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17 de noviembre de 2013

Crónicas de una muerte anunciada

Las cosas empezaron a complicarse cuando empezamos a pensar en mudarnos y no nos poníamos de acuerdo en nada, ni qué muebles comprar, ni cómo ubicar los que ya teníamos, ni cómo decorar el departamento.

Las cosas empezaron a ponerse feas cuando nos mudamos y vos volvías de trabajar todos los días con cara de culo y puteando. Y no nos acostumbrabamos al barrio. Y nos aburriamos los fines de semana.

Las cosas empezaron a ponerse incómodas cuando decidimos dejar la tele en el living, y yo con una panza bastante grande ya tenía sueño y me iba a la cama sola, y vos te quedabas mirando la tele allá lejos. Y yo andaba hecha una bola de hormonas, con ganas todo el tiempo y vos ni me tocabas, porque te daba impresión. O miedo. O tenías más ganas de ver la tele.

Las cosas se pusieron muy feas el día que, faltando dos semanas para la fecha probable del parto me enteré que ese cargo en dólares que tenía hace unos meses en mi tarjeta de crédito, ese que me dijiste que habías dado de baja y que era de nosequé, era en realidad de una página porno. Porno! Mientras que yo me moría de ganas de que me tocaras y vos ni enterado. Ese día lloré y lloré y lloré. Y putee y grite y me enojé. Y lo único que pudiste decirme fue que mentiste porque te daba vergüenza.

Las cosas se estaban poniendo muy feas.

Y encima el parto decidió adelantarse una semana...

Cambia... todo cambia...

Es increíble como alguien que alguna vez fue el amor de tu vida de golpe se transforma en el ser más insoportable sobre la faz de la tierra.

9 de octubre de 2011

Ciento treinta y ocho.


Agosto de 2011.
Ya habíamos decidido que íbamos a tener que mudarnos. Mi departamento era demasiado chico para los tres, más los dos gatos y el consultorio. Y por otro lado yo estaba trabajando más tiempo allá lejos que en casa. Estaba yendo casi dos días completos a un consultorio muy al sur, y uno a otro no tan al sur. Y solo un día trabajaba en capital. ¿Cómo iba a hacer cuándo la panza estuviera demasiado grande para subirme al tren? ¿Y cuándo naciera el bebé y hubiera que darle la teta cada tres o cuatro horas? Imposible ir y venir a cada rato… era casi una hora y media de ida y otro tanto de vuelta. No había chance, teníamos que mudarnos para allá para que yo pudiera trabajar desde casa. Era la única salida… porque dejar a un bebé de un mes o un mes y medio en una guardería todo el día para que yo me la pase viajando en tren era una crueldad absoluta. Y no tenía ganas de criar a mi bebé así. A G. no le gustaba nada la idea. El trabajaba a tres estaciones de subte de casa y llegaba a su trabajo en quince minutos… y ahora iba a tener que subirse al tren y viajar una hora y media. Odiaba la idea. Pero entendía que era lo que había que hacer. O al menos eso me decía.
Así que empezamos a buscar departamento.
En mis ratos libres, cada vez que un paciente faltaba, yo me ponía a recorrer la zona preguntando en inmobiliaria tras inmobiliaria. Pero en todas obtenía la misma respuesta:
-No hay nada.
¿Cómo puede ser? Para la venta, tenían montones. Departamentos de 1 y 2 ambientes, montones. Pero más, nada. Y ¿apto profesional encima? Menos que menos. Empecé a buscar otras alternativas. Podría ser una casita… o un PH… la idea era que tuvieramos tres habitaciones, una para nosotros, otra para el bebé, y una para el consultorio. Tenía que ser Apto Profesional, para que no me compliquen el trabajo, y tenía que ser en una zona céntrica, para que G. pudiera ir y venir de la estación del tren, y nuestras familias y amigos pudieran venir a visitarnos de vez en cuando. Además tenía que ser en una zona cómoda para los pacientes, que hubiera colectivos.
Seguí buscando, buscando y buscando. Y cada vez me angustiaba más. Me recorrí caminando todas las inmobiliarias del centro, me alejé un poco para un lado, un poco para otro… y nada. Bastaba decir las palabras mágicas –Alquiler y -3 o 4 ambientes para que te miraran con cara condescendiente y menearan la cabeza. Nada, no hay nada. Mierda. Y yo ya con casi 6 meses de embarazo ¿Cómo voy a hacer? ¡No quiero mudarme cuando esté por parir!
Seguimos buscando. Bah… seguimos. Yo seguí, en realidad. Y Mi Madre. Ella me ayudaba (y a veces me volvía loca, como hacen las madres) G. nunca movió un dedo. Yo sabía que él no quería mudarse para allá, aunque insistía que –era lo que había que hacer-. Pero cada vez nos peleábamos más.
-Yo no puedo hacer todo sola. Necesito tu ayuda. No te digo que viajes, pero al menos ayudame a buscar por internet.
Pero él me decía que si, que iba a buscar… y después nada. Yo oscilaba entre enojarme, putear, discutir y llorar. Me preguntaba si iba a ser capaz de tolerar sus caras de culo en cuanto nos hubieramos mudado, y si ese no iba a terminar siendo el motivo de nuestra separación. Pero francamente no veía otra opción.