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21 de octubre de 2010

Diez.

Pocos meses más tarde estábamos viviendo juntos y haciendo planes para el futuro. Jugábamos a pensar en departamentos más grandes, con un balcón donde tener nuestras plantas, o una casa con patio, o irnos a vivir a Brasil, para estar cerca de la playa. Y un día casi sin darnos cuenta empezamos a buscar nombres. A pensar… si era una nena… si era un varón… Estábamos pensando en hijos, y esto era algo totalmente nuevo para mí. Nunca me había pasado con ninguno de mis ex novios. No porque el tema no se hubiera tocado, siempre surge de alguna manera. Pero nunca me lo había imaginado como algo realmente posible. Como algo deseable. Como algo para lo que empezaba a sentirme preparada. No sin miedos de por medio, obviamente. Pero las cosas empezaban a verse de otro color.
Un día nos sentamos juntos frente a la computadora y empezamos a leer nombres. A ver qué significaban, cómo nos sonaban. No nos era fácil ponernos de acuerdo. A mi me gustan los nombres comunes. Simples. Me pongo a pensar en si suenan feo o como quedan con el apellido y si lo van a cargar los compañeritos en el colegio. A él le gustan los nombres un poco más complicados, o en idiomas extranjeros. De esos que a mi me suenan mal o son tan originales que me parece que se va a pasar la vida explicando como se escriben. Y eso no está bueno. Con los de nena nos fue un poco más fácil. Encontramos un par posibles y los anotamos en una listita. Pero con los de varón…


-A mí me gusta Ezequiel, o Juan. Algún nombre simple, común.

-No… esos son feos… A mi me gusta Filippo.

-¿Vos estás loco? ¡Ese nombre es horrible! En la escuela lo van a cargar…

-Vas a ver, cuando vos estés internada después de parir, voy a ir y lo voy a anotar yo. Va a ser Filippo.

-Jajajaja…. Ni en pedo! Te mato…

-Ya vas a ver…

7 de octubre de 2010

Cuatro.

Con ayuda de ese mandato invisible atravesé una adolescencia bastante prolongada y muy particular. En vez de dedicarme a salir de noche, emborracharme y pasar de novio en novio, como hacía la mayoría de las chicas de mi edad, yo me dediqué a hacer lo que había que hacer. Elegí una carrera y me puse a estudiar, libro tras libro y fotocopia tras fotocopia hasta que me recibí. Tampoco es que fuera una santa, pero no me atraían las relaciones pasajeras. Tuve noviazgos largos y serios, eligiendo siempre hombres con los que a la larga no se podía contar. Pero uno elige y por algo es. En mi caso siempre terminaba con hombres que eran como niños. Vagos, mantenidos, mentirosos o insolventes. Hombres con los cuales era imposible imaginar un futuro diferente del presente y que en el fondo me venían como anillo al dedo para no hacerme cargo de que ya me iba haciendo grandecita. Claro que todo esto es mucho más fácil de pensar a la distancia. En ese momento oscilaba entre ponerme en lugar de madre o de psicóloga. Comprenderlos, ayudarlos, tratar de resolver vidas ajenas. La fascinación del enamoramiento se pasaba rápidamente y quedaban por delante meses y años de discusiones tan infructuosas como estériles, tratando de entender porqué siempre me hacían tal o cual cosa, porqué no podían cambiar y ser como yo quería, como yo había creído verlos en aquel primer momento de enceguecimiento del amor.

Hasta que me di cuenta que la que tendía que cambiar era yo.

De novio.

Que manía la de tratar de comprender y querer cambiar al otro, algo indiscutiblemente femenino.