Mostrando entradas con la etiqueta Panza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Panza. Mostrar todas las entradas

31 de enero de 2012

Ciento cincuenta y tres.


Primeros días de Octubre de 2011.

Y con esa hermosa sensación empezamos el curso de pre-parto. Nuestra primera “clase” era en realidad la tercera. A., la partera, me había dicho que no importaba el orden de las clases, que eran cinco clases, tres solo para mujeres y dos para las parejas (la tercera y la quinta). 

Unos minutos más tarde, después de un incómodo silencio en el que G. y yo nos dedicamos a mirar el enorme reloj de pared y nuestros los pies descalzos empezaron a llegar las otras parejas. Una vez que todos estuvimos cómodamente sentados en el piso, la partera empezó a hablar. 

Y habló, y habló y habló.

La idea era explicarnos cómo reconocer el inicio del trabajo de parto. Según ella nos explicaba, hay dos maneras en que se puede desencadenar el parto. Con contracciones o con la rotura de bolsa.

Primero empezó con las contracciones, explicándonos que hay dos tipos de contracciones, las primeras que pueden empezar unos meses antes del parto, aparecen cuando una camina o hace un esfuerzo. Se siente un ligero dolor, y la panza se pone dura en algunos sectores pero ceden rápidamente y no se repiten. No son contracciones de parto y no tienen demasiada importancia. Las segundas o contracciones de parto son generalizadas (la panza se pone dura en todos lados por igual) y se repiten con un ritmo determinado. Por lo general empiezan cada veinte minutos y son suaves, con una duración de pocos segundos. En el plazo de una hora y media aproximadamente pueden empezar a aparecer cada diez minutos, con una mayor intensidad y duración. Después son cada cinco minutos, y en ese momento ya estamos más cerca el parto. Pero en cualquier momento pueden detenerse o podría ser un “falso trabajo de parto” así que para no hincharle las pelotas a la partera con nuestra ansiedad de primerizas (no fue eso lo que dijo, pero casi que sonó así) lo ideal sería tomarnos un antiespasmódico y meternos en la ducha a ver si nos relajamos y se nos pasa. Si al rato no se nos pasa… ¡A correr a la clínica! Para ese momento ya tendríamos que tener el bolsito armado (¿Qué bolsito? Yo no armé nada!) 

El relato de la partera siguió contando todos los pormenores de lo que nos pasaría cuando llegáramos a la clínica. Palpajes, monitoreos, suero y oxitocina. Luego dilatación, peridural, pujos y episiotomía. Todo con lujo de detalles escatológicos y casi cronometrado. Como si todo estuviera planificado de antemano. Como si todas fueramos iguales y todos los partos idénticos. En ese momento, tuve una sensación de lo más extraña. Me costaba entender que estaba hablando de algo que iba a sucederme a mí en un muy corto plazo. La escuchaba y lo que me llegaba era un relato mecánico, cronometrado y muy medicalizado. No era así como yo imaginaba mi parto. Bah, en realidad no se si lo imaginaba de alguna manera. Simplemente lo sentía como un proceso natural, y no me imaginaba tanta intervención de los médicos, salvo que fuera estrictamente necesario. No me gustaba la idea de verme casi atada a la cama, medicada y atontada, sin poder decidir nada. Simplemente no era lo que quería. Pero no dije nada y seguí escuchando. De vez en cuando lo miraba a G. que parecía estar tan incómodo como yo. Se lo veía entre preocupado y tremendamente aburrido, y miraba el reloj de pared con insistencia pero los minutos no pasaban.

La partera siguió hablando y hablando, contándonos del tapón mucoso, de la rotura de la bolsa, de los colores y olores (puaj!) del líquido amniótico, de los dolores, de lo normal que era que vomitáramos o nos cagaramos en la sala de partos (Por dios! ¿Hacía falta?) De cómo el bebé podía soltar el meconio dentro de la panza, de las pérdidas posteriores al parto y nosecuántosmás detalles escatológicos. 

Cuando finalmente terminó la hora y media de tortura preparto salimos a la calle y respiramos aliviados. Mientras viajábamos camino a casa no podía dejar de pensar…

       –Por dios! ¿Esta estúpida va a ser mi partera?

19 de enero de 2012

Ciento cuarenta y nueve.


Últimos días de Septiembre de 2011.

Con el último aliento terminamos de cerrar la última caja. A decir verdad todavía nos faltaba embalar algunas cosas, pero era tardísimo, estábamos muertos de cansancio y para peor se nos había terminado la maldita cinta de empaque. Pedimos unas empanadas, cenamos y nos fuimos a la cama a intentar dormir unas horas antes que llegaran los de la empresa de mudanzas. Apoye la cabeza en la almohada… y empecé a dar vueltas, y vueltas. No me podía dormir. Demasiados nervios, demasiadas dudas, demasiado difícil apagar la cabeza lo suficiente para poder conciliar el sueño.

Finalmente logré dormir unas horas, no muchas. Me levanté demasiado temprano para tratar de terminar de acomodar todo y asegurarme de que no nos olvidaramos nada importante. Lo que más me preocupaba era cómo hacer con los gatos. No es nada fácil trasladar un gato que no está acostumbrado a salir, menos que menos dos.

Resumiendo, la mudanza fue dificil, pero no imposible. Lo que más me costaba era quedarme ahí parada mirando como cargaban caja tras caja y no poder ayudar. Cada vez que intentaba dar una mano con algo me retaban. Y yo sabía que tenían razón, pero me sentía muy inútil.

Después de un par de horas, unos cuantos rajuñazos, mucha mugre y mucho más cansancio estábamos por fin en nuestra casa nueva. Todavía era un caos con cajas y bolsas por todos lados, pero ya era nuestra casa.  Ordenamos todo lo que pudimos, armamos la cama, pusimos toallas en el baño y al fin nos decidimos a descansar un poco.

   -Me voy a dar una ducha –le dije a G.- estoy hecha una     mugre…

Le pedí que me ayudara a prender el calefón, me saqué la ropa y me metí en la ducha. Ahhh... que alivio ...el agua calentita... me hacía tanta falta una ducha...- pensaba mientras me enjabonaba la panzota acariciándola.

Cerré la ducha y mientras me envolvía con la toalla escuché un ruido raro. Fuerte y seco, casi como una pequeña explosión.

   -¿Qué pasooooooó?

Pregunté preocupada.

   -¡Reventó el calefón!!!

Me gritó G. mientras corría a cerrar la llave de paso del agua para que no se inundara toda la casa.

15 de noviembre de 2011

Ciento cuarenta y cinco.


Mediados de Septiembre de 2011.
Llamé a la otra partera que me comentó que daba el curso los Viernes a las 18.30. También era un día complicado, pero los viernes tenía menos pacientes (y no había muchas otras posibilidades). Le dije que iba a ver si podía cambiar mis pacientes de los viernes para otro día y la volvía a llamar para confirmarle. Igual todavía tenía dos o tres semanas antes de empezar con el curso.
Mientras tanto, seguía la búsqueda de vivienda. Vimos un par de casas más y algún departamento, pero la verdad no eran la gran cosa. El departamento estaba bien ubicado, pero era mínimo y bastante feo. La casa no estaba mal, pero la ubicación no era la que yo prefería. Era un poco difícil llegar, y no parecía una zona muy segura para estar sola todo el día. La panza seguía creciendo y yo empezaba a preocuparme. ¿Y si no consigo nada? ¿Cómo hago con los pacientes, dónde meto un bebé en éste departamento en el que ya casi no entramos nosotros? ¿Cómo voy a hacer para mudarme cuándo ya tenga una panzota enorme?
Seguí buscando y buscando, ya casi sin esperanzas. Un día de esos encontré un aviso en el que ofrecían un departamento de 3 ambientes Apto Profesional, en una buena zona, con balcón. En realidad lo ideal hubiera sido 4 ambientes, para poder tener además del consultorio una habitación para el bebé, pero la búsqueda se estaba complicando demasiado así que empecé a bajar las expectativas. Además había que poder pagarlo. Llamé y hablé con la gente de la inmobiliaria. Para mi sorpresa, arreglamos una visita para el día siguiente al mediodía. Seguro que era una inmobiliaria de capital, las de la zona casi se me reían en la cara cuando les pedía verlo en ese horario.
-Yo te recomendaría que te vengas con los papeles y la plata para la seña, porque el departamento te va a encantar y no vas a querer pendértelo…
Dijo, el de la Inmobiliaria. ¡Qué pelotudo! –pensaba - ¿Cómo puede estar tan seguro?
Al día siguiente salí para el consultorio una hora antes de lo habitual para ver el departamento. Había arreglado además para ver uno o dos más durante la tarde, por las dudas. Llegué, demasiado temprano como siempre, y aproveché para recorrer la zona. La ubicación estaba buena, bien céntrica como yo buscaba, a tres cuadras de la estación y media de la avenida, a una de la peatonal. Era una calle muy transitada, seguramente bien iluminada de noche y con muchos comercios. Eso tenía sus pro y sus contra, porque mirándolo bien… era un quilombo. Gente que iba y venía, autos, bocinas, colectivos. Era como vivir en el medio del Once… pero al menos no iba a ser complicado llegar. Eso sí, estacionar imposible. Llegué a la puerta del edificio cinco minutos antes y me encontré con un pelado de traje y corbata esperando. Era el de la inmobiliaria.
-¡Llegaste temprano!
Dijo con una sonrisa de oreja a oreja y cara de vendedor.
La entrada del edificio no estaba nada mal. Medio escondida entre los comercios, pero prolija y linda, se notaba que era un edificio bastante nuevo. Entramos. Subimos al tercer piso por el ascensor mientras el vendedor hablaba de las bondades del edificio, del portero eléctrico y hasta de los ascensores. Llegamos al tercer piso y caminamos por un pasillo largo y estrecho hasta el departamento del contrafrente. Menos mal que es contrafrente, porque un departamento al frente sobre ésta calle debe ser insoportablemente ruidoso –pensaba.
Abrió la puerta y entramos.

9 de octubre de 2011

Ciento treinta y ocho.


Agosto de 2011.
Ya habíamos decidido que íbamos a tener que mudarnos. Mi departamento era demasiado chico para los tres, más los dos gatos y el consultorio. Y por otro lado yo estaba trabajando más tiempo allá lejos que en casa. Estaba yendo casi dos días completos a un consultorio muy al sur, y uno a otro no tan al sur. Y solo un día trabajaba en capital. ¿Cómo iba a hacer cuándo la panza estuviera demasiado grande para subirme al tren? ¿Y cuándo naciera el bebé y hubiera que darle la teta cada tres o cuatro horas? Imposible ir y venir a cada rato… era casi una hora y media de ida y otro tanto de vuelta. No había chance, teníamos que mudarnos para allá para que yo pudiera trabajar desde casa. Era la única salida… porque dejar a un bebé de un mes o un mes y medio en una guardería todo el día para que yo me la pase viajando en tren era una crueldad absoluta. Y no tenía ganas de criar a mi bebé así. A G. no le gustaba nada la idea. El trabajaba a tres estaciones de subte de casa y llegaba a su trabajo en quince minutos… y ahora iba a tener que subirse al tren y viajar una hora y media. Odiaba la idea. Pero entendía que era lo que había que hacer. O al menos eso me decía.
Así que empezamos a buscar departamento.
En mis ratos libres, cada vez que un paciente faltaba, yo me ponía a recorrer la zona preguntando en inmobiliaria tras inmobiliaria. Pero en todas obtenía la misma respuesta:
-No hay nada.
¿Cómo puede ser? Para la venta, tenían montones. Departamentos de 1 y 2 ambientes, montones. Pero más, nada. Y ¿apto profesional encima? Menos que menos. Empecé a buscar otras alternativas. Podría ser una casita… o un PH… la idea era que tuvieramos tres habitaciones, una para nosotros, otra para el bebé, y una para el consultorio. Tenía que ser Apto Profesional, para que no me compliquen el trabajo, y tenía que ser en una zona céntrica, para que G. pudiera ir y venir de la estación del tren, y nuestras familias y amigos pudieran venir a visitarnos de vez en cuando. Además tenía que ser en una zona cómoda para los pacientes, que hubiera colectivos.
Seguí buscando, buscando y buscando. Y cada vez me angustiaba más. Me recorrí caminando todas las inmobiliarias del centro, me alejé un poco para un lado, un poco para otro… y nada. Bastaba decir las palabras mágicas –Alquiler y -3 o 4 ambientes para que te miraran con cara condescendiente y menearan la cabeza. Nada, no hay nada. Mierda. Y yo ya con casi 6 meses de embarazo ¿Cómo voy a hacer? ¡No quiero mudarme cuando esté por parir!
Seguimos buscando. Bah… seguimos. Yo seguí, en realidad. Y Mi Madre. Ella me ayudaba (y a veces me volvía loca, como hacen las madres) G. nunca movió un dedo. Yo sabía que él no quería mudarse para allá, aunque insistía que –era lo que había que hacer-. Pero cada vez nos peleábamos más.
-Yo no puedo hacer todo sola. Necesito tu ayuda. No te digo que viajes, pero al menos ayudame a buscar por internet.
Pero él me decía que si, que iba a buscar… y después nada. Yo oscilaba entre enojarme, putear, discutir y llorar. Me preguntaba si iba a ser capaz de tolerar sus caras de culo en cuanto nos hubieramos mudado, y si ese no iba a terminar siendo el motivo de nuestra separación. Pero francamente no veía otra opción.

27 de septiembre de 2011

Ciento treinta y siete.

16 de agosto de 2011.
Unos minutos más tarde entramos al consultorio de la Dra. K. Revisó el Scan Fetal y el Ecocardiograma y nos confirmó que estaba todo perfecto. Me tomó la presión, me midió la panza, escuchó los latidos otra vez y dijo:
-Está todo perfecto.
Y me pesó. Yo cada vez le tenía más miedo a la balanza. No porque me viera gordísima (aunque si cada vez más panzona) sino porque tenía bien claro que no me estaba cuidando en lo absoluto. Comía lo que quería, cuando quería. En realidad como lo hice toda mi vida, nunca fui de cuidarme demasiado y fueron raras las veces en las que hice alguna dieta, y por suerte no soy de engordar demasiado, no soy una sílfide, pero me mantengo.
-A ver… pesas 65.900 ¿Con qué peso empezaste el embarazo?
-Con 59.900 creo…
-Aumentaste seis kilos… estamos en la semana 24… -dijo mientras hacía sus cuentas mentales- desde la última vez que te ví aumentaste casi un kilo novecientos… Está dentro de lo esperable pero medio en el borde…
Y no dijo mucho más. A mí todavía no me preocupaba demasiado. Si con lo que estaba comiendo había subido solo seis kilos (y casi todos de panza) no estaba nada mal…
Volvimos al escritorio y me preguntó
-¿Cómo te estas sintiendo?
-La verdad, re bien. Tengo momentos en los que me cuesta respirar un poco… pero supongo que es normal…
-Si, es normal que te falte un poco el aire… ¿Ya lo sentiste moverse?
-Si, hace un par de semanas, ¡Patea fuerte!
-Bueno, este mes vamos a hacer un estudio de sangre, con una Curva de Glucosa, eso es para ver que no tengas Diabetes Gestacional. Te vas a ir a un laboratorio con una muestra de orina para que te saquen sangre. Andate con un buen rato porque el estudio demora unas horas… Lo ideal sería que lo hagas esta semana o la próxima.
Dijo, mientras garabateaba la orden y yo pensaba cuando iba a tener tiempo de pasarme unas horas, casi una mañana entera en un laboratorio.
-Y yo los veo dentro de 4 semanas.

25 de septiembre de 2011

Ciento treinta y seis.


16 de Agosto de 2011.

Unos días más tarde era hora de hacer el maldito Ecocardiograma. G. estaba impaciente y muerto de la angustia desde que en la segunda ecografía habíamos leído eso del “foco ecogénico cardíaco”, a pesar de que el Obstetra nos había dicho que podía ser algo perfectamente normal. Y un poco yo también. Aunque por algún motivo que todavía no entiendo estaba extrañamente tranquila. Irracionalmente sentía que estaba todo bien. Obviamente el estudio lo íbamos a hacer igual. Habíamos sacado el turno para ese día a las 8.30 de la mañana, media hora antes del turno que teníamos con la Obstetra en la misma clínica. Como siempre, llegamos diez o quince minutos antes, nos anunciamos con la secretaria y nos sentamos a esperar. Yo me moría de sueño y no podía parar de bostezar. Apoyaba mi cabeza en el hombro de G. y cerraba los ojos. Él no se quedaba quieto. Movía el piecito de acá para allá, miraba la hora cada cinco minutos y se lo veía cada vez más ansioso.
-Amor, tranquilizate… acordate que llegamos más temprano…
Pero los minutos pasaban… Y se hacían las ocho y media, las nueve menos cuarto y seguíamos esperando. G. se estaba poniendo francamente nervioso. Sabía que estaba más preocupado por el resultado que por el horario, pero yo me empecé a impacientar también. No íbamos a llegar al turno que teníamos con la Dra. K., que ya nos había visto en el pasillo. Me levanté y le pregunté a la secretaria si la cardióloga no había llegado todavía. Me confirmó que no. No había llegado, pero que no me preocupara que la Dra. K. me podía esperar.
Volví y seguimos esperando unos minutos más.
Hasta que finalmente llegó la Cardióloga y nos llamó. Entramos y me acomodé sobre la camilla para empezar el estudio. Era una ecografía del corazoncito del bebé.
Por suerte la cardióloga era de lo más simpática y apenas entramos nos empezó a dar charla, contando sus experiencias como madre reciente y hablando de los miedos. Nos aflojamos un poco.
-Si, acá está el foco. Pero no parece ser nada, igual voy a revisar un poco más.
Dijo, mientras nos señalaba un puntito blanco en la pantalla, en el corazoncito del bebé. Le pedimos si nos podía explicar de qué se trataba.
-Un foco ecogénico es como una cicatriz en el tejido del corazón del bebé. Pero muchas veces tiene que ver con algo que pasó en las primeras semanas de gestación y que puede no tener consecuencias cardíacas. Solo queda ahí.
Nos contestó mientras seguía mirando el corazón. Miraba que estén todos los ventrículos, las válvulas, examinaba la circulación… para un lado y para el otro.
-No veo ningún problema acá…
Dijo finalmente, y escuché como G. se desinflaba. Al fin se relajaba un poco.
-Se ve todo normal, anatómica y funcionalmente está perfecto. ¿Quieren escucharlo?
Nos preguntó mientras subía el volumen y escuchábamos sus latidos como el galope de un caballo apurado.
-¿Ya saben el sexo?
-Si –contestó G. con el pecho inflado de orgullo- es un varoncito…
-Si, acá se ve… A ver… está acá sentadito, de este lado…
Comentó mientras nos mostraba la figura del bebé de perfil, casi sentado sobre mi costado izquierdo.
-Bueno, está todo perfecto. Lo que sí, no se asusten si después del parto los médicos llaman al cardiólogo para que lo revisemos. Es normal con este antecedente. Pero no hay motivos para preocuparse.
Le agradecimos sinceramente y salimos aliviados, con los resultados del estudio para ver a la Dra. K.

13 de septiembre de 2011

Ciento treinta y tres.





27 de julio de 2011.

-Ésta es la cabecita…

Dijo la Dra., mientras en la pantalla veíamos lo que parecía ser la cabeza vista de arriba. Estaba tomando las medidas…

-Mide unos quince centrímetros de diámetro…

¿Quince centímetros? –Pensé y casi me dolió… pensar que todo eso, más todo lo que todavía le faltaba crecer, iba a tener que pasar por mi… ay, ay, ay… ¡Qué dolor!

Después siguió mirando, los piecitos, los bracitos, midiendo los huesitos, contando deditos…

-Ahí se ven los cinco deditos de la mano…

-Cinco deditos, menos mal que no es un Simpson!

Dijo G. Yo sólo podía mirar la pantalla, atontada. Hacía tanto que no lo veíamos, solo quería mirarlo un ratito más. A veces desearía que la panza fuera transparente. Aunque…. Qué raro sería!

La Dra. se tomó un ratito más para ver que tuviera todo lo que tenía que tener, y todo estuviera en su lugar. Cuando parecía que estaba por terminar… ¿Ya tan rápido? Le preguntamos…

-¿Se puede saber el sexo?

-Si, es un varoncito… miren… acá tienen las bolitas… y el pitito…

Comentó, mientras señalaba una imagen a la pantalla. G. miraba orgulloso, a mí me costaba un poco entender lo que veía, pero era lo que esperábamos. Ya nos lo habían dicho en la anterior, solo faltaba confirmarlo.

-Bueno, eso es todo –dijo- esperenme afuera que les doy el DVD y el informe…

Me limpié, me acomodé la ropa y salimos. Mientras G. se quedó a esperar a la Dra., yo me acerqué a la recepción y le pregunté a la secretaria mala onda si había un baño que pudiera usar. Me estaba meando. Me indicó la dirección y entré. No me sorprendí de encontrarme con un baño en peor estado que la sala de espera. El techo parecía a punto de caerse sobre mi cabeza. Hice rápido lo que tenía que hacer, y salí.

Un rato después salió la Dra. y nos dio el informe y el Dvd. Fuimos a la recepción a firmar los papeles y pagar, antes de irnos.

-¿Tiene la orden, Señora?

Preguntó la secretaria. Se la dí. Me miró con una mirada desaprobatoria.

-No, no… esto no se puede hacer…


Me dijo mientras señalaba el reverso de la orden, donde yo había anotado la dirección del consultorio y las indicaciones que me dieron por teléfono.

-Imagínese que yo ahora tengo que presentar esto así a la prepaga, y qué me van a decir…

Lo único que me falta –pensaba- que esta vieja pelotuda me rete como si fuera una maestra de escuela. Como si yo no supiera lo que es presentar planillas, si no pasa nada, ni se van a enterar… y de última bancatela y dejate de joder…

-Les puede decir que la Señora es una desprolija, y listo…

Contesté con mi mejor sonrisa falsa y pensando cuánto más faltaba para irnos de ahí (y no volver nunca más). Finalmente pagamos… y nos fuimos.

8 de septiembre de 2011

Ciento treinta y dos.


27 de Julio de 2011.


Y esperamos un rato más hasta que finalmente la secretaria mala onda nos llamó.

-Señora M…

Dijo, y me levanté, puteando bajito. Odio, odio, ODIO que me digan señora. ¡Que feo suena! Suena a vieja, a señora gorda, a… bueno, pero con ésta panza mejor me voy acostumbrando, no? Señora M., la reputamadrequeteremilparióviejachota, mascullé entre dientes intentando una sonrisa no muy sincera. Entramos.

Nos saludó la médica mientras me pedía que me acomodara en la camilla. Increíble. Tenían un monitor enorme justo enfrente de la camilla. ¡Al fin! ¡No me iba a ir con tortícolis como en las dos ecografías anteriores! Muy buena idea. Me acosté, me levanté la remera mientras la Dra. empezaba a hablar.

-¿Van a querer que lo grabemos? ¿Ya les explicaron como es?

-Ehhh… No… no nos dijeron nada…

-Lo podemos grabar en un DVD común, eso tiene un costo de treinta pesos. O lo podemos hacer en uno regrabable para que uds. lo traigan para las próximas ecografías, eso tiene un costo de cincuenta. No se acepta ningún material de afuera…

¿Quéee? ¿Y lo que me dijeron ayer? Estos médicos siempre haciéndose el negocito… lareputamadre… No se acepta material de afuera. O sea o me pagas el DVD o nada.

En fin, no había ninguna opción. Y de última treinta pesos no era tanto, por tener grabado a mi mañosit@, pero la verdad es que un DVD virgen sale dos. Mejor ni lo pienso.

-¿Qué van a querer entonces?

-Eh… un DVD común?

Dije, mirando a G. intentando adivinar qué pensaba y de paso pensando cuánto había en mi billetera. No había venido preparada. Y además no tenía claro si iba a querer volver a ese lugar...

-Ok, empecemos…

Me puso ese gel espantosamente frío en la panza y apareció esto en el monitor.


G. y yo nos agarramos de la mano y nos quedamos mudos, embobados, emocionados, mirando.

Y mientras tanto el mañosit@ pateaba.

6 de septiembre de 2011

Ciento treinta y uno.


Fines de Julio de 2011.

Tres días de reposo, muchas quejas y muchos mimos después, la fiebre se fue, los dolores amainaron y la tos… seguía. Pero había que seguir trabajando. Trabajar en forma independiente tiene sus desventajas y una de ellas es que día que no trabajás es un día que no cobrás. Y el alquiler de consultorio hay que pagarlo igual. Así que a ponerse las pilas y subirse al tren sin chistar. La mayoría de los pacientes todavía no registraban mi panza, así como la mayoría de mis compañeros de viaje que seguían sin cederme el asiento, salvo raras excepciones (siempre mujeres, of course). El mañosit@ seguía pateando y los primeros días sus pataditas me distraían mucho mientras trabajaba. Me desconcentraba, pero a la vez me alegraba tanto que me recordara su presencia. Hasta ese momento el embarazo había sido solo una idea, un mero acto de fe. Apenas se me notaba la panza y lo había visto en las ecografías, pero nada se comparaba con ésta nueva sensación en el cuerpo que me tenía estupidizada por completo. Ni me daba cuenta, pero las manos se me iban constantemente a la panza, como si lo acariciara. Como si no terminara de entender que esa panza me pertenecía, que era parte de mi cuerpo. Tal vez ese fuera el tema, lo complejo de entender que algo puede ser parte de tu cuerpo y a la vez… no serlo.

Apenas unos días después llegaba el tan esperado turno para la ecografía. Un día antes me acordé que no había preguntado si iba a ser posible grabarla. Volví a llamar y consulté con la secretaria.

-Consultorio del Dr. M.?

-Hola, quería hacerte una consulta… Tengo un turno para un Scan Fetal mañana, y quería consultarte si se puede grabar…

-Si, acá te lo graban, no hay problema.

-Ok, ¿Tengo que llevar un Dvd? ¿Tiene algún costo?

-No, no tenés que traer nada.

Dijo la secretaria, con la poca onda que la caracterizaba y cortó. Buenísimo –pensé- un problema menos.

Al día siguiente nos levantamos ansiosos, desayunamos, buscamos la ecografía anterior por las dudas, tomé un vaso de agua media hora antes como me habían pedido y salimos apurados para no llegar tarde.

Tan apurados que por supuesto, llegamos demasiado temprano. Caminamos un poco por el barrio, entramos en librerías, chusmeamos libros viejos (cómo me gusta el olor a libro viejo!) y en cuanto se hizo la hora enfilamos para el consultorio.

Tocamos el timbre, nos atendió la secretaria mala onda y subimos. Cuando entramos nos encontramos con una escena insólita. La secretaria mala onda era una señora gorda con delantal blanco y aspecto de empleada pública mal paga, el departamento en el que estaba la sala de espera era el lugar más feo que podía haberme imaginado. En un edificio que por la ubicación y la construcción debía ser carísimo, había un rejunte de muebles sacados del baúl de la abuela. Parecía una habitación que se había quedado en los setenta. Oscuro, no muy limpio, con pisos de plástico feo y paredes de alfombra (quien pone una alfombra marrón mugrienta en las paredes de un consultorio? ¡puaj!!) Y las paredes llenas de cuadros, uno más feo que el otro. En la pared principal un cuadro abstracto con fondo negro y líneas de colores que tenía todo el aspecto de ser una vagina gigante.

Muy acogedor.

Miramos a nuestro alrededor y había otras tres o cuatro parejas con panzas esperando. Me dio mala espina. Pero no quedaba otra, había que sentarse y esperar.

Y esperar, esperar, esperar…


30 de agosto de 2011

Ciento treinta.


22 de Julio de 2011.

Fue un fin de semana largo y aburrido. Nada más embolante que hacer reposo. Lo único que cambiaba un poco mi día era darme una ducha y volver a meterme en la cama, tomar un tecito o una sopita. Pobre G. estaba de enfermero. No paraba de cuidarme.

En algún momento de ese fin de semana empecé a sentir algo raro… que no tenía nada que ver con la gripe. Era una sensación rara en la parte baja de la panza. Como una burbujita que se movía de un lado al otro. Primero pensé que eran gases… pero no.

No lo podía creer. Se estaba moviendo. Lo llamé a G.

-Vení… Poné la mano acá.

Le dije, y esperamos un rato. Hasta que volvió a moverse.

-¿Sentiste eso?

-¿No fuiste vos?

Preguntó mientras me miraba, emocionado.

-No, me parece que se está moviendo… ¿Lo sentís?

-Si, no lo puedo creer.

Era algo realmente increíble. Se estaba moviendo. La panza estaba cada vez más grandota y ahora se estaba moviendo. Realmente inexplicable. La sensación era muy extraña, imposible describirla. Era como si alguien me tocara por dentro. Me hacía rosquillitas. A veces suavecito como un mimo, otras veces más fuerte como una patadita. Estaba como embobada. No podía prestar atención a otra cosa.

Al día siguiente me despertaron a las patadas. Parece que el mañosit@ se despertó antes que yo y no paraba de moverse. Todavía me sentía horrible, pero me desperté con una sonrisa de oreja a oreja y me quedé en la cama con las manos en la panza como una tarada.

9 de agosto de 2011

Ciento veintidós.

Fines de Junio de 2011.

Finalmente me decidí y me fui a la oficina de mi prepaga a hacer el dichoso cambio de plan. Era un poco más caro y me daba bastante bronca tener que hacerlo, pero era importante. Una vez hecho llamé y pedí un turno con la Dra. K. La verdad es que me generaba mucho más confianza que el Dr. S., sobretodo después de que me la habían recomendado tanto. Y además atenderme en un lugar que conozco me daba cierta tranquilidad. ¡Las boludeces con las que nos conformamos algunos idiotas! Pero es así. En este caso me parecía importante estar tranquila y confiar. Llamé para pedir un turno y me lo dieron para mediados de Julio. Había que esperar, no quedaba otra. Y ese mes no teníamos que hacer muchos estudios, así que esperamos.

Los días pasaban y la panza seguía creciendo. Cada vez me entraba menos la ropa y hubo que empezar a usar ropa de “embarazada”. Sobre todo los pantalones. Pero ¡qué fea es la ropa de embarazadas! La primera vez que entré a un negocio de esos casi me muero. Una prenda más fea que la otra. ¡Y los precios! Están todos locos. Esos pantalones enormes, bolsudos, con cintas y botones por todos lados. Un horror. ¿Vendrán con antidepresivos? Me preguntaba antes de entrar a probármelos. Pero no quedaba otra. Ya nada de lo que tenía en mi placard me entraba y las cosas no iban a mejorar. Así que me probé, me probé y me probé. Y caminé. Hasta que conseguí un par de prendas que más o menos zafaban. Pantalones me compré uno solito. Los demás eran un asco o demasiado caros, y ¡eran para usar solo unos meses! Aproveché la moda y me compré montones de calzas, remeras largas y vestidos. Menos mal que se usan las calzas, no hay nada más cómodo. Pero había que buscar de ésas que no tienen elástico, las otras te matan.

Por esos días empecé a sentir algunos dolorcitos por ahí abajo. Como en la zona de los ovarios pero más al medio. Eran de a ratos. Yo suponía que era algo normal, pero no podía evitar preocuparme un poco. La verdad es que todo  ésto era nuevo y uno no sabe mucho qué esperar. Lamentablemente no tenía el teléfono del Obstetra, y no tenía nada de ganas de ir a una guardia a que me digan que soy una tarada, que estoy embarazada y eso normal. Pero G. se preocupaba cada vez más. Cada vez que me veía poner una cara saltaba de la cama.

-¿Cómo estas? ¿Qué te duele? ¿Vamos a la guardia?

-No, estoy bien… me duele un poquito acá… pero ya se pasa…

Todo ahí abajo se ponía duro por unos segundos y después se pasaba. Y además me había pis a cada rato. ¡Cada media hora! Me levantaba dos o tres veces por noche...

4 de agosto de 2011

Ciento veintiuno.


Soy una boluda, pero una boluda importante: lo reconozco. Casi 4 meses de embarazo, una pancita que ya se está empezando a notar, y sigo viajando parada. En el colectivo, en el tren y en el subte. No hay caso.



Me paro enfrente del asiento que tiene el cartelito de “Reservado para Embarazadas y Discapacitados” y nada... Ni te miran. Siempre van durmiendo o haciendo que duermen, o leyendo un libro concentradísimos. Ni te registran. Y en realidad yo sé que es culpa mía por no pedir el asiento, pero la verdad no me sale. Ya se me pasaron las náuseas y no me siento mal. Me da no se qué pedir el asiento. Y para peor como hace cada vez más frío y uno se sube con pilas de abrigos, sweater, bufanda, sobretodo, la verdad es que la panza casi no se ve.  Se que tendría que abrir la boca, hablar, pedir. Decir –Estoy embarazada ¿Me dejás el asiento? Pero no lo hago. No se porqué. Me da cosa decirle a alguien que se levante solo porque yo me quiero sentar. Cada tanto tengo suerte y alguien levanta la mirada, me registra y me dice:

-¿Estás embarazada? Sentate, disculpá, no te vi.

en la mitad del viaje. Yo agradezco y me siento. Pero ya no me sorprendo de que sean siempre mujeres. Ellos ni te registran. No te miran. O no se hacen cargo. O se hacen los pelotudos. Y me da tanto odio que creo que es por eso que no digo nada. Que me la banco y me callo la boca. Porque si empiezo a hablar debería mandarlos a todos a la mismísima concha de la madre que los parió. No puede ser querido / querida que te sientes en el asiento que dice “Reservado para Embarazadas y Discapacitados” y vayas en babia, durmiendo o haciéndote el pelotudo olímpicamente. Mirá a tu alrededor, prestá atención. Sé un poco amable. Hay gente que no registra más que su puto ombligo y las pelusitas que le salieron esa mañana. Me enoja, me enferma, me amarga el día. Creo que prefiero viajar parada que discutir.

Uno de estos días iba en subte con G. El subte iba llenísimo y yo parada. Y él dale que dale con

–Pedí el asiento.

-No, dejá… me da vergüenza. Y además está re lleno, ya nos bajamos.

Decía yo con todas las excusas del mundo, para no tener que pasar el suplicio de pedir. Odio pedir. Pero en eso alguien se levanta y queda un asiento vacío. Me siento. Una parada más tarde se sube una mamá con una criaturita de unos diez añitos, con un horroso globo enorme de esos alargados de publicidad. La madre se sienta al lado mío, la criaturita se me para enfrente, casi encima mío y me estampa el globo de mierda en la cara. Me contengo de no darle una cachetada o putear a la madre por no educar a su retoñito del demonio y le digo a la criaturita:

-¿Te querés sentar?

-Si.

Me contesta sin decir ni gracias y mientras me paro, se sienta. G. me mira con odio.

-Estás embarazada ¿Porqué le das el asiento?

-Porque si no me sacaba ese globo del orto de la cara la iba a tener que cagar a trompadas a ella y a la madre… así que prefiero pararme y en paz. Que se metan el asiento bien en el culo…


16 de julio de 2011

Ciento quince.


30 de Mayo de 2011.

G. estaba parado a los pies de la camilla, mirando fijamente el monitor. Mi mirada iba del monitor a la cara de él, de la cara de él al monitor. Era increíble lo nítido que se veía. Movía los piecitos, las manos con cada uno de sus deditos, y la cara que se veía muy definida, de perfil. La médica tomaba medidas, mientras me apretaba la panza de un lado y del otro con el aparato ese, en silencio.

-Mide 7 centímetros.

Dijo de golpe la Ecografista.

-Ahí están los piecitos, el cordón… la columna vertebral… las manitos…. Y la cabeza. Ahora voy a medir el pliegue nucal…

Dijo, y se concentró un buen rato en tomar medidas.

-Ese es el latido del corazón –dijo, mientras encendía el parlante y se escuchaba rebotando contra la habitación…

Y aparecieron colores en la pantalla… Al principio azul, mucho azul…

-¿Estás viendo la circulación? –le pregunté.

-Si.

Contestó concentrada, mientras seguía mirando y mirando… como buscando algo un buen rato. G. tenía cara de preocupado. La médica tomaba medidas y seguía buscando algo en la imagen. Un rato más tarde apareció una imagen roja. Entonces dejó de mirar el corazón y siguió estudiando el resto del cuerpo.

-¿Ya se puede saber el sexo? –pregunté- Porque las abuelas está muy ansiosas…

-A ver… Y… parece un varoncito…

Contestó la médica. Mientras yo no podía dejar de mirar la cara de G. Me lo imaginaba hinchado de orgullo. El primer Varón de la familia… Para mí era una sorpresa, siempre me había imaginado nenas…

-Bueno, ahora si querés podés ir al baño y hacer un poco de pis. Retené una parte y seguimos.

Menos mal –pensé –porque después de tanta espera ya estaba explotando! Fui al baño y volví un ratito después, bastante aliviada. Volví a acostarme y seguimos un rato más. Terminó de medir los huesitos, el pliegue de la nuca y tomar algunas medidas más. G. y yo no podíamos dejar de mirar al monitor.

-¿Está todo bien? –Pregunté.

-Si, todo bien… ¿Vieron eso?

Dijo, mientras en la pantalla nos mostraba un primer plano de la carita del bebé, que abría y cerraba la boquita, como tragando.

-¿Está tomando líquido?

-Si, toma líquido amniótico… Bueno, ya está. Esperame afuera un segundo que les doy el DVD y los acompañan a hacer el análisis de sangre…

9 de julio de 2011

Ciento doce.


Fines de Mayo de 2011.

Esa noche me costó dormir. No podía dejar de pensar en el estudio que teníamos que hacer y en todas las cosas que podían salir mal. ¿Y si había algún problema? ¿Y si algo no salía perfecto? ¿Me iba a animar a hacerme una punción? El solo pensar en la aguja gigante pinchandome la panza me mataba del susto. Y además no me dejaba demasiado tranquila pensar que esa agujota atravesara mi útero y pasara por… Ay, ay ay… mejor ni pensar. ¿Y si daba mal? ¿Iba a tener el coraje de…? ¡Que difícil decisión!

Bueno, pero ¡ya basta de pensar! ¿Porqué algo tendría que salir mal? ¡Si hasta ahora estaba todo perfecto! No tuve ni una pérdida, ni siquiera una manchita rosada, nada… Nada más allá de las náuseas, las malditas náuseas a las que ya empezaba a acostumbrarme. Y cada vez eran menos seguido, al principio todos los días, después de un tiempo ya aparecían menos. Pero seguían ahí. Había leído que se pasaban después de los tres meses. Y ya faltaba tan poquito… Por suerte todavía no había vomitado ni una vez. Varias veces había estado cerca, muy cerca. Pero me acostaba, comía algo salado y respiraba bien hondo un rato… y se me pasaba. Lo peor de todo era que en los últimos días me había empezado a volver esa contractura del cuello… esa que me acompaña desde que tengo memoria. –Tenés las cervicales rectificadas- me había dicho alguna vez algún Traumatólogo como toda respuesta. Y estaba acostumbrada a una linda tortícolis una o dos veces por año, que solo se iba tras varios días de calor, Ibuprofeno o Diclofenac. En los últimos años había descubierto la droga perfecta: Diclofenac+Pridinol*. Una antiinflamatorio combinado con un miorrelajante que hacía que todo doliera mucho menos. O al menos que el dolor me chupara un huevo. Pero ¡Ay! Ahora no podía tomar nada eso. ¡Nada! Solo Paracetamol. Maldito Paracetamol. Menos efectivo que un caramelo de menta en ayunas… A G. ya lo estaba volviendo loco de tanto pedirle masajes, y en esos días las cosas empezaron a empeorar. El cuello estaba cada vez más duro y ya no podía ni mirar para la derecha. Menos que menos acercar la oreja al hombro… Todo era dolor, dolor y dolor.

-¿Te transmito Johrei?

Me preguntó G.

-Pero… ¿Eso no me va a hacer vomitar?

Le pregunté desconfiada.

-No…

-¿Estás seguro?

-Si, dale, vení…

Dijo, mientras me sacaba el camisón y ponía su mano sobre mi espalda. Concentradísimo. Yo me quedé quietita como siempre que lo hace. Al principio no le creía mucho, pero después de un tiempo empecé a ver que si funcionaba… y el año pasado me había curado una sinusitis sin tomar antibióticos, así que ahora cuando me lo ofrece, lo dejo hacer. No es que tuviera mucha otra opción igualmente. En este caso la medicina occidental no tenía nada para darme. Me relajé…

Al día siguiente me levante y podía mover el cuello. Todavía dolía pero ya no era insoportable. Me levanté para hacer el desayuno y mientras estaba en la cocina preparando el café mi estómago empezó a revelarse contra mí. Parecía que quería salirse de su lugar. Fui corriendo a la cama y me acosté como siempre. Respiré hondo una vez, dos veces…

… y a la tercera tuve que salir corriendo al baño y abrazarme al inodoro.

Había perdido el invicto.

-----------------
*No es mi intención hacer apología de la droga, solo relatar mi experiencia ;)