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5 de julio de 2014

De parto (IV)

Cuando las contracciones ya eran cada cuatro o cinco minutos decidimos llamar al maldito remis. G. seguía puteando y protestando por su maldito IPhone, yo empezaba a enojarme porque estaba más preocupado por ese aparato del demonio que por su mujer y su futuro hijo. Se estaba haciendo de noche y ya me costaba bastante estar sentada cuando venían las contracciones. Respirar profundo no hacía ninguna diferencia, y no había posición en la que estuviera cómoda, pero todavía estaba relativamente de buen humor. Sorprendentemente no estaba asustada por lo que vendría.

Un buen rato más tarde llegó el Remis, agarramos el bolso que ya teníamos preparado y bajamos. La primer parte del viaje fue tranquila. El remisero empezó a contar de las veces que llevó a su mujer a la clínica cuando nacieron sus hijos, él y G. bromeaban y me decían cosas y al principio yo también me reía... pero a mitad del viaje las contracciones empezaron a ponerse tan dolorosas que ya nada me hacía gracia. En cuanto venía levantaba la cola del asiento y sentía que el huesito dulce se me partía a la mitad, hacía tanto esfuerzo para tolerar el dolor que apenas podía respirar...
-Bueno...¡ya basssssta de bromas! -dije mientras dejaba sordo al pobre remisero a fuerza de -lacoooonchadelaloooooraaaaaaa-
 Finalmente llegamos a la maldita clínica cerca de las 22.00, y mientras G. y el remisero insistían en ir a buscar una silla de ruedas para que yo no caminara... yo salí y empecé a caminar hacia la puerta. No pensaba ir a parir a mi hijo en una silla de ruedas como si fuera una lisiada y por otro lado como lo que me dolía el c... con las contracciones... la sola idea de estar sentada me parecía una pesadilla!


10 de junio de 2014

De Parto (III)

Comí un poquito de chocolate para relajarme mientras intentaba encontrar alguna posición en la que las contracciones dolieran menos. Probé en cuclillas, arqueando la espalda como gato, acostada... Por ahora todavía se soportaban respirando hondo... y pasaban, pero se veía que eso iba a empeorar. 

En cuanto terminó la última me dispuse a llamar a La Partera Desconocida. Llamé, llamé y llamé. Imposible comunicarse. Ya estaba empezando a desesperarme. Finalmente logré comunicarme y me dijo que... ¡Estaba justo asistiendo un parto!! Hay veces que sinceramente creo que mi vida es una película de Woody Allen... o de Almodovar... me dijo que esperara un poco más y que cuando las contracciones fueran cada cuatro o cinco minutos fuera saliendo para la clínica, tranquila, y que le avisara a ella, así se iba para allá (en el mejor de los casos, si ya había terminado el otro parto). Pero que no me preocupara, que había tiempo.

Mientras tanto yo trataba de respirar hondo, de esperar y de no ponerme ansiosa y G. no paraba de preguntar, con su Iphone en la Mano 

-¿Ya empezó? ¿Ya terminó? ¿Llamamos el remisse ahora? ¿Mirá si no llega? ¿Mirá si... AY LA RE PUTA MADREEEEEEEEEE -gritó desde el pasillo...
-¿Qué pasó??? 
-Paraaaaa, paraaaa.... que se me cayó el Iphone... la putamadreeeee -gritaba mientras iba y venía como loco prendiendo y apagando el teléfono -No anda, no anda! Justo ahora ...no te lo puedo creeeeeeeeer.... 
-G. estás por tener un hijo, ¿te das cuenta? Y vos puteando por tu telefonito de mierrrrdaaaaaaaaaa 
-Pero como voy a sacar fotos, como voy a filmar, como voy a avisarle a la genteeeee...
 -Bueno, lo haras con el mío, o sino ocupate de vivirrrrrrlo... ayyyyy laconchadelaloraaaaaaa- grité lo que se iba a convertir en mi mantra en las siguientes horas, mientras tenía una contracción más dolorosa que la anterior...



6 de junio de 2014

De Parto (II)

Salí de la ducha un poco más relajada y me acosté deseando que todo pasara y volver a la calma. Todavía me quedaba descansar una semana y un día antes de la fecha probable y la Obstetra me había dicho en el último control que eso todavía estaba verde.

Pero al rato... otra vez. Todavía el dolor era soportable y duraba poco. Empecé a preocuparme y, mientras G. se ponía a bajar aplicaciones para medir las contracciones en su Iphone (ya les dije cuanto odiaba ese teléfono?) llamé a la partera. En cuanto logré comunicarme, me da la maravillosa noticia de que no estaba en Buenos Aires. Si! Qué buen Timming el mío! El lunes era feriado y la-re-putisima-madre del que impuso la moda de meter fines de semana largos en cualquier momento del año. Yo estaba por parir y no tenía Partera!! Traté de tranquilizarme y respirar bien hondo y llamar a la segunda Partera. Esa que no me había convencido tanto, pero bueno... era la que había.

Cuando logro comunicarme, me atiende una Señora con la voz tomada, diciéndome que estaba engripada y con fiebre, que no iba a poder asistir al parto. Han cantado Bingo en la sala!!! 

-¿Y ahora qué hago? -le pregunté preocupada... 
-Te voy a pasar el teléfono de otra partera -dijo con lo que le quedaba la voz y me dió el número de la tercer Partera, La Desconocida.

 Anoté el número y mientras pensaba qué hacer las contracciones se hacían cada vez más fuertes y G. gritaba desde la otra habitación...

-Vos avisame cuándo empiezan, así vemos cuánto duran y cada cuánto son... 
 A todo esto ya eran como las cinco de la tarde y las contracciones empezaban a ser más fuertecitas y cada 10 minutos. Yo no podía dejar de pensar que tenía que llamar un remisse que nos lleve a la clínica, a casi una hora de viaje, y que lo último que quería era llegar y que nos manden de vuelta a casa, así que tenía que estar segura segura que ya era el momento. Entonces esperé que pasara el dolor de la contracción, para poder hablar y salí al balcón a tomar aire y llamar a la Obstetra.

-Hola, soy M. tu paciente, me parece que estoy en trabajo de Parto... 
-¿Cuándo empezaste? ¿Cada cuánto son las contracciones? 
-Empecé a las 14.00 hace 3 o 4 horas, pero ahora ya son cada diez minutos... ¿Qué hago? ¿Voy a la clínica o espero? ¿Llamo a la partera?
-Andá llamando a la partera para avisarle, pero yo esperaría un poco más antes de salir a la clínica... 
-Acordate que tengo casi una hora de viaje... 
-Yo te escucho demasiado tranquila para estar en trabajo de parto -dijo- esperá un poco más...

  






 


17 de noviembre de 2013

Crónicas de una muerte anunciada

Las cosas empezaron a complicarse cuando empezamos a pensar en mudarnos y no nos poníamos de acuerdo en nada, ni qué muebles comprar, ni cómo ubicar los que ya teníamos, ni cómo decorar el departamento.

Las cosas empezaron a ponerse feas cuando nos mudamos y vos volvías de trabajar todos los días con cara de culo y puteando. Y no nos acostumbrabamos al barrio. Y nos aburriamos los fines de semana.

Las cosas empezaron a ponerse incómodas cuando decidimos dejar la tele en el living, y yo con una panza bastante grande ya tenía sueño y me iba a la cama sola, y vos te quedabas mirando la tele allá lejos. Y yo andaba hecha una bola de hormonas, con ganas todo el tiempo y vos ni me tocabas, porque te daba impresión. O miedo. O tenías más ganas de ver la tele.

Las cosas se pusieron muy feas el día que, faltando dos semanas para la fecha probable del parto me enteré que ese cargo en dólares que tenía hace unos meses en mi tarjeta de crédito, ese que me dijiste que habías dado de baja y que era de nosequé, era en realidad de una página porno. Porno! Mientras que yo me moría de ganas de que me tocaras y vos ni enterado. Ese día lloré y lloré y lloré. Y putee y grite y me enojé. Y lo único que pudiste decirme fue que mentiste porque te daba vergüenza.

Las cosas se estaban poniendo muy feas.

Y encima el parto decidió adelantarse una semana...

Cambia... todo cambia...

Es increíble como alguien que alguna vez fue el amor de tu vida de golpe se transforma en el ser más insoportable sobre la faz de la tierra.

29 de febrero de 2012

Ciento cincuenta y cinco.



Mediados de Octubre de 2011.
Llegó el viernes y esa misma tarde teníamos el turno para ir a hacer la ecografía 4D. Me encontré con G. en un bar cerca del consultorio, y un ratito más tarde llego Mi Madre. Habíamos invitado también a las tías y a la otra abuela, pero las primeras no podían en ese horario y Mi Suegra nos agradeció la invitación pero dijo que las ecografías le daban “impresión” (?). Llegamos al consultorio y nos anunciamos. No pidieron que nos sentáramos a esperar, y eso hicimos.
Y esperamos, esperamos y esperamos.
Había otras dos o tres panzas, con sus respectivas familias en la sala de espera y aparentemente estaban demorados. (Pero la reputísimamadre, como puede ser que nunca, ni siquiera cuando te cobran, cumplan un puto horario?)
Cuarenta minutos de espera después, y cuando ya no sabíamos que más hacer con nuestra ansiedad, me paré a hablar con la chica de la recepción.
-Hola… disculpame… Quería saber si hay mucha demora...
-Ah… a ver… mmmm… mirá el doctor acaba de llegar, se demoró en el hospital. Recién pasó una paciente, después está esa otra y después vos…
-Ah… ok. –dije, tratando de tragarme la catarata de puteadas que se me venía a la cabeza. -¿Querés ir cobrándome?
-Bueno, tenés la Promo de $200 que es solo el Scan de la carita, viene con el CD con video y fotos, La de $250 que incluye el Scan completo con informe médico el CD y tres llaveros y la de $300 que tiene 5 llaveros, una foto 3D impresa y blablablabla.
-Cobrame la de $250.
-Ok. Tu nombre?
Le dije, mi nombre y le deletree mi apellido.
-Ay, que difícil… -dijo mientras lo escribía mal y yo se lo corregía- ¿Y el nombre del Bebé?
-Oliverio.
-Ay, que nombre raro... ¿Es en Portugués?
-No, en castellano…
Le contesté ya con la paciencia medio por el piso. Terminé el papelerío, me fui a sentar y esperé un rato más, hasta que finalmente nos llamaron. Pasamos los tres (o debería empezar a decir los cuatro?) al cuartito, G. y Mi Madre se sentaron en “la platea” mientras yo me acomodaba en la camilla y me sometía al ya ritual gel helado en la panzota. Volví a repetir el mantra de la fecha de última menstruación, mi datos personales y blablabla… Mientras el médico cargaba los datos en la computadora la ansiedad me invadía. No podía esperar más.
Finalmente puso el aparato ese sobre mi panzota y empezamos a ver imágenes borrosas en blanco y negro.
¿Esto era la Ecografía 4D? ¿Tanto lío para eso?

4 de febrero de 2012

Ciento cincuenta y cuatro.


Primeros días de Octubre de 2011.

Apenas llegué del curso de pre-parto y una vez que logré sacarme de la cabeza la tonelada de comentarios estúpidos de la partera tomé conciencia de un par de cosas en las que hasta ese momento, con todo el lío de la mudanza y otras yerbas, no había pensado demasiado:

Primero, que faltaba bastante poco para el parto.

Segundo, que además de mil cosas para la casa me faltaban un millón de cosas para el bebé (lo que tenía hasta ahora era básicamente… nada) Por empezar… no tenía ni la menor idea de dónde iba a dormir. El departamento que habíamos alquilado tenía un living grande, y dos habitaciones. En la primera habíamos armado nuestro dormitorio, y en la segunda el consultorio. ¿Dónde cuernos íbamos a meter una cunita? Los primeros meses podía dormir con nosotros, mientras era chiquito… ¿Y después? No estaba en mis planes tenerlo metido en mi cama, soy partidaria que los chicos tengan su propia camita y de ser posible, su propia habitación. De noche se podía poner la cuna en el consultorio, pero ¿qué hacer de día, mientras yo trabajo? Se me ocurrió entonces que la mejor idea iba a ser comprar una cuna con rueditas, para que de día se pudiera acomodar en nuestra habitación o en la cocina, que era bastante grande y a la noche volverla a llevar al consultorio.

Esa misma semana, en mis ratitos libres me puse a recorrer los negocios de bebés del barrio para averiguar precios de cunas con rueditas y practicunas.  Había con cajones y sin cajones, con barrotes rebatibles y deslizables, practicunas con miles de accesorios, con vibración, con musiquita y hasta con luces. Demasiada cosa para mi gusto. ¿Y los precios? Ay dios. Carísimos. Carisisísimos.

Pero había un pequeño detalle que no había pensado y que resultó ser de lo más importante: Las medidas. Todas esas cunas eran enormes. ¿Iba a pasar por el marco de la puerta para poder llevarla de un cuarto al otro?

Llegué a casa, saqué la cinta métrica y medí el marco de la puerta. 70 cm. ¿70 cm.? ¡La mayoría de esas cunitas hermosas que había visto medían 75 u 80 cm. de ancho o más!

Houston, we have a problem!

Me metí en internet y me puse a buscar por mercadolibre. Y busqué y busqué y busqué… hasta que finalmente encontré un par de fábricas que hacían cunitas con ruedas más chicas. Venían en dos medidas 50 x 1m o 60 x 1,20. Cuando llegó G. de trabajar le pedí ayuda, como siempre me costaba tomar una decisión.

-Amor, ayudame a decidir que cunita compramos…

-Decidí vos, yo confío en tu criterio –me contestó.

-No puedo, hay demasiadas opciones, ayudame!

-Ok, a ver…

Dijo y se sentó al lado mío frente a la compu.

-Mirá, ésta es la más barata. Es de pino, tiene rueditas y mide 50 x 1m… hay que pintarla

-¿No es muy chiquita?

-Si es un poco chica… pero va a pasar mejor por la puerta. Sino hay ésta otra, un poco más cara que mide 1,20 x 60. La medida de afuera es 65 cm. Es más linda y tiene un cajón abajo… pero va a pasar medio justito por la puerta. Y lo que me preocupa es si la vamos a poder girar en el pasillo para llevarla a la cocina.

-Si, tiene que pasar… no es tan grande. Para mí es mejor esa… no des más vueltas, comprala.

-¿Estás seguro? ¿Seguro que pasa bien?

-Si, no seas exagerada. Comprala y listo.

-Ok.

Le dije, y apreté el botón “Comprar”. Me puse en contacto con el fabricante y arreglamos la entrega para ese mismo fin de semana.

Listo, asunto arreglado.

Un problema menos… (¿o no?)

31 de enero de 2012

Ciento cincuenta y tres.


Primeros días de Octubre de 2011.

Y con esa hermosa sensación empezamos el curso de pre-parto. Nuestra primera “clase” era en realidad la tercera. A., la partera, me había dicho que no importaba el orden de las clases, que eran cinco clases, tres solo para mujeres y dos para las parejas (la tercera y la quinta). 

Unos minutos más tarde, después de un incómodo silencio en el que G. y yo nos dedicamos a mirar el enorme reloj de pared y nuestros los pies descalzos empezaron a llegar las otras parejas. Una vez que todos estuvimos cómodamente sentados en el piso, la partera empezó a hablar. 

Y habló, y habló y habló.

La idea era explicarnos cómo reconocer el inicio del trabajo de parto. Según ella nos explicaba, hay dos maneras en que se puede desencadenar el parto. Con contracciones o con la rotura de bolsa.

Primero empezó con las contracciones, explicándonos que hay dos tipos de contracciones, las primeras que pueden empezar unos meses antes del parto, aparecen cuando una camina o hace un esfuerzo. Se siente un ligero dolor, y la panza se pone dura en algunos sectores pero ceden rápidamente y no se repiten. No son contracciones de parto y no tienen demasiada importancia. Las segundas o contracciones de parto son generalizadas (la panza se pone dura en todos lados por igual) y se repiten con un ritmo determinado. Por lo general empiezan cada veinte minutos y son suaves, con una duración de pocos segundos. En el plazo de una hora y media aproximadamente pueden empezar a aparecer cada diez minutos, con una mayor intensidad y duración. Después son cada cinco minutos, y en ese momento ya estamos más cerca el parto. Pero en cualquier momento pueden detenerse o podría ser un “falso trabajo de parto” así que para no hincharle las pelotas a la partera con nuestra ansiedad de primerizas (no fue eso lo que dijo, pero casi que sonó así) lo ideal sería tomarnos un antiespasmódico y meternos en la ducha a ver si nos relajamos y se nos pasa. Si al rato no se nos pasa… ¡A correr a la clínica! Para ese momento ya tendríamos que tener el bolsito armado (¿Qué bolsito? Yo no armé nada!) 

El relato de la partera siguió contando todos los pormenores de lo que nos pasaría cuando llegáramos a la clínica. Palpajes, monitoreos, suero y oxitocina. Luego dilatación, peridural, pujos y episiotomía. Todo con lujo de detalles escatológicos y casi cronometrado. Como si todo estuviera planificado de antemano. Como si todas fueramos iguales y todos los partos idénticos. En ese momento, tuve una sensación de lo más extraña. Me costaba entender que estaba hablando de algo que iba a sucederme a mí en un muy corto plazo. La escuchaba y lo que me llegaba era un relato mecánico, cronometrado y muy medicalizado. No era así como yo imaginaba mi parto. Bah, en realidad no se si lo imaginaba de alguna manera. Simplemente lo sentía como un proceso natural, y no me imaginaba tanta intervención de los médicos, salvo que fuera estrictamente necesario. No me gustaba la idea de verme casi atada a la cama, medicada y atontada, sin poder decidir nada. Simplemente no era lo que quería. Pero no dije nada y seguí escuchando. De vez en cuando lo miraba a G. que parecía estar tan incómodo como yo. Se lo veía entre preocupado y tremendamente aburrido, y miraba el reloj de pared con insistencia pero los minutos no pasaban.

La partera siguió hablando y hablando, contándonos del tapón mucoso, de la rotura de la bolsa, de los colores y olores (puaj!) del líquido amniótico, de los dolores, de lo normal que era que vomitáramos o nos cagaramos en la sala de partos (Por dios! ¿Hacía falta?) De cómo el bebé podía soltar el meconio dentro de la panza, de las pérdidas posteriores al parto y nosecuántosmás detalles escatológicos. 

Cuando finalmente terminó la hora y media de tortura preparto salimos a la calle y respiramos aliviados. Mientras viajábamos camino a casa no podía dejar de pensar…

       –Por dios! ¿Esta estúpida va a ser mi partera?

26 de enero de 2012

Ciento cincuenta y dos


Primeros días de Octubre de 2011.

Y recién ahí caí en la cuenta que estábamos casi terminando la semana 31 y no habíamos hecho la Eco 4D. En realidad no lo había pensado demasiado, con todo el lío de la mudanza casi no habíamos tenido tiempo. Además las prepagas no la cubren y la verdad barata no es. Tampoco tiene relevancia desde el punto de vista médico. Es solo para darse el gusto de verle la carita un poco antes de tiempo, por pura ansiedad. Pero la verdad es que tenía un poco de ganas, sobre todo después de esa última ecografía. Me puse a averiguar precios y lugares. Y sobre todo la duda era si todavía estábamos a tiempo de hacerla. Para variar le pregunté a Dr. Google. En casi todas las páginas decían lo mismo: Se podía hacer desde la semana 26 hasta la 32. Más tarde no era imposible, pero por el tamaño del bebé y por la menos cantidad de líquido amniótico era posible que no pudiera verse. Eso quería decir que ¡Sólo teníamos una semana! 

Me puse a buscar precios y lugares. Con la cantidad de horas que estaba trabajando no iba a ser fácil poder coordinar un horario en el que hubiera turno disponible, G. y yo pudiéramos y además pudiera Mi Madre, que era la principal interesada y la que más había insistido (y la que me había dado la plata para hacerla). Finalmente después de hablar con dos o tres lugares conseguí un turno en un horario en el que todos podíamos sin modificar demasiado nuestros horarios. El viernes siguiente a las cuatro de la tarde un rato antes de la segunda clase del curso de preparto. La primera esa ¡Esa misma tarde!

Un rato antes de las seis de la tarde me encontré de nuevo con G. en un bar por el centro. Tomamos un café rápido y salimos para el consultorio de A. la partera. Para variar, llegamos un par de minutos antes. Éramos los primeros. La partera, una señora mayor que nos atendió en jogging y medias, nos invitó a pasar. Nos pidió que nos sacáramos los zapatos y que nos sentáramos en colchonetas. El consultorio era un departamentito de un ambiente con las paredes pintadas de rosa, con un reloj de pared enorme y un piso de parquet lleno de colchonetas. Nos sentamos y la señora se acercó a pedirnos los datos y hacernos algunas preguntas.

-¿Y cómo va el embarazo? –Preguntó.

-Por ahora todo muy bien, sin complicaciones. Recién venimos de la tercera ecografía y el médico que nos atendió dijo que estaba todo perfecto.

-Bueno, igual eso nunca se sabe, siempre puede complicarse a último momento… hay que estar preparados para todo…

Comentó, mientras G. y yo nos mirábamos horrorizados en silencio. Vieja-hija-de-una-manifestación-de-putas –pensé- recién llegamos y ya estas tirando mala onda? 

O sea, no soy boluda… sé que las cosas pueden no salir perfectas, se que eventualmente algo puede salir mal… pero…

¿Realmente hace falta que me lo digas en ESTE momento?




24 de enero de 2012

Ciento cincuenta y uno.


Primeros días de Octubre de 2011.

Por las dudas decido consultar con la Obstetra. El Dr. Google tiene todas las respuestas pero la verdad es que nunca le creo al cien por ciento. Me da la sensación que me fomenta la hipocondría y tal vez exagero un poco. O no, me quedo tranquila y capaz que es algo más complicado. No sé. Por las dudas consulto. Le escribo un mail contándole los síntomas, y preguntándole si tendrá algo que ver con el embarazo, si debería ir a la guardia o pedir turno con algún especialista, o simplemente relajarme.

Un ratito más tarde recibo su respuesta. Dice que probablemente sea el “Síndrome del túnel carpiano”, que es muy común en el embarazo y blablabla. Que no es para preocuparme pero que pida turno con un traumatólogo para que me lo vea. Me quedo más tranquila. Por esta vez Google no me mintió.

Llega el viernes y por fin el turno para la Ecografía que tanto se venía haciendo esperar. La última Eco fue en la semana 14 y ya estábamos en la 31! Me moría de ganas de verle la carita una vez más, ahora que ya debía estar más grandecito. Esta vez no me pidieron que tomara agua, ni que retuviera la orina, así que me encontré con G. en la clínica y nos sentamos a esperar que nos llamaran. Cinco minutos después sale un médico con cara de serio y dice mi apellido (mal… porqué será que siempre lo dicen mal? Si no es tan difícil, laputamadreeeee)

Nos levantamos con toda la expectativa y pasamos al consultorio.

    -Acostate en la camilla y  levantate la remera.

Dice, con cara de poca onda, y obedezco. Me llena la panza de ese gel espantosamente frío mientras me pregunta (una vez más…. Y ya van…)

    -Fecha de última menstruación?

    -Veintiocho de Febrero.

Repito ya, como un mantra, recordando ese día de sol hermoso en la orilla del mar.
    
    -A ver… acá está la cabecita… las piernitas…

Trato de no desnucarme para poder ver lo que está señalando, pero no veo nada…

    -Está de espaldas… a ver el corazoncito…

Comenta, mientras el latido retumba en las paredes del cuartucho como un caballo al galope. Todavía no me acostumbro a la emoción que me genera ese sonido.

    -Bueno… está todo bien, ya te podés levantar.

Dice, alcanzándome una servilleta y casi echándome. Salgo como puedo, limpiándome la panza con una mano y agarrando mi bolso, el piloto y el paraguas con la otra. Esperamos unos minutos más en la sala de espera hasta que el Dr. MalaOnda sale con el sobrecito y nos entrega el resultado del estudio.

    -Eso fue rápido. –le digo a G.- No le puso mucha onda, no? Me quedé con las ganas de verle la carita…

19 de enero de 2012

Ciento cuarenta y nueve.


Últimos días de Septiembre de 2011.

Con el último aliento terminamos de cerrar la última caja. A decir verdad todavía nos faltaba embalar algunas cosas, pero era tardísimo, estábamos muertos de cansancio y para peor se nos había terminado la maldita cinta de empaque. Pedimos unas empanadas, cenamos y nos fuimos a la cama a intentar dormir unas horas antes que llegaran los de la empresa de mudanzas. Apoye la cabeza en la almohada… y empecé a dar vueltas, y vueltas. No me podía dormir. Demasiados nervios, demasiadas dudas, demasiado difícil apagar la cabeza lo suficiente para poder conciliar el sueño.

Finalmente logré dormir unas horas, no muchas. Me levanté demasiado temprano para tratar de terminar de acomodar todo y asegurarme de que no nos olvidaramos nada importante. Lo que más me preocupaba era cómo hacer con los gatos. No es nada fácil trasladar un gato que no está acostumbrado a salir, menos que menos dos.

Resumiendo, la mudanza fue dificil, pero no imposible. Lo que más me costaba era quedarme ahí parada mirando como cargaban caja tras caja y no poder ayudar. Cada vez que intentaba dar una mano con algo me retaban. Y yo sabía que tenían razón, pero me sentía muy inútil.

Después de un par de horas, unos cuantos rajuñazos, mucha mugre y mucho más cansancio estábamos por fin en nuestra casa nueva. Todavía era un caos con cajas y bolsas por todos lados, pero ya era nuestra casa.  Ordenamos todo lo que pudimos, armamos la cama, pusimos toallas en el baño y al fin nos decidimos a descansar un poco.

   -Me voy a dar una ducha –le dije a G.- estoy hecha una     mugre…

Le pedí que me ayudara a prender el calefón, me saqué la ropa y me metí en la ducha. Ahhh... que alivio ...el agua calentita... me hacía tanta falta una ducha...- pensaba mientras me enjabonaba la panzota acariciándola.

Cerré la ducha y mientras me envolvía con la toalla escuché un ruido raro. Fuerte y seco, casi como una pequeña explosión.

   -¿Qué pasooooooó?

Pregunté preocupada.

   -¡Reventó el calefón!!!

Me gritó G. mientras corría a cerrar la llave de paso del agua para que no se inundara toda la casa.

17 de enero de 2012

Ciento cuarenta y ocho.


Últimos días de Septiembre de 2011.

G. y yo nunca nos peleamos tanto como en esos días. Estábamos los dos cansados, preocupados y angustiados y no lograbamos ponernos de acuerdo en nada. Ni cómo hacer la mudanza, ni qué muebles comprar, ni dónde poner el consultorio o el dormitorio del bebé. Menos que menos cómo decorarlo. Además de trabajar muchísimo no parabamos un minuto. Nuestro departamentito de Palermo nunca nos pareció tan diminuto. Con cajas a medio armar por todos lados, pilas y pilas de libros y papeles, papelitos y papeluchos que había que revisar, seleccionar y tirar. Además yo seguía trabajando en casa por lo cual el living tenía que quedar presentable para poder disfrazarlo de consultorio los días que venían pacientes. Las cajas se apilaban en los huequitos libres del dormitorio y la cocina que parecían cada vez más mínimos y había que hacer milagros para poder pasar de un lado al otro, esquivándolas.

Para peor la panza cada vez estaba más abultada y agacharme para armar una caja empezaba a parecerme una tarea cada vez más complicada. Al principio no me daba cuenta, e intentaba moverme como siempre, pero cuando llegaba a la mitad del camino sentía que algo me frenaba desde adentro como diciendo –Eh! ¿Dónde creés que vas? ¡Estoy yo acá!!! Y se me clavaba contra las costillas o los pulmones. Me sentía una inútil total. G. no me dejaba levantar peso y mi propio cuerpo no me permitía agacharme demasiado, así que la mitad de las cosas que tenía que hacer se me hacían cada vez más difíciles. Pero alguien tenía que hacerlas, sino no íbamos a terminar más. Y G. no podía hacer todo solo. Tenía que buscarle la manera. Me sentaba en el piso para armar las cajas, una vez llenas las empujaba en vez de levantarlas (o las levantaba despacito cuando nadie me veía). Nunca me gustó demasiado tener que pedir ayuda, aunque entendía que iba a tener que empezar a hacerlo un poco. No quedaba otra.

Ese mismo viernes, entre caja y caja teníamos turno para la Ecografía de la semana 30. Hacía siglos de la última ecografía y yo me moría de ansiedad y de ganas de verle la carita una vez más. Pero no había manera de que llegáramos a tiempo. La mudanza estaba programada para ese fin de semana y todavía el jueves nos faltaban montones de cosas. Tuve que llamar para cancelar el turno y posponerlo para la semana siguiente, una vez que nos hubieramos instalado. Al fin y al cabo entre la semana 30 y la 31 no podía haber tanta diferencia…

23 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y seis.


Mediados de Septiembre de 2011.
Detesto admitirlo pero el Pelado tenía razón. El departamento era hermoso. Muy luminoso, con pisos de madera, una cocina enorme con espacio para comedor diario, lavadero, un living grande con un balcón con vista abierta y dos habitaciones bastante grandes. Todo en buen estado, con un baño prolijo y lindo. Recorrí, miré, pregunté… y volví a la cocina. Me encantaba esa cocina. Me preguntaba cómo iba a hacer con un bebé y el consultorio… cómo me las iba arreglar… pero la verdad es que me imaginé viviendo ahí. Recorrí un poco más, pregunté un poco más y finalmente me fui con la tarjeta del pelado en la mano y la promesa de llamarlo al día siguiente. Era Apto Profesional, no me iban a hacer problemas por mis gatos, el precio estaba dentro de lo que buscábamos y estaba bien ubicado. Además estaba bueno. Y al fin veía algo que parecía posible. Me fui al consultorio y esa misma tarde, entre paciente y paciente vi una casa (horrible y desastrosamente mal cuidada) y un departamento, parecido al que había visto, pero bastante más desprolijo. Tenía una cocina americana, bastante más chica y el dueño le había achicado una habitación para agrandar un pasillo, dejando una pared en diagonal. Una porquería.
Volví a casa a hablarlo con G. Quería que él lo viera para ver si le gustaba.
-¿Te parece que arregle para verlo éste fin de semana y si te gusta lo señamos?
-¿El fin de semana? Pero hoy es Martes… Si está bueno, como vos decís, capaz que lo alquilan antes!
-Si, pero no quiero señarlo sin que lo veas ¿Y si a vos no te gusta?
-Si a vos te gusta, para mí va a estar bien.
Dijo, G. sabiendo en el fondo que con lo Mañosa que soy, si está bien para mí, tiene que estar bien para cualquiera. Pero yo soy muy insegura y me cuesta tanto tomar decisiones sola…
-La verdad… me gustaría más que vos lo vieras antes. Pero si te parece vamos mañana a la inmobiliaria y lo señamos. Y ya nos sacamos un problema de encima.
Pero esa noche no me podía dormir. Daba vueltas en la cama y pensaba, pensaba y pensaba. ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si nos nos alcanza la plata? ¿Y si algo sale mal? ¿Y si no le gusta? ¿Y si no se acostumbra a vivir tan lejos? ¿Y si no me acostumbro yo? ¿Y si…? Pero lareputísimamadrequemeparió… al fin y al cabo ser yo misma a veces es una tortura.
Maldita neurosis
¿Puede ser que para todo tenga tantas dudas?

13 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y cuatro.


13 de Septiembre de 2011.
Llegó el turno de una nueva visita a la Obstetra. G. me acompañó, como siempre. Fuimos con los estudios y esta vez no me olvidé ningún papelito. La Dra. K. miró los resultados y dijo que estaba todo bien. Algunos valores estaban medio en el borde, como el hierro, pero aún dentro de lo normal. Me tomó la presión, me pesó y me midió la panza, como todos los meses. Todo parecía estar en orden. Ni siquiera el peso, que me tenía un poco preocupada estaba fuera de lo normal.
Me preguntó cómo andaba y si necesitaba alguna receta. Le pregunté por el “curso de pre-parto”.
-A ver… -dijo, mientras hacía sus cuentas- Estás en la semana 28… y sí, habría que hacerlo alrededor de la semana 30 o 32… Te voy a anotar el número de la Partera. La llamás y arreglás con ella. ¡Ah! Y tendríamos que hacer una Ecografía alrededor de la semana 30. Te doy la orden… Y te veo el mes próximo.
Salí con todos los papelitos en la mano y en cuánto llegué a mi casa, me puse a hacer llamados. Entre inmobiliaria e inmobiliaria, llamé a la partera, al celular que me había dado la Dra. Me costó un poco comunicarme, pero después de un par de intentos logré hablar con ella.
-Hola, ¿Hablo con la Licenciada B.?
-Si, ella habla.
-Ah… qué tal… me dio tu teléfono la Dra. K., mi obstetra, te llamaba para consultarte por el curso de pre-parto.
-¿Cuál es tu fecha probable de parto?
-Los primeros días de Diciembre.
-Tendríamos que empezar en un par de semanas entonces. ¿Podés venir a una entrevista el martes a las 15.00?
-Ese horario se me complica, los martes trabajo lejos y hasta las 21.00. ¿Hay algún otro horario?
-No, en realidad no. El curso lo doy los martes a las 16.30 y las entrevistas un poco antes.
-¿Solo los martes?
-Si, es el único día que estoy en el consultorio…
-Ah… pero qué complicado, porque yo estoy trabajando y no puedo suspender… ¿Cuánto dura el curso?
-6 semanas.
-No… imposible, tendría que suspender a mis pacientes de los martes durante un mes y medio! ¿No hay ningún otro horario?
-Te puedo dar el teléfono de la Lic. A. que da el curso creo que los viernes a la tarde. Hablalo con ella.
-Ok, gracias.
Dije mientras anotaba el número de la otra partera.
¿Martes cuatro y media de la tarde? Justo los martes era uno de esos días en que trabajaba desde el mediodía hasta la noche allá lejos en el sur. Uno de esos días en que llegaba exhausta a casa pasadas las diez de la noche después de atender 8 o 9 pacientes uno atrás del otro, pero que justificaba casi un tercio de mis ingresos mensuales. No había manera.
¿Pero qué le pasa a ésta gente? ¿Se creen que porque una está embarazada se rasca la concha a cuatro manos? ¿Cómo hace la gente que trabaja para ir al cursito los martes a las cuatro y media de la tarde?

6 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y dos.


23 de Agosto de 2011.
Me levanté tempranito, muerta de hambre tras cumplir religiosamente con las 12 hs. de ayuno reglamentario, hice pis en el frasquito tratando de no mearme demasiado las manos (lo cual se volvía cada vez más difícil dado que ya no me la veo!) y partí con G. como compañía hacia el laboratorio. El laboratorio en el que siempre me hacía los estudios estaba “cerrado por refacciones”, así que tuve que buscar otro que por suerte estaba bastante cerca. Como siempre, llamé antes para pedir turno. Pero no daban turnos, y cuando llegamos estaba llenísimo de gente. Así que nos sentamos a esperar, esperar y esperar. Cuando llamaron mi número me acerqué al mostrador con el frasquito de orina, busqué el carnet de la prepaga en la billetera y la orden… ¿Y la orden? Busqué y rebusqué revolviendo mi cartera para todos lados, pero no había caso. La orden estaba en mi agenda, y mi agenda prolijamente apoyada en la mesita donde siempre la dejaba. La putamadre.
-Uy, me olvidé la orden.
Dije mientras la empleada me miraba con cara de pocos amigos.
-¿La puedo ir a buscar y te la traigo? –dije haciendo pucherito a ver si la convencía – vivo en la otra cuadra.
-Bueno, dale…
Por suerte, decía, estabamos cerca. G. salió corriendo a buscarla mientras yo le daba indicaciones del lugar donde debía estar. Me senté y esperé. No podía dejar de putearme por ser tan pelotuda. ¿Cómo es posible que me olvide justo lo más importante?
Finalmente G. volvió, con mi agenda en la mano y pude entregar la maldita orden.
Y me mandaron a esperar, una vez más. Esta vez por suerte no fue larga la espera. Un rato más tarde salió un técnico de guardapolvo diciendo mi nombre. Me despedí de G. que se iba a trabajar y pasé al cuartito donde me sacaron sangre por primera vez. Ya a esta altura me estaba acostumbrando al pinchazo, ni un mareo.
-Ahora te vas a sentar allá –dijo mientras me señalaba otra sala de espera –y te vamos a dar una solución de glucosa. Tenés que tomarla, esperamos dos horas, y te volvemos a extraer sangre.
-¿No puedo ir a dar una vuelta, para despejarme un poco?
-No, tenés que estar en reposo, para no alterar el resultado del análisis.
Menos mal que me traje un libro- pensé, y me fui a sentar donde me indicó. Un rato más tarde, el mismo técnico vino con una taza de plástico llena de un líquido transparente y caliente.
-Tratá de tomarlo en los próximos 5 o 10 minutos.
Dijo, y se fue. Me acerqué la taza a la boca y tomé un trago. Puaj. Puajjjjj. Era exactamente lo que parecía. Agua caliente con azúcar (o glucosa, que para el caso es lo mismo). Dulce, muy empalagosamente dulce. Y yo en ayunas hacía yanosecuántashoras. ¿Y ahora cómo hago para controlar las náuseas? Hice el esfuerzo y tragué. Primero de a sorbitos pequeños. Después, mientras veía que el tiempo pasaba y no lograba terminarlo empecé a tomar sorbos grandes. Hasta que lo logré. Puaj.
Me acomodé en un sillón cómodo y me puse a leer, tratando que el ruido del televisor, que estaba con el noticiero a un volumen bastante excesivo, no me molestara demasiado. No fue fácil. Finalmente pasaron las malditas dos horas de “reposo” y el tecnico de la bata blanca volvió a buscarme.
Me senté en la sillita y le ofrecí el otro brazo mientras le decía.
-Medio feíto el líquido ese que hay que tomar… ¿No se podrá agregarle al menos un saquito de té? ¿Altera el resultado del análisis?
-Sí, se podría… en la clínica X lo hacen con un té, no sé porqué acá no…
Pero la puta madre, ¿Porqué no me avisaste antes? La próxima me vengo con el saquito de té en la cartera! –pensé, mientras ponía cara de póquer, me aguantaba el pinchazo y me iba a tomar un rico café con medialunas.
¡Cómo odio el ayuno!

18 de octubre de 2011

Ciento cuarenta y uno.

Agosto de 2011.
Finalmente subimos al auto y partimos rumbo a Capital. Durante el trayecto G. y Mi Madre seguían hablando de posibilidades, de muebles y arreglos. Se los escuchaba entusiasmados. O tal vez solo lo hacían pensando en mí. No se. Pero yo tenía cada vez más dudas. Los números no me daban, y no me imaginaba viviendo tan sola y tan lejos de todos los que quiero en un lugar tan frío y enorme. No sé porqué que pero siempre me gustaron más los lugares más chiquitos, más cálidos, más luminosos. Además no me imaginaba viviendo en una casa. Toda mi vida viví en un departamento y la verdad es que me da cierta tranquilidad, sobre todo si voy a estar sola con un bebé, saber que no estoy tan sola. Que está el portero, que están los vecinos.
La cosa era que no me imaginaba. Me acordaba cuando fui a ver por primera vez mi actual departamento, hace más de seis años. Era un lugar mínimo, interno, sin balcón. Pero tenía una cocinita blanca, luminosa, cálida. Era un lugar en el que desde el primer momento me había imaginado viviendo. Y lo señé en el momento, casi sin pensarlo. Después me entraron las dudas, y creí haber cometido el peor error de mi vida, como me pasa con toda decisión importante. Pero la verdad es que nunca me arrepentí. Había amado vivir en ese lugar. Me había sentido muy cómoda y era la primera vez en mi vida que me había sentido en Mi Casa. Y cómo dolía pensar que tenía que dejarlo. Aunque ya no entráramos. Aunque viviéramos apretados y los vecinos estuvieran cada vez más insoportables. Aunque supiera que el cambio era para mejor. No era fácil.
Fuimos a almorzar a una parrillita, al sol. G. y Mi Madre seguían debatiendo qué muebles había que comprar primero. Y yo no podía dejar de pensar ¿Con qué plata?? ¿Si íbamos a tener que pedir prestado hasta para la seña? Pero no decía nada. La garganta se me cerraba cada vez más y cuando ellos no miraban se me caía una lagrimita. Pero no decía nada.
Terminamos de comer y finalmente nos fuimos para casa. Abrí la puerta, saludé a mis gatos, y así nomás, vestida como estaba me metí en la cama y me tapé con el acolchado hasta la cabeza. Y lloré, lloré y lloré. Primero despacito. Después cada vez más fuerte. Necesitaba llorar. No podía hacer otra cosa.
G. me miraba atónito, no entendía nada. Pero yo no podía hablar. Solo balbuceaba
-Dejame llorar un rato.
Mientras él puteaba, preguntaba, iba y venía. No me entendía. Y la verdad es que yo tampoco. Tenía tantas cosas en la cabeza al mismo tiempo que solo podía llorar. El embarazo, el trabajo, la casa, la mudanza, las deudas, el futuro, las miles de dudas. El bancarme las caras de culo de él por tener que irnos tan lejos, las preguntas acerca de si eso no iba a terminar por distanciarnos. El caer en la cuenta que iba a estar lejos de todo y todos los que quería, el sentirme tan, tan sola. Sola con las decisiones, sola con las responsabilidades. Era demasiado para mí. Y supongo que encima la panza me tenía un poco más sensible.
Lloré y lloré y lloré. Como diría Girondo Lloré a lágrima viva, lloré a mares. Pero G. no se bancaba no entender y yo no podía explicarle. No en ese momento en que todavía no entendía.
Se enojó. Y terminamos peleándonos mal. A los gritos.
Agarré las llaves me fui, así como estaba, como siempre que nos peleamos. Me enojo y siento que me falta el aire, que necesito salir. Me senté en la vereda, en la puerta del edificio y seguí llorando un rato más.
Hasta que me dio frío.

15 de octubre de 2011

Ciento cuarenta.

 Agosto de 2011.
Por suerte habíamos arreglado una segunda visita. Era una casita con patio y terraza a pocas cuadras del centro y un par más de la estación del tren. Salimos para allá y durante todo el camino yo no podía parar de putear a la vieja de la inmobiliaria. Estaba indignada. Mi Madre trataba de tranquilizarme, supongo que porque estaba más preocupada de que el enojo le hiciera mal al bebé que por mí.
Llegamos hasta la casita un rato antes del horario acordado con la otra inmobiliaria, así que teníamos que hacer tiempo. Recorrimos un poco la zona. La cara de culo de G. era indisimulable, y no podia dejar de hacer comentarios sarcásticos acerca de la gente que elegía vivir en esa zona. Era un día de sol hermoso, y el barrio estaba tranquilo, se escuchaban los pajaritos. Caminamos un rato más, parando a preguntar en todas las inmobiliarias que nos cruzábamos por el camino, pero no había caso, siempre la misma respuesta: nada. Volvimos a la puerta de la casa y nos encontramos con el Sr. de la inmobiliaria. Nos abrió la puerta y pasamos a ver la casa. Tenía un frente muy lindo, con un patiecito mínimo y dos entradas. Una deba a la cocina y la otra al living. Entramos por la cocina. Parecía una cocina que se hubiera quedado detenida en los sesenta. Muebles viejos y feos, pero recien pintaditos. Todo en tonos de amarillo y gris (puaj). A pesar del sol hermoso que había afuera el Sr. no se molestó en abrir las persianas, así que todo se veía oscuro y frío. Pasamos de largo y vimos un bañito bastante descuidado, el lavadero y la salida al patio. Del otro lado la cochera, y un living enorme dividido en dos…
-Acá podrías poner el consultorio…
Decía G. Mientras señalaba una de las partes del living, que se separaba del comedor con una puerta.
-Pero ésta es la parte más linda de la casa ¿La vas a cerrar para hacer el living?
Opinaba Mi Madre. Yo muda. Seguía mirando, y lo único que veía era un piso de baldosas feas y viejas, marrones, como de patio, las paredes pintadas de gris oscuro, el frío que sentía de estar ahí adentro. Lo oscuro que era. Claro que estaba todo cerrado. Con las ventanas abiertas debía de ser muy luminoso. Seguimos caminando y pasamos a un pasillo. A la izquierda un baño, muy antiguo y bastante feo, en tonos de verde y blanco. No era lindo pero zafaba. Al menos era grande. Después tres habitaciones, una grande y dos más chicas, todas con las mismas baldosas feas y el mismo gris triste y oscuro.
-Acá podés poner el consultorio y acá la habitación del bebé.
Insistía mi madre. Pero yo no me veía viviendo ahí. Solo veía el frío de las paredes, el horror de esas lámparas de bronce antiguas, con esos apliques de pared que parecían de la casa de una abuela.
-Como ven está todo recién pintado.
Dijo el Sr. de la inmobiliaria. Y yo pensaba –podrían haber elegido un color más cálido. Ahora no da volver a pintar-. Toqué las paredes y las sentí frías, casi húmedas. Salimos al patio. Era un patiecito de cemento, largo, iba desde el lavadero hasta atrás de los dormitorios y terminaba en una escalerita que subía a la terraza. Había además un cuartito de servicio poco más grande que la cucha de un perro.
-Me lo imagino al gordo con el triciclo, jugando por acá.
Comentaba Mi Madre. Pero yo no me lo imaginaba. Subimos a la terraza. Al fin vi algo de sol y calidez. La terraza era hermosa, grande, recien pintada, con las paredes blancas. Fue lo único que me pude imaginar. Unas plantas por acá, una parrilla por allá, una mesa con sillas en el medio. Pero en el resto de la casa no me veía. La sentía demasiado grande, demasiado fría. ¿Cómo iba a hacer sola todo el día con un bebé, mientras G. trabajaba en capital? ¿Y cómo iba a limpiar toda esa casota yo sola? ¿El patio, la terraza, barrer la vereda? De sólo pensarlo el corazón se me  estrujaba y me moría de la angustia. Mientras tanto G. y Mi Madre seguían mirando entusiasmados pensando en poner esto allá y lo otro acá. Yo solo pensaba que para llenar esa casota íbamos a tener que comprar un millón de muebles con plata que no teníamos, que el alquiler estaba un poco más caro de lo que podíamos pagar, y que si además tenía que pagarle a alguien para que me ayudara con el bebé y con la casa no llegábamos ni en pedo.
Pero seguía callada.
Mi Madre hablaba en la cocina con el Sr. de la Inmobiliaria y yo seguía mirando la casa, muda.
Al fin salimos. Volvimos a la calle donde el calorcito del sol me devolvió un poco la tranquilidad. Mientras G. y Mi Madre hablaban de llevar una reserva yo solo podía pensar en el alivio de haber salido finalmente de ahí. No había chance. No me imaginaba una vida alegre ahí, me parecía un lugar enorme, vacío, frío y oscuro. Imposible de llenar con un poco de calorcito humano. Pero me moría de la angustia pensando en lo difícil que había sido, después de un largo mes de buscar y buscar, conseguir un lugar que se pudiera ver, que estuviera disponible, bien ubicado y en condiciones. ¿Y si no conseguía otra cosa y la panza seguía creciendo? ¿Y si se alquilaba y yo me arrepentía? Mi cabeza no paraba de pensar, pensar y pensar. Y escucharlos a G. y Mi Madre tan entusiasmados solo me angustiaba más y más.

11 de octubre de 2011

Ciento treinta y nueve.


Agosto de 2011.
Finalmente un fin de semana después de insistir e insistir, personalmente, por teléfono y por internet, logramos concertar dos visitas. Una era para un departamento con una buena terraza, cerca de la estación del tren. La segunda para una casita cerca del centro. Mi Madre se ofreció a llevarnos con el auto, así que salimos, temprano a la mañana. Era la primera vez que G. venía conmigo para esa zona y yo le tenía terror a sus caras de culo. Si por él fuera nunca hubiera salido de la zona norte de la capital. Después de un largo viaje, logramos llegar a la primera de las inmobiliarias. Teníamos cita 11.15 con la Sra. Graciela, quien nos iba a llevar a conocer el departamento. Llegamos uno minutos antes, y cómo no había dónde estacionar, me bajé del auto, mientras ellos me esperaban adentro para ver cómo hacíamos. Entré en la inmobiliaria y pregunté.
-¿La Sra. Graciela?
-Si, soy yo…
Dijo sorprendida, mientras charlaba con otra señora…
-Soy M. Habíamos acordado por teléfono para ir a ver un departamento en la Avenida M… al 600 a las 11.15…
-Ah, no… ...pero esa visita se suspendió…
Dijo como si me estuviera diciendo que pronosticaban lluvia para esa tarde.
-¿CÓMO QUE SE SUSPENDIÓ?????
-Si, el departamento ya está reservado…
-PERO ¿USTED ME ESTÁ TOMANDO EL PELO???
-Cómo, ¿No te avisaron?
-POR SUPUESTO QUE NO ME AVISARON, SINO NO ESTARÍA ACÁ.
-A ver… -dijo mientras consultaba un cuadernito manuscrito- acá está, yo te llamé ayer…
-Usted no me llamó nada.
-Si, te llamé al 48XX-XXXX y pedí hablar con vos.
-Mire, no me mienta, ese es el teléfono de mi casa y durante el día no hay nadie. Y no había ningún mensaje en el contestador… Y si me hubiera llamado al celular la habría atendido yo. Esto es una falta de respeto. YO LE DIJE QUE VENÍA DESDE CAPITAL PARA VER ESE DEPARTAMENTO.
-Pero… pero…
-Esto es una vergüenza y una falta de respeto. LO SUYO ES POCO SERIO.
Dije, mientras la señora intentaba contestarme algo y yo me aguantaba las ganas de saltar encima del escritorio, agarrarla por el cuello de la camisa y sopapearla hasta hacerle sangrar la nariz. Viejahijaderemilputas, la renegridaconchadetuviejaentanga. Respiré hondo, me di media vuelta y me fui.
Subí al auto con una cara de culo que hablaba por sí misma.
-No lo puedo creer. ¡NO LO PUEDO CREER!
Murmuraba.
-¿Qué pasó?
Preguntó Mi Madre toda preocupada.
-La vieja puta esa… me dice que me llamó AYER para avisarme que la visita se suspendió. Que el departamento ya está reservado.
¿Cómo tiene la cara de decirme que ME LLAMÓ y habló CONMIGO? ¿Se creerá que soy PELOTUDA?