaga? Pero eso fue lo de menos. Unos renglones más abajo me encontré con esto:

Hace 10 días que salí de una internación donde perdí a mi bebé de 5 meses. El médico era recomendado, me dijeron estas en las mejores manos!!! Sorpresa me llevé cuando después de llamarlo al Dr. S. a su celular avisandole que estaba internada con ruptura prematura de membranas me contestó que "no" podía ir porque no estaría en la ciudad. No solo no mando ningun colega para que me contuviera sino que durante las 2 semanas que estuve internada ni llamo ni se acerco a ver como estaba.
No se que tan "excelente" medico será, tengo mis dudas. Yo siendo colega de este doctor, NO SE LO RECOMIENDO a nadie. Mi peor experiencia.*


Por supuesto que no era el único comentario acerca de éste Dr. Había otros muy buenos que lo recomendaban mucho, y algunos otros malos. Más vale que uno no se deja llevar por un solo comentario… pero éste me ponía los pelos de punta y confirmaba mis peores sospechas: que con éste médico no se podía contar. Y además… ¡A mí nunca me dio su celular! Es cierto que solo lo vi tres veces, que apenas estoy de 16 semanas… y que yo no se lo pedí… pero ¿Se lo tengo que pedir? ¿No sería más lógico que él me lo ofrezca?

Mmmm… nonono, creo que va siendo hora de buscar otro Obstetra…

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*Fuente: http://www.planetamama.com.ar/foro/

26 de julio de 2011

Ciento dieciocho.


15 de Junio de 2011.

Pasaron unos pocos días y por suerte teníamos un nuevo turno con el Obstetra. Nos armamos de paciencia, buscamos el sobre con los resultados de la Translucencia y salimos para el consultorio. Como ya era costumbre nos sentamos y esperamos, esperamos y esperamos. Era la tercera visita al Dr. S. y yo venía cada vez con más dudas. Acerca de los resultados del estudio y acerca de mi elección del médico. Ya estaba terminado el primer trimestre y por suerte las náuseas iban desapareciendo, ya me empezaba a sentir mejor. Pero empezaba a ver el parto cada vez como algo menos lejano. Había leído algún libro sobre parto respetado, y aunque sabía que en una clínica es bastante improbable tener un parto natural y respetado, yo quería que fuera lo más natural posible. Iba a tener que hacerle unas cuántas preguntas a éste doctor. Al fin y al cabo la que decide cómo y con quién quiere parir soy yo. Nos hizo pasar. Le dimos el estudio y lo miró…

-Está todo normal… acá dice que tenés una probabilidad de 1 en 9000, es mucho menor a lo esperado para tu edad….

-Si… pero ¿Qué es eso de “Foco hipercogénico cardíaco” que dice acá en negritas?

Le pregunté, señalando el estudio. Laputamadre, ¿Hace falta que te pregunte todo yo? ¿Si no te lo pregunto lo pasas por alto?

-Ah… eso. En realidad es algo que podría ser normal… hay que volver a chequearlo después de la semana 20…
Te voy a dar el teléfono de la Dra. D. una cardióloga, para que haga un estudio… la orden te la doy en la próxima visita. Pero lo más probable es que no sea nada importante. Seguramente desaparece…

-Ojalá… pero si no estaría bueno estar preparados ¿No? O al menos saber qué es…

-Si, claro…

Dijo mientras me hacía pasar al cuartito donde me pesó, me tomó la presión y me auscultó la panza. Después puso un aparatito para escuchar los latidos del corazoncito del bebé…

Mientras resonaban en la habitación y G. se acercaba emocionado, dijo:

-Yo no soy cardiólogo pero parece que está todo bien…

Volvimos al escritorio, y mientras anotaba cosas en su libretita, G. y yo hicimos silencio.

-Bueno por este mes les doy un descanso. Hasta la semana 20 no hay más estudios que hacer. ¿Quieren preguntar algo?

-Si… varias cosas en realidad.

Dije pensando por dónde empezar. No había caso, éste médico no me inspiraba confianza, a pesar de que se lo veía tan seguro y experimentado. Pero las canas y una sala de espera llena no me alcanzan…

-En éste último tiempo me está pasando que me falta el aire… es algo así como momentáneo, me agarra de golpe que me cuesta respirar…

-Eso es algo normal. Tenés que entender que tenés algo ahí, que empuja tus intestinos para arriba, y por ende todo se está reacomodando, puede ser que por momentos te presione el diafragma…

-Ok… Bueno, además quería preguntarle cuál es su posición respecto del parto.

Silencio.

-¿Qué querés decir?

Preguntó, no de muy buena gana.

-Bueno, a ver…  Por ejemplo hasta qué momento se espera antes de inducir el parto, qué opina de las cesáreas, de la episiotomía, de la anestesia…

-Esperar, se espera un parto normalmente en la semana 40, se puede esperar hasta la 41 si no hay sufrimiento fetal. Esperar más puede ser riesgoso…

-¿Y en qué casos se hace una cesárea?

-Hay cesáreas programadas en los casos en que sabemos que algo viene complicado. Sino se espera al parto natural, salvo que algo se complique de último momento y en ese caso se va a cesárea… Respecto a la episiotomía… Eso lo voy a decidir yo en el momento.

-¿En base a…?

-A la posibilidad de desgarro de los tejidos. Si todo va bien puede que no sea necesaria, pero siempre es más fácil de cicatrizar un tejido con puntos que uno desgarrado.

-Ahá… ¿Y la epidural?

Pregunté, ya con miedito. Aunque tenía miles de otras preguntas se lo notaba cada vez más impaciente e incómodo con mis preguntas. Seguro que no está muy acostumbrado a que lo interroguen ni lo cuestionen los pacientes. Pero para mí estaba bien clarito que la que tiene que tomar una decisión soy yo. No él.

-La Epidural… Mirá, al final todas la piden. Y el problema es que a veces es demasiado tarde. Hay un momento para aplicarla y es importante que en ese momento el anestesista ya esté en la sala. No hay anestesistas de guardia…

24 de julio de 2011

Ciento diecisiete.


Junio de 2011.

Unos días después, G. fue al laboratorio a buscar los resultados de la Translucencia. Estábamos los dos muy ansiosos por saber que estaba todo bien, y la verdad es que yo, para ser sincera, no tenía nada de ganas de tener que pasar por la experiencia de la punción, así que esperaba que me dijeran que no era necesario.

Un rato más tarde recibo un mensaje de texto de G.


Dice: Bajo riesgo para anomalías cromosómicas.


Me quedé tranquila. La verdad es que no esperaba otra cosa. No se porqué, pero no me imaginaba un resultado diferente. Tal vez porque ninguno de los dos tenemos antecedentes en la familia, tal vez porque solo presentía que estaba todo bien. Pero como los médicos dicen, este estudio es solamente estadístico… no se puede saber todo. Igualmente prefería tener el estudio en mis manos y leerlo yo misma, detenidamente. Sabía que G. no era muy atento con algunos detalles.

Esa misma noche cuando llegó G. de trabajar, me dio el sobre con los resultados. Eran dos hojas con números y datos, y una tercera con fotos de la ecografía. Empecé a leer… y todo parecía más o menos normal. Hasta que encontré una línea en negritas.

Decía:
Marcadores cromosómicos menores: Foco hipercogénico cardíaco: si.

No quería preocuparme demasiado… pero era inevitable. ¿Había algún problema con el corazoncito de mi bebé? Nonono… no puede ser. Traté de recuperar la calma y hablé con G.

-¿Vos viste ésto?

-¿Qué?

-Esto que está marcado en negritas… “Foco hipercogénico cardíaco”… no quiero alarmarte, tal vez no sea nada… pero ¿Porqué no lo buscás en Google así nos enteramos qué es?


Respiré hondo y traté de tranquilizarme mientras G. lo Googleaba. Iba a estar todo bien. Tenía que estar todo bien. Siempre me pasa lo mismo, veo algún detallito en un estudio y me hago la cabeza y después el médico me dice que es absolutamente irrelevante. Si, a veces soy ligeramente hipocondríaca. G. buscó, buscó y buscó. Y leyó todo lo que encontró. Yo creo que ni quise enterarme.

-¿Y? ¿Qué dice? -pregunté un rato más tarde.

-Dice... que es algo bastante normal para éste período de gestación, y que suele desaparecer después de la semana 20…

-Ok… habrá que ver y preguntárselo al Obstetra entonces… así nos quedamos tranquilos…

-Si, tranquilos…

Dijo, G. Pero su cara mostraba todo menos tranquilidad.

9 de julio de 2011

Ciento doce.


Fines de Mayo de 2011.

Esa noche me costó dormir. No podía dejar de pensar en el estudio que teníamos que hacer y en todas las cosas que podían salir mal. ¿Y si había algún problema? ¿Y si algo no salía perfecto? ¿Me iba a animar a hacerme una punción? El solo pensar en la aguja gigante pinchandome la panza me mataba del susto. Y además no me dejaba demasiado tranquila pensar que esa agujota atravesara mi útero y pasara por… Ay, ay ay… mejor ni pensar. ¿Y si daba mal? ¿Iba a tener el coraje de…? ¡Que difícil decisión!

Bueno, pero ¡ya basta de pensar! ¿Porqué algo tendría que salir mal? ¡Si hasta ahora estaba todo perfecto! No tuve ni una pérdida, ni siquiera una manchita rosada, nada… Nada más allá de las náuseas, las malditas náuseas a las que ya empezaba a acostumbrarme. Y cada vez eran menos seguido, al principio todos los días, después de un tiempo ya aparecían menos. Pero seguían ahí. Había leído que se pasaban después de los tres meses. Y ya faltaba tan poquito… Por suerte todavía no había vomitado ni una vez. Varias veces había estado cerca, muy cerca. Pero me acostaba, comía algo salado y respiraba bien hondo un rato… y se me pasaba. Lo peor de todo era que en los últimos días me había empezado a volver esa contractura del cuello… esa que me acompaña desde que tengo memoria. –Tenés las cervicales rectificadas- me había dicho alguna vez algún Traumatólogo como toda respuesta. Y estaba acostumbrada a una linda tortícolis una o dos veces por año, que solo se iba tras varios días de calor, Ibuprofeno o Diclofenac. En los últimos años había descubierto la droga perfecta: Diclofenac+Pridinol*. Una antiinflamatorio combinado con un miorrelajante que hacía que todo doliera mucho menos. O al menos que el dolor me chupara un huevo. Pero ¡Ay! Ahora no podía tomar nada eso. ¡Nada! Solo Paracetamol. Maldito Paracetamol. Menos efectivo que un caramelo de menta en ayunas… A G. ya lo estaba volviendo loco de tanto pedirle masajes, y en esos días las cosas empezaron a empeorar. El cuello estaba cada vez más duro y ya no podía ni mirar para la derecha. Menos que menos acercar la oreja al hombro… Todo era dolor, dolor y dolor.

-¿Te transmito Johrei?

Me preguntó G.

-Pero… ¿Eso no me va a hacer vomitar?

Le pregunté desconfiada.

-No…

-¿Estás seguro?

-Si, dale, vení…

Dijo, mientras me sacaba el camisón y ponía su mano sobre mi espalda. Concentradísimo. Yo me quedé quietita como siempre que lo hace. Al principio no le creía mucho, pero después de un tiempo empecé a ver que si funcionaba… y el año pasado me había curado una sinusitis sin tomar antibióticos, así que ahora cuando me lo ofrece, lo dejo hacer. No es que tuviera mucha otra opción igualmente. En este caso la medicina occidental no tenía nada para darme. Me relajé…

Al día siguiente me levante y podía mover el cuello. Todavía dolía pero ya no era insoportable. Me levanté para hacer el desayuno y mientras estaba en la cocina preparando el café mi estómago empezó a revelarse contra mí. Parecía que quería salirse de su lugar. Fui corriendo a la cama y me acosté como siempre. Respiré hondo una vez, dos veces…

… y a la tercera tuve que salir corriendo al baño y abrazarme al inodoro.

Había perdido el invicto.

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*No es mi intención hacer apología de la droga, solo relatar mi experiencia ;)

7 de julio de 2011

Ciento once.

 19 de Mayo de 2011.

-Este Obstetra cada vez me convence menos. Está bueno que no sea un hinchapelotas, pero de ahí a que ni se acuerde quién soy?

Le dije a G. mientras salíamos del consultorio.

-Si, es medio colgado… pero por otro lado se lo ve muy seguro de lo que hace…

-Si… tendría que empezar a buscar algún otro, para después decidir con quién me quedo… Además ¿qué es eso de ir a darme la vacuna a un hospital público? Eso no me gusta… No tengo nada contra los hospitales, de hecho trabajo en dos… pero me parece que esas dosis están para la gente que no tiene recursos. Si yo pago una prepaga ¡Que me la pague la prepaga!

-Estoy de acuerdo, vos datela donde quieras…

-Si, de última la que decide soy yo, no él…

G. se fue a trabajar, yo me fui a la oficina de la prepaga para autorizar la orden del estudio e iniciar los trámites para anotarme en el “Plan Materno-infantil”. Una vez que terminé todo eso me fui a dar la vacuna a un vacunatorio muy conocido que justo quedaba a unas cuadras de ahí. Ya dije mil veces cuánto odio que me pinchen, pero en esto no había mucha opción, había que darse la maldita vacuna. Por suerte me atendieron rápido y por estar embarazada la vacuna es gratuita así que no tuve que pagar nada. Pocos minutos más tarde me llamó una chica de guardapolvo y me hicieron entrar a un cubículo. Mientras sacaba la vacuna de una heladerita y armaba la jeringa (y yo miraba para otro lado, no soporto ni mirar las agujas) me decía:

-Se te puede inflamar un poco el brazo, pero vos tratá de no tocarte ni masajearte la zona. Como mucho aplicate frío. ¿En que brazo te la doy?

-Si es así mejor en el izquierdo…

-En los próximos dos o tres días podés llegar a levantar algo de fiebre o sentirte un poco mal. Si es así tomate un antiinflamatorio común…

-Como estoy embarazada no puedo tomar nada… así que espero que no, sino me la tengo que bancar…

-Ok. Vos seguí las indicaciones que te dio el obstetra.

Dijo, mientras me aplicaba la vacuna, por suerte con muy buena mano. Casi no la sentí.

Un rato más tarde llegué a casa y me armé de paciencia. Empecé a llamar a todos lados para ver donde me podía hacer el maldito estudio. La chica de la prepaga me había dado una listita con los nombre y teléfonos de los laboratorios que supuestamente lo habían, pero en la mayoría solo hacía una parte del estudio. O el análisis de sangre, o la ecografía. Y yo no tenía ganas de ir a dos lugares distintos para hacer un estudio. Hasta que encontré uno donde hacían el estudio completo. No era el que me había recomendado el obstetra, pero tenían turno para una fecha en que no me resultaba imposible. Y no había mucho tiempo. Así que finalmente saqué el turno. Para dentro de diez días.

-Tenés que venir con 4 hs. De ayuno y tomar medio litro de agua, media hora antes.

-¿Tenés idea si la ecografía se puede grabar? –le pregunté.

-A ver… dejame que te averiguo… -dijo y me dejó en espera un rato –Sí, se puede, pero acordate de avisar en recepción cuando vengas ese día.

-¿Y tiene costo?

-No, es gratuito.

Ya tenía el turno para el estudio. Ahora había que esperar…

2 de junio de 2011

Noventa y nueve.

15 de Abril de 2011.

Cada día que pasa estoy más hinchada. Los corpiños ya no me entran. Revuelvo en mi cajón buscando esos corpiños que nunca uso. Esos que no tienen aros ni push–up y que antes odiaba porque parecía un varón de tan chata que me hacían. Me los pruebo y me van perfecto. Ahora los relleno y son mucho más cómodos que los otros. Menos mal que estaban casi nuevitos en el fondo del cajón. Los pantalones me aprietan. Los que ya me iban ajustados no los tolero. Me aprietan la cintura y eso no me ayuda con las náuseas. Revolviendo el placard encuentro solo uno o dos que me van cómodos. Habrá que lavarlos seguido. ¿Cómo puede ser que ya esté tan hinchada? ¡Si son solo 6 semanas de embarazo, a lo sumo 7! No debería notarse nada todavía! Y a todo esto me acuerdo del test. 37900. Treinta y siete mil novecientos! ¿No es muy alto? Si para dar positivo alcanza con que den más de 5! ¿¿No serán mellizos, no?? Lo hablo con G.

-Amor, por casualidad en tu familia ¿Hay antecedentes de Mellizos?

-¿Mellizos? No que yo sepa... ¿porqué?

-No me hagas caso, sé que son boludeces mías. Pero es que me veo muy hinchada… y el nivel de hormona dio medio alto…

-Hay que ver cuales son los valores normales ¿No lo pusieron ahí?

-No…

-¿Y en tu familia hay mellizos?

-Mi abuela materna tuvo hermanos mellizos. Pero entonces fue mi Bisabuela la que tuvo Mellizos… no creo que salte tres generaciones…

-No sé…

Me pongo a buscar en Google.

Busco: Valores normales de hormona coriónica para semana 6 de embarazo.

Encuentro varias tablas con distintos parámetros. Pero no es claro y todas tienen valores diferentes. Por lo que veo parece ser que los valores estar dentro de lo normal, ¡Pero muy en el borde! No me deja muy tranquila.

Menos mal que mañana vamos al Obstetra…

28 de abril de 2011

Ochenta y cinco.


Veintipico de Marzo de 2011.

Domingo. Sol hermoso. Con G. nos miramos y decidimos salir a caminar un poco. Paseamos por el barrio tomados de la mano, nos sentamos en una placita a disfrutar del solcito de otoño, ese tiebiecito que te acaricia la piel y alma y no te calcina. Hablamos. De la vida, de boludeces varias y cotidianas. Hasta que interrumpo la charla con un pensamiento que vengo arrastrando hace unos días…

-Viste que el trabajo con la obra social viene bien? Ya estoy pensando en cambiar de consultorio, me están mandando varios pacientes y no me alcanzan las horas…

-Qué bueno! Me alegra tanto que lo tuyo esté empezando a despegar…

-Si, buenísimo. Pero estaba pensando…

-…

-¿Te parece que es el mejor momento para quedar embarazada? Digo, recién me conocen, no se si voy a poder tomarme licencia, además los meses que no trabajo no cobro. Y después no sé si me van a bancar y me van a seguir derivando pacientes…

-Bueno, no te adelantes, eso ya se verá…

-No, no. Es un tema que me tiene preocupada. Vos sabes que mi trabajo es así. No tengo sueldo ni aguinaldo, ni vacaciones, menos que menos licencia por maternidad… Estaba pensando si no será mejor idea que me cuide por unos meses hasta que se estabilice un poco todo…

-¿Quéeee? ¿Cómo??

-No se, pensaba empezar a tomar pastillas de nuevo, por unos meses…

-¡Vos estás loca! ¿Unos meses? ¿Cuántos?

-No sé… tres o cuatro meses. Hasta que las cosas se acomoden un poco,  y yo empiece a cobrar, y podamos mudarnos, y…

-Si, vos decís tres o cuatro meses, pero ¿Y yo como se que después no van a ser seis? ¿O un año? ¡Hace casi un año que estamos buscando! ¡Yo no se si quiero esperar tanto!

-Bueno, pero…

-Es tu cuerpo. Y tu trabajo. Vos hacé lo que quieras. Pero a mi la idea mucho no me gusta…