Con ayuda de ese mandato invisible atravesé una adolescencia bastante prolongada y muy particular. En vez de dedicarme a salir de noche, emborracharme y pasar de novio en novio, como hacía la mayoría de las chicas de mi edad, yo me dediqué a hacer lo que había que hacer. Elegí una carrera y me puse a estudiar, libro tras libro y fotocopia tras fotocopia hasta que me recibí. Tampoco es que fuera una santa, pero no me atraían las relaciones pasajeras. Tuve noviazgos largos y serios, eligiendo siempre hombres con los que a la larga no se podía contar. Pero uno elige y por algo es. En mi caso siempre terminaba con hombres que eran como niños. Vagos, mantenidos, mentirosos o insolventes. Hombres con los cuales era imposible imaginar un futuro diferente del presente y que en el fondo me venían como anillo al dedo para no hacerme cargo de que ya me iba haciendo grandecita. Claro que todo esto es mucho más fácil de pensar a la distancia. En ese momento oscilaba entre ponerme en lugar de madre o de psicóloga. Comprenderlos, ayudarlos, tratar de resolver vidas ajenas. La fascinación del enamoramiento se pasaba rápidamente y quedaban por delante meses y años de discusiones tan infructuosas como estériles, tratando de entender porqué siempre me hacían tal o cual cosa, porqué no podían cambiar y ser como yo quería, como yo había creído verlos en aquel primer momento de enceguecimiento del amor.
Hasta que me di cuenta que la que tendía que cambiar era yo.
De novio.
Que manía la de tratar de comprender y querer cambiar al otro, algo indiscutiblemente femenino.