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29 de febrero de 2012

Ciento cincuenta y cinco.



Mediados de Octubre de 2011.
Llegó el viernes y esa misma tarde teníamos el turno para ir a hacer la ecografía 4D. Me encontré con G. en un bar cerca del consultorio, y un ratito más tarde llego Mi Madre. Habíamos invitado también a las tías y a la otra abuela, pero las primeras no podían en ese horario y Mi Suegra nos agradeció la invitación pero dijo que las ecografías le daban “impresión” (?). Llegamos al consultorio y nos anunciamos. No pidieron que nos sentáramos a esperar, y eso hicimos.
Y esperamos, esperamos y esperamos.
Había otras dos o tres panzas, con sus respectivas familias en la sala de espera y aparentemente estaban demorados. (Pero la reputísimamadre, como puede ser que nunca, ni siquiera cuando te cobran, cumplan un puto horario?)
Cuarenta minutos de espera después, y cuando ya no sabíamos que más hacer con nuestra ansiedad, me paré a hablar con la chica de la recepción.
-Hola… disculpame… Quería saber si hay mucha demora...
-Ah… a ver… mmmm… mirá el doctor acaba de llegar, se demoró en el hospital. Recién pasó una paciente, después está esa otra y después vos…
-Ah… ok. –dije, tratando de tragarme la catarata de puteadas que se me venía a la cabeza. -¿Querés ir cobrándome?
-Bueno, tenés la Promo de $200 que es solo el Scan de la carita, viene con el CD con video y fotos, La de $250 que incluye el Scan completo con informe médico el CD y tres llaveros y la de $300 que tiene 5 llaveros, una foto 3D impresa y blablablabla.
-Cobrame la de $250.
-Ok. Tu nombre?
Le dije, mi nombre y le deletree mi apellido.
-Ay, que difícil… -dijo mientras lo escribía mal y yo se lo corregía- ¿Y el nombre del Bebé?
-Oliverio.
-Ay, que nombre raro... ¿Es en Portugués?
-No, en castellano…
Le contesté ya con la paciencia medio por el piso. Terminé el papelerío, me fui a sentar y esperé un rato más, hasta que finalmente nos llamaron. Pasamos los tres (o debería empezar a decir los cuatro?) al cuartito, G. y Mi Madre se sentaron en “la platea” mientras yo me acomodaba en la camilla y me sometía al ya ritual gel helado en la panzota. Volví a repetir el mantra de la fecha de última menstruación, mi datos personales y blablabla… Mientras el médico cargaba los datos en la computadora la ansiedad me invadía. No podía esperar más.
Finalmente puso el aparato ese sobre mi panzota y empezamos a ver imágenes borrosas en blanco y negro.
¿Esto era la Ecografía 4D? ¿Tanto lío para eso?

25 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y siete.


Mediados de Septiembre de 2011.
Al día siguiente nos levantamos tempranito, me dí una ducha larga para ver si lograba sacarme el sueño de encima y partimos rumbo a la inmobiliaria a dejar la seña. Por suerte la Inmobiliaria era en capital. Pero si creíamos que con eso estabamos solucionando un problema: nos equivocamos. Solo estabamos generando un millón de problemas nuevos. Ahora había que pensar en firmar el contrato, en ponernos de acuerdo, en contratar la mudanza, en embalar las cosas, en dar de baja los servicios, dar de alta los nuevos servicios, comprar muebles y cosas. Pensar en estufas y aires acondicionados y cortinas, y plastificar los pisos o no plastificarlos y blablabla… Todo era una negociación, más dudas, demoras y preguntas. Y todo era plata y más plata y más plata (que no teníamos). Por suerte Mi Padre nos prestó lo que necesitábamos para mudarnos. Ahora había que encontrar la manera de conseguir lo que más nos faltaba: tiempo. Tiempo de embalar y desembalar, de tirar cosas, elegir, ordenar y seleccionar. Mientras tanto yo trabajaba cada vez más, hacía veinte cosas al mismo tiempo, entre dar clases, viajar, atender pacientes y más pacientes, llevar planillas, buscar cheques e imprimir informes. Sumado a todo esto los estudios, consultas con obstetras y especialistas y ahora la nueva: el puto cursito de pre-parto que estaba por empezar. La panza estaba cada día más grande ¡Y ni siquiera había comprado un baberito! Faltaban tantas, tantas cosas que parecía que nunca iba a poder terminar. Pero esto recién estaba empezando. Mientras que yo hacía un gran esfuerzo por mantener la calma, Mi Madre se dedicaba a hacerme perder la paciencia. Cada vez que hablaba con ella o la veía se despachaba acerca de lo angustiada que estaba por todo lo que faltaba, y que yo no me daba cuenta, Que hay que comprar esto y aquello, y eso otro, que vi precios de esto en internet, y no sabés lo caro que está todo, que no te haces una idea, que mirá si se adelanta y vos no tenés ni la cunita y blablabla.
Ohmmm.
Yo trataba de tranquilizarme y tranquilizarla a ella. Pedirle que no me apure, que espere a que terminemos con la mudanza para después poder empezar con las cosas del bebé. Explicarle que todavía había tiempo, que no se iba a adelantar. Y que si algo pasaba (por dios que no se adelante, que no se adelante…) ya íbamos a encontrar la manera de resolverlo. Pero empezaba a perder la paciencia. ¿Acaso no debería ser al revés? ¿Ella tranquilizarme y a mi y no yo a ella? En fin.
Los días pasaron y después de varias idas y venidas, mails, charlas telefónicas, enojos y negociaciones logramos firmar el maldito contrato de alquiler. Obviamente en toda negociación que se presentó, siempre salimos perdiendo. Siempre unos pesos más de acá, unos pesos más de allá… y todo seguía sumando. Lo único que logramos negociar a nuestro favor fue que pudieramos firmar el contrato a partir del primero de Octubre, con la posibilidad de que nos entregaran la llave una semana antes para empezar a llevar las cosas.
Pero ya teníamos la fecha límite: primero de Octubre.

18 de octubre de 2011

Ciento cuarenta y uno.

Agosto de 2011.
Finalmente subimos al auto y partimos rumbo a Capital. Durante el trayecto G. y Mi Madre seguían hablando de posibilidades, de muebles y arreglos. Se los escuchaba entusiasmados. O tal vez solo lo hacían pensando en mí. No se. Pero yo tenía cada vez más dudas. Los números no me daban, y no me imaginaba viviendo tan sola y tan lejos de todos los que quiero en un lugar tan frío y enorme. No sé porqué que pero siempre me gustaron más los lugares más chiquitos, más cálidos, más luminosos. Además no me imaginaba viviendo en una casa. Toda mi vida viví en un departamento y la verdad es que me da cierta tranquilidad, sobre todo si voy a estar sola con un bebé, saber que no estoy tan sola. Que está el portero, que están los vecinos.
La cosa era que no me imaginaba. Me acordaba cuando fui a ver por primera vez mi actual departamento, hace más de seis años. Era un lugar mínimo, interno, sin balcón. Pero tenía una cocinita blanca, luminosa, cálida. Era un lugar en el que desde el primer momento me había imaginado viviendo. Y lo señé en el momento, casi sin pensarlo. Después me entraron las dudas, y creí haber cometido el peor error de mi vida, como me pasa con toda decisión importante. Pero la verdad es que nunca me arrepentí. Había amado vivir en ese lugar. Me había sentido muy cómoda y era la primera vez en mi vida que me había sentido en Mi Casa. Y cómo dolía pensar que tenía que dejarlo. Aunque ya no entráramos. Aunque viviéramos apretados y los vecinos estuvieran cada vez más insoportables. Aunque supiera que el cambio era para mejor. No era fácil.
Fuimos a almorzar a una parrillita, al sol. G. y Mi Madre seguían debatiendo qué muebles había que comprar primero. Y yo no podía dejar de pensar ¿Con qué plata?? ¿Si íbamos a tener que pedir prestado hasta para la seña? Pero no decía nada. La garganta se me cerraba cada vez más y cuando ellos no miraban se me caía una lagrimita. Pero no decía nada.
Terminamos de comer y finalmente nos fuimos para casa. Abrí la puerta, saludé a mis gatos, y así nomás, vestida como estaba me metí en la cama y me tapé con el acolchado hasta la cabeza. Y lloré, lloré y lloré. Primero despacito. Después cada vez más fuerte. Necesitaba llorar. No podía hacer otra cosa.
G. me miraba atónito, no entendía nada. Pero yo no podía hablar. Solo balbuceaba
-Dejame llorar un rato.
Mientras él puteaba, preguntaba, iba y venía. No me entendía. Y la verdad es que yo tampoco. Tenía tantas cosas en la cabeza al mismo tiempo que solo podía llorar. El embarazo, el trabajo, la casa, la mudanza, las deudas, el futuro, las miles de dudas. El bancarme las caras de culo de él por tener que irnos tan lejos, las preguntas acerca de si eso no iba a terminar por distanciarnos. El caer en la cuenta que iba a estar lejos de todo y todos los que quería, el sentirme tan, tan sola. Sola con las decisiones, sola con las responsabilidades. Era demasiado para mí. Y supongo que encima la panza me tenía un poco más sensible.
Lloré y lloré y lloré. Como diría Girondo Lloré a lágrima viva, lloré a mares. Pero G. no se bancaba no entender y yo no podía explicarle. No en ese momento en que todavía no entendía.
Se enojó. Y terminamos peleándonos mal. A los gritos.
Agarré las llaves me fui, así como estaba, como siempre que nos peleamos. Me enojo y siento que me falta el aire, que necesito salir. Me senté en la vereda, en la puerta del edificio y seguí llorando un rato más.
Hasta que me dio frío.

15 de octubre de 2011

Ciento cuarenta.

 Agosto de 2011.
Por suerte habíamos arreglado una segunda visita. Era una casita con patio y terraza a pocas cuadras del centro y un par más de la estación del tren. Salimos para allá y durante todo el camino yo no podía parar de putear a la vieja de la inmobiliaria. Estaba indignada. Mi Madre trataba de tranquilizarme, supongo que porque estaba más preocupada de que el enojo le hiciera mal al bebé que por mí.
Llegamos hasta la casita un rato antes del horario acordado con la otra inmobiliaria, así que teníamos que hacer tiempo. Recorrimos un poco la zona. La cara de culo de G. era indisimulable, y no podia dejar de hacer comentarios sarcásticos acerca de la gente que elegía vivir en esa zona. Era un día de sol hermoso, y el barrio estaba tranquilo, se escuchaban los pajaritos. Caminamos un rato más, parando a preguntar en todas las inmobiliarias que nos cruzábamos por el camino, pero no había caso, siempre la misma respuesta: nada. Volvimos a la puerta de la casa y nos encontramos con el Sr. de la inmobiliaria. Nos abrió la puerta y pasamos a ver la casa. Tenía un frente muy lindo, con un patiecito mínimo y dos entradas. Una deba a la cocina y la otra al living. Entramos por la cocina. Parecía una cocina que se hubiera quedado detenida en los sesenta. Muebles viejos y feos, pero recien pintaditos. Todo en tonos de amarillo y gris (puaj). A pesar del sol hermoso que había afuera el Sr. no se molestó en abrir las persianas, así que todo se veía oscuro y frío. Pasamos de largo y vimos un bañito bastante descuidado, el lavadero y la salida al patio. Del otro lado la cochera, y un living enorme dividido en dos…
-Acá podrías poner el consultorio…
Decía G. Mientras señalaba una de las partes del living, que se separaba del comedor con una puerta.
-Pero ésta es la parte más linda de la casa ¿La vas a cerrar para hacer el living?
Opinaba Mi Madre. Yo muda. Seguía mirando, y lo único que veía era un piso de baldosas feas y viejas, marrones, como de patio, las paredes pintadas de gris oscuro, el frío que sentía de estar ahí adentro. Lo oscuro que era. Claro que estaba todo cerrado. Con las ventanas abiertas debía de ser muy luminoso. Seguimos caminando y pasamos a un pasillo. A la izquierda un baño, muy antiguo y bastante feo, en tonos de verde y blanco. No era lindo pero zafaba. Al menos era grande. Después tres habitaciones, una grande y dos más chicas, todas con las mismas baldosas feas y el mismo gris triste y oscuro.
-Acá podés poner el consultorio y acá la habitación del bebé.
Insistía mi madre. Pero yo no me veía viviendo ahí. Solo veía el frío de las paredes, el horror de esas lámparas de bronce antiguas, con esos apliques de pared que parecían de la casa de una abuela.
-Como ven está todo recién pintado.
Dijo el Sr. de la inmobiliaria. Y yo pensaba –podrían haber elegido un color más cálido. Ahora no da volver a pintar-. Toqué las paredes y las sentí frías, casi húmedas. Salimos al patio. Era un patiecito de cemento, largo, iba desde el lavadero hasta atrás de los dormitorios y terminaba en una escalerita que subía a la terraza. Había además un cuartito de servicio poco más grande que la cucha de un perro.
-Me lo imagino al gordo con el triciclo, jugando por acá.
Comentaba Mi Madre. Pero yo no me lo imaginaba. Subimos a la terraza. Al fin vi algo de sol y calidez. La terraza era hermosa, grande, recien pintada, con las paredes blancas. Fue lo único que me pude imaginar. Unas plantas por acá, una parrilla por allá, una mesa con sillas en el medio. Pero en el resto de la casa no me veía. La sentía demasiado grande, demasiado fría. ¿Cómo iba a hacer sola todo el día con un bebé, mientras G. trabajaba en capital? ¿Y cómo iba a limpiar toda esa casota yo sola? ¿El patio, la terraza, barrer la vereda? De sólo pensarlo el corazón se me  estrujaba y me moría de la angustia. Mientras tanto G. y Mi Madre seguían mirando entusiasmados pensando en poner esto allá y lo otro acá. Yo solo pensaba que para llenar esa casota íbamos a tener que comprar un millón de muebles con plata que no teníamos, que el alquiler estaba un poco más caro de lo que podíamos pagar, y que si además tenía que pagarle a alguien para que me ayudara con el bebé y con la casa no llegábamos ni en pedo.
Pero seguía callada.
Mi Madre hablaba en la cocina con el Sr. de la Inmobiliaria y yo seguía mirando la casa, muda.
Al fin salimos. Volvimos a la calle donde el calorcito del sol me devolvió un poco la tranquilidad. Mientras G. y Mi Madre hablaban de llevar una reserva yo solo podía pensar en el alivio de haber salido finalmente de ahí. No había chance. No me imaginaba una vida alegre ahí, me parecía un lugar enorme, vacío, frío y oscuro. Imposible de llenar con un poco de calorcito humano. Pero me moría de la angustia pensando en lo difícil que había sido, después de un largo mes de buscar y buscar, conseguir un lugar que se pudiera ver, que estuviera disponible, bien ubicado y en condiciones. ¿Y si no conseguía otra cosa y la panza seguía creciendo? ¿Y si se alquilaba y yo me arrepentía? Mi cabeza no paraba de pensar, pensar y pensar. Y escucharlos a G. y Mi Madre tan entusiasmados solo me angustiaba más y más.

11 de octubre de 2011

Ciento treinta y nueve.


Agosto de 2011.
Finalmente un fin de semana después de insistir e insistir, personalmente, por teléfono y por internet, logramos concertar dos visitas. Una era para un departamento con una buena terraza, cerca de la estación del tren. La segunda para una casita cerca del centro. Mi Madre se ofreció a llevarnos con el auto, así que salimos, temprano a la mañana. Era la primera vez que G. venía conmigo para esa zona y yo le tenía terror a sus caras de culo. Si por él fuera nunca hubiera salido de la zona norte de la capital. Después de un largo viaje, logramos llegar a la primera de las inmobiliarias. Teníamos cita 11.15 con la Sra. Graciela, quien nos iba a llevar a conocer el departamento. Llegamos uno minutos antes, y cómo no había dónde estacionar, me bajé del auto, mientras ellos me esperaban adentro para ver cómo hacíamos. Entré en la inmobiliaria y pregunté.
-¿La Sra. Graciela?
-Si, soy yo…
Dijo sorprendida, mientras charlaba con otra señora…
-Soy M. Habíamos acordado por teléfono para ir a ver un departamento en la Avenida M… al 600 a las 11.15…
-Ah, no… ...pero esa visita se suspendió…
Dijo como si me estuviera diciendo que pronosticaban lluvia para esa tarde.
-¿CÓMO QUE SE SUSPENDIÓ?????
-Si, el departamento ya está reservado…
-PERO ¿USTED ME ESTÁ TOMANDO EL PELO???
-Cómo, ¿No te avisaron?
-POR SUPUESTO QUE NO ME AVISARON, SINO NO ESTARÍA ACÁ.
-A ver… -dijo mientras consultaba un cuadernito manuscrito- acá está, yo te llamé ayer…
-Usted no me llamó nada.
-Si, te llamé al 48XX-XXXX y pedí hablar con vos.
-Mire, no me mienta, ese es el teléfono de mi casa y durante el día no hay nadie. Y no había ningún mensaje en el contestador… Y si me hubiera llamado al celular la habría atendido yo. Esto es una falta de respeto. YO LE DIJE QUE VENÍA DESDE CAPITAL PARA VER ESE DEPARTAMENTO.
-Pero… pero…
-Esto es una vergüenza y una falta de respeto. LO SUYO ES POCO SERIO.
Dije, mientras la señora intentaba contestarme algo y yo me aguantaba las ganas de saltar encima del escritorio, agarrarla por el cuello de la camisa y sopapearla hasta hacerle sangrar la nariz. Viejahijaderemilputas, la renegridaconchadetuviejaentanga. Respiré hondo, me di media vuelta y me fui.
Subí al auto con una cara de culo que hablaba por sí misma.
-No lo puedo creer. ¡NO LO PUEDO CREER!
Murmuraba.
-¿Qué pasó?
Preguntó Mi Madre toda preocupada.
-La vieja puta esa… me dice que me llamó AYER para avisarme que la visita se suspendió. Que el departamento ya está reservado.
¿Cómo tiene la cara de decirme que ME LLAMÓ y habló CONMIGO? ¿Se creerá que soy PELOTUDA?

9 de octubre de 2011

Ciento treinta y ocho.


Agosto de 2011.
Ya habíamos decidido que íbamos a tener que mudarnos. Mi departamento era demasiado chico para los tres, más los dos gatos y el consultorio. Y por otro lado yo estaba trabajando más tiempo allá lejos que en casa. Estaba yendo casi dos días completos a un consultorio muy al sur, y uno a otro no tan al sur. Y solo un día trabajaba en capital. ¿Cómo iba a hacer cuándo la panza estuviera demasiado grande para subirme al tren? ¿Y cuándo naciera el bebé y hubiera que darle la teta cada tres o cuatro horas? Imposible ir y venir a cada rato… era casi una hora y media de ida y otro tanto de vuelta. No había chance, teníamos que mudarnos para allá para que yo pudiera trabajar desde casa. Era la única salida… porque dejar a un bebé de un mes o un mes y medio en una guardería todo el día para que yo me la pase viajando en tren era una crueldad absoluta. Y no tenía ganas de criar a mi bebé así. A G. no le gustaba nada la idea. El trabajaba a tres estaciones de subte de casa y llegaba a su trabajo en quince minutos… y ahora iba a tener que subirse al tren y viajar una hora y media. Odiaba la idea. Pero entendía que era lo que había que hacer. O al menos eso me decía.
Así que empezamos a buscar departamento.
En mis ratos libres, cada vez que un paciente faltaba, yo me ponía a recorrer la zona preguntando en inmobiliaria tras inmobiliaria. Pero en todas obtenía la misma respuesta:
-No hay nada.
¿Cómo puede ser? Para la venta, tenían montones. Departamentos de 1 y 2 ambientes, montones. Pero más, nada. Y ¿apto profesional encima? Menos que menos. Empecé a buscar otras alternativas. Podría ser una casita… o un PH… la idea era que tuvieramos tres habitaciones, una para nosotros, otra para el bebé, y una para el consultorio. Tenía que ser Apto Profesional, para que no me compliquen el trabajo, y tenía que ser en una zona céntrica, para que G. pudiera ir y venir de la estación del tren, y nuestras familias y amigos pudieran venir a visitarnos de vez en cuando. Además tenía que ser en una zona cómoda para los pacientes, que hubiera colectivos.
Seguí buscando, buscando y buscando. Y cada vez me angustiaba más. Me recorrí caminando todas las inmobiliarias del centro, me alejé un poco para un lado, un poco para otro… y nada. Bastaba decir las palabras mágicas –Alquiler y -3 o 4 ambientes para que te miraran con cara condescendiente y menearan la cabeza. Nada, no hay nada. Mierda. Y yo ya con casi 6 meses de embarazo ¿Cómo voy a hacer? ¡No quiero mudarme cuando esté por parir!
Seguimos buscando. Bah… seguimos. Yo seguí, en realidad. Y Mi Madre. Ella me ayudaba (y a veces me volvía loca, como hacen las madres) G. nunca movió un dedo. Yo sabía que él no quería mudarse para allá, aunque insistía que –era lo que había que hacer-. Pero cada vez nos peleábamos más.
-Yo no puedo hacer todo sola. Necesito tu ayuda. No te digo que viajes, pero al menos ayudame a buscar por internet.
Pero él me decía que si, que iba a buscar… y después nada. Yo oscilaba entre enojarme, putear, discutir y llorar. Me preguntaba si iba a ser capaz de tolerar sus caras de culo en cuanto nos hubieramos mudado, y si ese no iba a terminar siendo el motivo de nuestra separación. Pero francamente no veía otra opción.

16 de junio de 2011

Ciento cinco.

Fin de semana de Pascua.

Mientras terminábamos de preparar todo sonó el timbre. Era mi Hermana La Del Medio.

-Llegué un poco más temprano porque después me tengo que ir a trabajar.

Dijo mientras subíamos. Le serví un café y nos sentamos los tres a la mesa.

-¿Y? ¿No me van a contar que voy a ser tía? –Preguntó.

-No, nada que ver… -Le contestó G. -¿De dónde sacás eso?

-Ufa, yo pensé que tenían noticias, tanto apuro por encontrarnos…

-Es que hace mucho que no nos vemos –mentí- y quería aprovechar el feriado. -¿Vos como andas?
Seguimos hablando un rato hasta que llegó Mi Hermana La Menor. Mi Madre no llegaba y se estaba haciendo tarde. Me empezaba a poner impaciente.

-¿Porqué no la llamás a ver por donde anda?

Le dije a mi Hermana La Menor. La llamó y dijo

-Está buscando dónde estacionar.

Un ratito más tarde suena el timbre. Era Mi Madre. Llegó toda apurada, hablando y hablando y hablando. Tipicamente Mi Madre.

-Hay, di una vuelta enorme, me olvide que le habían cambiado el sentido a esta calle y después no encontraba dónde estacionar, y di otra vuelta, y blablablablablabla… Y les traje huevitos pascua… Qué bueno que nos encontramos todas y blablablabla…

Y así siguió hablando un rato sin parar, mientras Mi Hermana La del Medio me miraba ansiosa porque ya se tenía que ir a trabajar. La interrumpí.

-A ver, las tres…. ¿Qué planes tienen para Diciembre?

-¿Para Diciembre? –Preguntó Mi Madre con cara rara….

-Porque vos vas a ser Abuela –dije señalándola- y ustedes dos van a ser tías.

Mi hermana La Menor se levantó y me vino a abrazar, llorando. Las otras me miraban con cara de no entender nada. Después se levantaron y me abrazaron, mientras decían, todo al mismo tiempo.

-Ay… qué lindo! ¿De cuánto estás? ¿Cuándo te enteraste? ¿Porqué no me contaste antes? ¿Cómo te sentís? ¿Ya pensaron nombres? ¿Ya te hiciste la ecografía? ¿Compro ropita rosa o celeste?

14 de junio de 2011

Ciento cuatro.

Fin de semana de Pascua.

Al día siguiente tocaba el turno de contarle a Mis Hermanas. ¿Y Mi Madre? ¿La llamo o no la llamo? –pensaba- pero realmente no tenía mucha opción. En algún momento iba a tener que contarle y no daba que se entere por boca de mis hermanas, menos que menos de Mi Padre.

Me armé de coraje y agarré el teléfono. Llamé primero a mis hermanas y las invité a merendar en mi casa. Una vez que me confirmaron que podían y a qué hora llegaban, llamé a Mi Madre.

-Hola ¿Má?

-¡Hola hijita! ¿Como estás tanto tiempo?

-Bien, bien –contesté medio cortada- Mis hermanas van a venir a merendar a casa ¿Querés venir?

-Dale, a qué hora?

-A eso de las cinco.

Dije, y corté.

G. y yo nos fuimos para la cocina y nos pusimos a preparar cosas ricas para la merienda. Hicimos dos budines (en realidad los hizo él, yo le hice de Juanita…) Uno de manzanas, y uno de chocolate. Preparé una jarra de café recién hechito. Llené un termo con agua caliente por si alguien quería té y puse la mesa. Mientras los budines terminaban de cocinarse ordené un poco y me fui a dar una ducha.

Un momento de relax, para pensar un poco cómo cuernos se los iba a contar. Estaba segura que se iban a poner felices, hace rato que mis hermanas venían hinchando la paciencia con que querían sobrinitos.

Me lavé la cabeza y me dediqué a disfrutar del momento bajo el chorro de agua calentita. Me enjaboné bien, sobre todo la panza que estaba cada vez más redonda. Últimamente me tocaba mucho la panza, casi sin darme cuenta. Supongo que nos pasa a todas las embarazadas. Debe ser una forma de acostumbrarnos a los cambios, de darnos cuenta que hay algo ahí. Miré para abajo y noté algo diferente.

Terminé de ducharme, me envolví en la toalla y salí.

Grité.

-¿Amor?

-¿Qué? –contestó G. desde el dormitorio

-¡No me la veo!!

9 de junio de 2011

Ciento dos.



Dos semanas después volví al consultorio de mi analista. Era justo un par de días antes de la visita al obstetra.

-Me quedé pensando lo que hablamos la semana pasada… Hablé con G. y él está de acuerdo. Dice que lo mejor va a ser mudarnos. Pero me preocupa que en el fondo no le gusta mucho la idea. El va a tener que viajar mucho y además se imagina que es un lugar horrible…

-Esta vez le toca a él hacer un esfuercito…

-Si, el tema es si yo me voy a bancar sus caras de culo… veremos…

-Ah! Y tuve un sueño! Estaba en la casa de Mi Madre, creo… estaba embarazada como de seis meses, con una panza redonda y linda. Y de golpe sentía que el bebé empezaba a asomarse. Yo intentaba meterlo de vuelta para adentro. -Todavía falta, no es tiempo –decía. Pero el bebé quería salir, y finalmente salía. Yo lo miraba y pensaba –Es una nena! Todo el mundo esperando un varón, y es una nena. Es Agustina.-

-¿Porqué todo el mundo esperaría un varón?

-G. siempre dice que en su familia hace más de treinta años que no nace un varón. El último fue mi cuñado que ya tiene 34, y tiene dos nenas de 5 y 2. Y todas las primas son mujeres, y las hijas de las primas son nenas. Él dice que quiere un varón. Yo siempre me imaginé una nena. Pero lo loco del sueño es que yo me quedaba con la beba, y la abrazaba y la cuidaba, y se la mostraba a todo el mundo. Y un buen rato más tarde me acordaba que le tenía que avisar a G.

-…

-Y además ésta cuestión del tiempo. Salía antes de tiempo. Y no era un parto. No se sentía como un parto. Era ella que quería salir y yo quería que se quedara adentro. Todavía faltaba.

-Eso tiene que ver con tu mamá, ¿No? Digo, era en la casa de tu mamá…

-Si, Mi mamá siempre dice que ella no quería que saliéramos. De hecho ella tuvo tres cesáreas. Siempre dice “No fueron partos, fueron secuestros extorsivos”. Si fuera por ella se la habría pasado embarazada toda la vida…

-¿Y porqué fueron cesáreas?

-No sé, para la primera (yo) no había ninguna causa. De hecho yo tenía fecha para principios de Noviembre y nací el 30 de Octubre. Aparentemente el Obstetra se tenía que ir de viaje… y quiso adelantar el parto… y como no pudo la mandó a cesárea. Si a mí un médico me intenta hacer eso le corto una mano. No se como Mi Madre lo permitió. Tal vez era muy pendeja, tal vez tenía miedo del parto, no sé. Pero volviendo al sueño… Me parece que hay que respetar el tiempo del bebé, no el mío y mucho menos el del médico…

-No tiene porqué ser así, ahora no es como en esa época.

-Eso espero.

-Pero me quedé pensando en esto de que “es una nena” Vos la ibas a tener a la casa de tu mamá. Y a pesar de que todos esperaban un varón, tenías una nena.

-Si…

-Es como si la fantasía de “la nena” fuera para tu mamá…

-Ay… Que feo eso.

-Por ahí te toca tener un varón.

7 de junio de 2011

Ciento uno.


Cuando me enteré del positivo, una de las primeras cosas que hice (antes de llamar a La Ginecóloga) fue llamar a Mi Analista. Hacía casi un año que había dejado de ir, después de muchos años seguidos finalmente sentía que no tenía mucho por decir. Pero esto lo ameritaba. Me angustiaba la ambivalencia que me generaba la buena noticia, y aunque sabía que eso era perfectamente normal, sentía que necesitaba hablarlo con alguien. Y como habíamos decidido no contarle a nadie… bueno, ella que me conocía tanto era la persona indicada.

Llegué la primera sesión, después de tanto tiempo y dije…

-C. me acabo de enterar que estoy embarazada.

-¡Felicitaciones! Yo pensé que ibas a venir con panza ya...

-Si, hacía rato que lo estábamos buscando y no se daba… pero justo ahora me agarra en un momento complicado… estuve todo el verano buscando trabajo, mandando currículums de acá para allá y no me respondían de ningún lado. Justo hace unos días me confirmaron de la Obra Social X, ellos estaba buscando alguien para atender en zona sur… y bueno, justo ahora que recién estoy empezando me entero…

-Esas cosas se dan así, probablemente cuando te relajaste un poco por lo laboral se dio lo otro…

-Si, es cierto, pero ahora ¿Cómo hago? Es lejos, y tengo más de una hora de viaje, entre el tren y el subte… ¿Cómo voy a hacer con la panza? ¿Y con el bebé? ¿Cómo hago para tomarme una licencia después de parir? ¿Me van a seguir derivando pacientes después? Tengo tantas dudas…

-Bueno, no te enrosques. Todas pasamos por esto y se puede. En todo caso tendrás que mudarte para allá… atender en tu casa, cortar cada 3 o 4 horas para dar la teta…

-Sí, puede ser… no lo había pensado… Pero G. me va a querer matar. ¡Vivir en el conurbano! No se si se lo va a bancar.

-Se lo va a tener que bancar. No hay mucha opción, no?

-Parece que no.

-Lo otro que me preocupa es qué hacer con la familia. Todavía no les conté nada…

-¿Porqué?

-No sé, me parece que es demasiado pronto. Todavía no hicimos los controles, y estoy de pocas semanas… mejor esperar hasta los tres meses ¿No?

-Eso es un prejuicio…

-Y encima con mi mamá no hablo desde que volvimos de vacaciones. Tuvimos una pelea fea, y me puse mal. No tolero que sea tan agresiva, y menos con G… y para peor cuando nos juntamos a hablar de eso reaccionó como el orto, ni me escuchó y empezó a decirme que yo no la valoraba, que solo recordaba las cosas malas… y cuando me quedé pensando que tal vez tuviera razón… volvió a empezar y me saqué. No pude decirle más nada. Me fui. Y no volví a hablar.

-¿En qué pensas que puede tener razón?

-En eso de que yo me quedo siempre con las escenas feas. No es cierto que ella haya sido una madre horrible. Se saca a veces. Y hay algunas escenas feas… pero la mayoría de las veces no es así. ¿Porqué me quedo siempre con las cosas malas? Con mi papá también. Soy muy rencorosa…

-Qué importante lo que decís.

-Si, pero a ella no se lo pude decir.

-No importa. Lo pensaste. Tal vez tendrías que hablarlo primero con tu papá…

30 de abril de 2011

Ochenta y seis.


Veintipico de Marzo de 2011.

Después de más de tres semanas de hacerme la boluda, me decidí a llamar a Mi Madre y decirle las cosas en la cara. No podía seguir tragándomelo. Tenía que decírselo o iba a explotar. La llamé y le dije

-¿Podemos vernos? Necesito que hablemos.

-Si, estoy en casa, vení.

Me contestó. Mierda. Mierrrrda. Hubiera preferido sentarnos en un bar cualquiera que tener que ir a su casa. Pero quería sacarme eso de adentro. Así que me subí al colectivo y fui. Temblando. No se porqué me cuesta tanto hablar. Y mucho más hablar con mi madre. Será porque imaginaba cuál podía ser su reacción.

Pero no quedaba otra.

Llegué, hablamos de algunas boludeces, me ofreció un café que no acepté, y finalmente empecé a hablar.

-Antes que nada quería agradecerte por invitarnos de vacaciones. Estuvo buenísimo y lo pasamos genial. Gracias.

-Ok.

-Peeero…. Quería decirte que no me gustó nada lo que pasó esa noche con G.

-¿Qué?

-No te hagas la tonta. La discusión. No me gustó nada. Lo maltrataste. Lo trataste de boludo, a él y a mí también. Y no hacía falta. Yo de última me la banco. Sos Mi Madre. Pero él no tenía porqué. Y me revienta ese maltrato. Creo que ni te das cuenta pero te ponés muy agresiva.

-Me parece que exagerás. Fue una discusión común. La gente discute.

-No me parece, y en todo caso no entiendo porqué tenías que discutir con él de esa forma.

-En realidad la que empeoró las cosas fuiste vos. No tendrías que haberte metido y la discusión hubiera terminado como empezó: civilizadamente.

-Tal vez tengas razón, pero la verdad es que no me la banqué. Esas situaciones me generan muchísima angustia. No las tolero.

-Esa es una dificultad tuya. La gente discute y tenés que empezar a bancartelo.

-Puede ser. Pero igual me parece que no es la manera. No hacía falta que le dijeras a G. que era un inútil que no iba a poder mantener a un hijo, ni que nos echaras en cara que te estás gastando la herencia de la abuela ni que ibamos a tener que pedirle ayuda a Mi Padre.

-Ay… exagerás. No fue así… No era eso lo que quise decir.

-No importa, pero lo dijiste –dije ya con la garganta hecha un nudo y tragandome una catarata de lágrimas- sos muy agresiva. Siempre lo fuiste conmigo y no tengo ganas de bancarmelo más. Basta.

-Siempre lo mismo. Parece que lo único que vos recordás de mí son esas escenitas. Como si nunca hubiera habido cosas buenas. Como si fuera una madre de mierda que lo único que hace es agredirte. Distorsionas las cosas. Además ¿vos pensas que no sos agresiva? Hay algo que se llama la agresividad de la víctima… Siempre te ponés en ese lugar de pobrecita, que los otros te hacen ¿Y vos?

Me quedé en silencio, pensando, llorando. Tal vez tuviera razón. Tal vez yo siempre me ponía en esa posición de denunciar lo agresivo de los otros. De ser una víctima sin poder ver mi propia posición. Tal vez iba a tener que repensar muchas cosas, incluso volver a terapia. La odiaba, pero tenía algo de razón. Y eso me hacía odiarla un poco más. Tenía que reconocerle que a pesar de las muchas putadas que me había hecho en la vida, había muchas más cosas buenas que malas. Que había sido una buena madre a pesar de todo. Abrí la boca e intenté decir algo de esto. Pero solo salieron más lágrimas. Y la garganta se me cerró por completo.

Volví a intentarlo. Entre sollozos logré decir una parte, empezar…

-Es… muy feo lo que me estás diciendo…

pero tal vez sea verdad, iba a decir a continuación, si no me hubiera interrumpido, casi gritando

-¿Ves? ¡Ya estás otra vez en posición de víctima!

Me harté. Me enojé, me cansé. Ni siquiera me iba a dejar darle la razón. ¡Mierda! ¡Así no se puede hablar!!!

-Me voy.

Dije mientras agarraba mi bolso y salía por la puerta.

12 de abril de 2011

Setenta y ocho.



Fin de Febrero de 2011.

De más está decir que la discusión no terminó ahí. O sí, pero no la mala onda. Yo me encerré en el cuarto y no podía parar de llorar, estaba indignada.

-Qué se la agarre conmigo me la banco, es Mi Madre, pero ¿con vos?

Le decía a G. Él estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Yo no entendía nada.

-Hay que aguantar pacíficamente hasta mañana. Tenemos que volver en el mismo auto ¿Te acordás? Después veremos qué pasa.

Planteaba con una frialdad que me dejaba asombrada. Ojalá para mí las cosas fueran tan fáciles. Ojalá supiera disimular y ser políticamente correcta. Pero no me sale. Mi cara de culo debía ser visible hasta desde la orilla del mar. La cena de esa última noche estuvo complicadísima. Casi ni hablamos y el aire se cortaba con un cuchillo. Yo tenía la garganta cerrada como culo de muñeca y la sola idea de cenar me resultaba complicada. Encima mi madre no tuvo mejor idea que ir a comer afuera, los tres juntitos. Bah, los cuatro, nosotros y el perrito de Mi Madre. El típico perrito faldero que no paraba de ladrar. En fin. No hace falta decir que la cena estuvo bastante difícil. Discusiones con la moza, el perrito de mi madre peleandose con los perros callejeros con un huesito y por supuesto, no podía faltar la discusión a la hora de pagar. Después de la escenita anterior G. no iba a permitir que mi madre nos pagara la cena (y yo tampoco) así fuera que cuando volvamos no tengamos con qué comer. Al día siguiente nos levantamos temprano, terminamos de armar el bolso y nos fuimos solitos a la playa. Un poco de paz, sin Mi Madre. A disfrutar el Mar por última vez. Quien sabe si algún día volveríamos a estar solos en la playa! El día estaba hermoso y no daban ganas de irse. Pero habíamos arreglado salir alrededor del mediodía para llegar tranquilos, y en algún momento había que irse.

Nos despedimos del mar mientras yo no podía dejar de pensar en la noche anterior. Todo tiene un precio –pensaba-y éste es el precio de aceptar algo de Mi Madre, ¿Qué me había creído? ¿Qué iba a ser gratis?

Nos abrazamos por última vez frente la orilla tratando de absorberlo todo. De llevarnos grabado en la piel el olor del mar, el ruido, la sensación del agüita en los pies, la arena. Y esa vista maravillosa.



Finalmente nos fuimos, y el viaje en auto fue bastante tenso, pero por suerte con poco tráfico. Llegamos bastante rápido. Nos bajamos del auto, saludamos a Mi Madre y haciendo un gran esfuerzo la abracé y le agradecí por todo.

Nada fue más aliviante que entrar en casa y estar al fin solos.

-Creo que no voy a ver a Mi Madre por un buen tiempo…