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13 de septiembre de 2012

Enojada.

Hoy, si pudiera volver el tiempo atrás, elegiría NO ser madre.

Estoy enojada, harta de las versiones edulcoradas y pelotudas que te venden por todos lados de la maternidad. Son para descerebradas. La verdad es que estás cansada, con sueño, hecha mierda, trabajás como yegua y tenes el doble de responsabilidades. Y encima el crio no es un santito que se queda ahí sonriendo para la foto y portandose maravillosamente todo el santo día!

Si todas fueramos más honestas tal vez las otras "futuras madres" (al menos las que lo hacen por decisión propia) podrían pensarlo dos veces o al menos hacerlo ateniéndose a las consecuencias y no sintiéndose doblemente frustradas y culposas porque "para las otras es un placer total". Saquémonos las caretas. Dejemonos de mentiras.

Amo a mi hijo y daría todo por él, pero seamos sinceras: La maternidad es una MIERDA.


He dicho.

17 de enero de 2012

Ciento cuarenta y ocho.


Últimos días de Septiembre de 2011.

G. y yo nunca nos peleamos tanto como en esos días. Estábamos los dos cansados, preocupados y angustiados y no lograbamos ponernos de acuerdo en nada. Ni cómo hacer la mudanza, ni qué muebles comprar, ni dónde poner el consultorio o el dormitorio del bebé. Menos que menos cómo decorarlo. Además de trabajar muchísimo no parabamos un minuto. Nuestro departamentito de Palermo nunca nos pareció tan diminuto. Con cajas a medio armar por todos lados, pilas y pilas de libros y papeles, papelitos y papeluchos que había que revisar, seleccionar y tirar. Además yo seguía trabajando en casa por lo cual el living tenía que quedar presentable para poder disfrazarlo de consultorio los días que venían pacientes. Las cajas se apilaban en los huequitos libres del dormitorio y la cocina que parecían cada vez más mínimos y había que hacer milagros para poder pasar de un lado al otro, esquivándolas.

Para peor la panza cada vez estaba más abultada y agacharme para armar una caja empezaba a parecerme una tarea cada vez más complicada. Al principio no me daba cuenta, e intentaba moverme como siempre, pero cuando llegaba a la mitad del camino sentía que algo me frenaba desde adentro como diciendo –Eh! ¿Dónde creés que vas? ¡Estoy yo acá!!! Y se me clavaba contra las costillas o los pulmones. Me sentía una inútil total. G. no me dejaba levantar peso y mi propio cuerpo no me permitía agacharme demasiado, así que la mitad de las cosas que tenía que hacer se me hacían cada vez más difíciles. Pero alguien tenía que hacerlas, sino no íbamos a terminar más. Y G. no podía hacer todo solo. Tenía que buscarle la manera. Me sentaba en el piso para armar las cajas, una vez llenas las empujaba en vez de levantarlas (o las levantaba despacito cuando nadie me veía). Nunca me gustó demasiado tener que pedir ayuda, aunque entendía que iba a tener que empezar a hacerlo un poco. No quedaba otra.

Ese mismo viernes, entre caja y caja teníamos turno para la Ecografía de la semana 30. Hacía siglos de la última ecografía y yo me moría de ansiedad y de ganas de verle la carita una vez más. Pero no había manera de que llegáramos a tiempo. La mudanza estaba programada para ese fin de semana y todavía el jueves nos faltaban montones de cosas. Tuve que llamar para cancelar el turno y posponerlo para la semana siguiente, una vez que nos hubieramos instalado. Al fin y al cabo entre la semana 30 y la 31 no podía haber tanta diferencia…

29 de agosto de 2011

Ciento veintinueve.


21 de Julio de 2011.

Para cuando llegó G. yo era un desastre. Una montaña de papelitos con mocos inundaba la cama y mi mesa de luz, mi nariz estaba colorada como la de un payaso y no paraba de estornudar y toser a cada rato.

-¿Me acompañas a la guardia?

Le dije, como pude. G. me miró y me dijo

-Así no podés ir a ningún lado. Dejame que te hago un tecito y llamo a un médico a domicilio.

-¿Te parece? Pero está acá cerca, nos tomamos un taxi…

-No, mejor quedate en la camita. Ya llamo.

Un par de horas más tarde llegó la Dra. Ya era de noche y yo seguía en la cama y afiebrada. De a ratos me moría de frío, de a ratos me moría de calor.
Me revisó, y confirmó lo obvio.

-Estas engripada.
-¿Se puede tomar algo?

-¿De cuántas semanas estás?

-20.

-Podés tomar Paracetamol. Tomate 2 cada 8 hs. Para que te baje la fiebre. Placas no tenés así que no necesitás antibióticos. Tomá mucho líquido y hacé reposo. Y por las dudas repetimos el análisis de orina para descartar una infección urinaria.

G. bajó a abrirle a la médica, pasó por la farmacia y cuando volvió se puso a hacerme una sopita. Yo no podía ni levantarme de la cama. Cancelé todos mis pacientes del viernes y me dediqué a hacer reposo.

Con lo que me gusta el reposo. Pero la verdad es que no tenía energías para mucho más.

27 de agosto de 2011

Ciento veintiocho.


21 de Julio de 2011.

Para el día siguiente las cosas se pusieron aún más feas. Levantarme a la mañana para ir al hospital me costó el triple que de costumbre (que ya es decir mucho, porque si hay algo que odio es levantarme antes que salga el sol, debería estar prohibido por ley). Me la pasé tosiendo toda la mañana y la garganta y el oído estaban totalmente congestionados. Por suerte era jueves y tenía la tarde libre para quedarme en la camita y tratar de recuperarme, que al día siguiente tenía un largo día de trabajo.

Pero en cuanto llegué a casa me encontré con una hermosa sorpresita. Estaban demoliendo el edificio de la esquina de enfrente, justo del lado para el que daba mi ventana. El ruido era insoportable, y constante. ¿Vieron como cuando están rompiendo el pavimento con esos aparatos enormes? Bueno, ese mismo, hermoso sonido, justo en mi ventana. La puta madre. Hay días que creo que el mundo conspira contra mí.

No podía quedarme en la cama así. Miré por la ventana y había un solcito hermoso. Hacía frío, mucho, pero al menos al sol tenía que estar tolerable.
Hablé con una amiga y arreglamos para encontrarnos a almorzar en un barcito por ahí. Salí bien abrigada y caminé al solcito, despacito, despacito, alejándome del ruido insoportable.

Debería ir a la guardia –pensaba- pero no tenía nada de ganas. Menos que menos de ir sola, con lo mal que me sentía. Mejor espero a que venga G. del trabajo y me acompañe.

Me encontré con mi amiga, que hace rato que no veía y almorzamos, charlamos, nos pusimos al día. Pero cada vez me sentía peor. Tenía frío todo el tiempo, y de golpe calor. ¿Me estaría subiendo la fiebre? Me tomé un Paracetamol (la única droga aprobada por los Obstetras) y seguimos charlando un rato más.

Para cuando llegué a casa me sentía tan mal que el ruido había pasado a ser totalmente secundario. Busqué el termómetro y me metí en la cama.

Puta madre.

Tenía 38ºC.

¿Y ahora?

25 de agosto de 2011

Ciento veintisiete.


19 de Julio de 2011.

Hablé con G. para tratar de decidir que hacíamos con el turno. G. como siempre, intentó tranquilizarme, sin mucho éxito. Estas cosas me enferman, y me enfermaron siempre. Tratamos de decidir entre los dos qué hacer. Por un lado era cierto que no habían recomendado tanto al Dr. M. Por el otro lado también era cierto que había pasado un buen rato de la última ecografía y los dos nos moríamos de la ansiedad. No teníamos ganas de esperar tanto. Decidimos no esperar. Que se mate el Dr. M. Al fin y al cabo yo no lo conozco, y al Dr. que me lo recomienda tampoco le tengo tanta confianza.

Llamé a la Clínica para ver si ellos tenían un turno para la semana siguiente. Al fin y al cabo si lo íbamos a hacer con otro Dr. al menos la Clínica me quedaba mas cerca de casa. Pero ellos no tenían turno para esta semana sino para fines de la otra.

Volví a llamar al consultorio del Dr. M.
En cuanto pude comunicarme, hablé con la secretaria y le pedí que me confirme el turno con la otra Dra., para el próximo miércoles. Problema resuelto (al menos por ahora).

Un rato más tarde salí a tomarme el tren para ir a trabajar. Fue una jornada larga, y cuando volvía a casa empecé a sentirme un poco incómoda. Me picaba un poco la garganta y sentía un oído medio tapado. Debe ser el cansancio. Pensé. Y me fui a dormir.

Pero al día siguiente me desperté bien tempranito, para ir al hospital y las cosas no mejoraban. Me dolía todo el cuerpo, el oído seguía cada vez más tapado y empezó la tos. Tos y más tos.

Puta madre. Me estoy engripando.

Y encima seguro que no puedo tomar nada.

11 de enero de 2011

Cuarenta y cinco.


Esa semana me empecé a sentir engripada. Estaba con mucha tos, y mocos, y los dolores de cabeza se empezaban a hacer cada vez más insoportables. No quería tomar antibióticos, por las dudas. ¿Y si estaba embarazada? Así que me la banqué unos días a puro Ibuprofeno. Pero la cosa se ponía peor. No paraba de toser y un día empecé a quedarme disfónica. Estaba harta del té con miel y los caramelos de miel. Fui hasta la farmacia y compré un jarabe para la tos. Volví a casa y estaba por tomármelo cuando se me ocurrió leer las contraindicaciones. Era solo un jarabe para la tos ¿Cómo me iba a hacer mal? Pero por las dudas...

Leí:

ADVERTENCIAS Y PRECAUCIONES
Contraindicaciones: Alergia conocida al Ambroxol – Intolerancia conocida al Sorbitol – Tres primeros meses del embarazo y lactancia.


Puta madre.